Castilla, un resurgimiento material necesario

"Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que estamos intentándolo" (T. A. Edison).

domingo, 2 de octubre de 2016

La Paradoja de Castilla

(La Vanguardia, 30 de enero de 1926, p. 17)

Por Gregorio Fernández Díez

Yo no sé por qué, pero el caso es que Castilla ha sido, es y acaso continuará siendo, fuente copiosa de comentarios, tema inagotable de discusión. Lo que menos sería, sin embargo, la discusión, si esta fuera serena, o el comentario si fuese imparcial y verídico, pero por desgracia, tratándose de Castilla, es raro que no le repita el desgastado tema de su aridez y su llanura.

Quien enfoque los problemas y las cosas de Castilla desde un punto de vista, solamente objetivo, quienes juzguen a Castilla por el mero impresionismo a virtud de las influencias de una literatura chabacana y parcialista, es harto probable que se equivoquen al formular sus juicios sobre lo que Castilla es, o lo que puede ser todavía.

Pero si el impresionismo acompaña el prejuicio y por tanto el desconocimiento de lo que se ha de juzgar, entonces, no es probable, es ya seguro, indefectible la equivocación, el error, la incomprensión con que se referirá lo visto y se explicará lo que los ojos de la cara, pero no del conocimiento, han observado.

Es ya hora de ir rectificando el prejuicio que sobre Castilla pesa, inmotivadamente, Castilla no es un vergel, ni una selva virgen, ni una planicie, ni un pueblo febril, pero tampoco es una estepa, ni carece de masas forestales, ni de comarcas accidentadas y montañosas, ni, desde luego, es un pueblo definitivamente muerto... aunque sea un pueblo que se detuvo en el camino de su historia, que ha descansado para recuperar las perdidas fuerzas, pero que ha reemprendido de nuevo la marcha hacia nuevos horizontes.

Castilla es demasiado amplia. Desde el Bierzo a la serranía de Cuenca, desde la frontera portuguesa al Ebro, desde Despeñaperros al Cantábrico en Santander, es Castilla. En estos ciento setenta y siete mil kilómetros, ni que decir tiene cuán variados paisajes ofrece y cuán diversos productos encierra. Castilla es paradójica; es tierra de contrastes y por serlo en pocos aspectos puede formularse sobre la misma juicios concretos sin incurrir en el error.

Castilla no es una llanura, porque en Castilla hay otras comarcas que la Mancha o la Tierra de Campos. Una tercera parte de su territorio es accidentada, y otra es montañosa. Sierra Morena se apoya en Castilla, la corrdillera Cantábrica también, los montes de Toledo y los de León en ella se levantan; la Serranía de Cuenca, está en Castilla; la Cordillera Ibérica, la del Guadarrama y Gredos abruptas cruzan y se yerguen en Castilla.

Aunque cuenta en ella terrenos áridos, no es menos cierto que cuenta con feraces vegas sobre las cuencas del Tajo, del Duero, del Guadiana, del Eresma, del Tormes, del Ebro, del Jarama y del Pisuerga.

Como país de paradoja, Castilla, en la que se contemplan grandes paisajes despoblados de vegetación arbórea, es, sin embargo, el país que posee las más amplias y valiosas zonas forestales de nuestra nación y tan es así que casi exclusivamente en Castilla están las fábricas que la Refinería Española posee. Bien es verdad que el ferrocarril no cruza todavía los grandes pinares de Cuenca, de Soria, de Salas de los Infantes, sin duda porque se han trazado por los lugares más fáciles y más áridos, como si hubiera habido deliberado propósito de que se desconozca la valencia exacta del paisaje y hasta de su producción, tan variada por cierto.

Porque el caso es que Castilla es algo más que un país de pan y vino y rebaños. Yo sé que hay en ella ocho azucareros y que están en construcción otros dos. Yo sé cuanto incremento toman de año en año las plantaciones de frutales sobre las cuencas del Tajo y del Duero, y que los más apartados lugarejos de la alta sierra Cebollera en Soria han desterrado el candil y se alumbran con electricidad. No hay otra región en España donde queden menos aldeas sin el alumbrado eléctrico, aunque el lector lo ponga en duda.

La metamorfosis industrial que se está operando en ella es tan cierta y tan real, que solo los vueltos de espaldas a la investigación ignoran. Yo invito a los escépticos que  comprueben como cada año disminuye el arribo a Barcelona de vagones de trigo y aumenta el de los vagones de harina, cuya transformación queda en provecho de su economía regional, mientras, Zamora y Medina del Campo, Burgos y Palencia levantan sus fábricas de saquerío de yute, sin que Cataluña ni Valencia coloquen allí un saco.

Las ferias de ganados se activan. Las fábricas de cementos aumentan, los automóviles se multiplican y circulan con profusión por las carreteras castellanas de las más apartadas comarcas y centenares de líneas regulares de autobuses la surcan y trasponen inclusive el Moncayo de Soria a Tarazona, el alto Gredos, desde Ávila a Arenas de San Pedro, desde Zamora a Puebla de Sanabria, desde Burgos a Santander, recorriendo ciento cincuenta y cinco kilómetros.

No podemos sustraernos al deber de proclamar en alta voz que quien atienda al paisaje únicamente juzgará de Castilla como quien juzgue de los hombres por su faz. Una corteza áspera esconde con frecuencia una madera muy fina.

El Rhur famoso, una de las comarcas más ricas del mundo, es una de las más feas del planeta de desertizada y calva como está de arbolado. Las mesetas andinas, las pampas argentinas, las llanuras de Hungría o de Servia, los terrenos inmensos y pantanosos de Polonia, las tierras interiores de los Estados Unidos, la rocosa Calabria, Argelia, Túnez, Siria o Mesopotamia, los londas franceses, Mongolia y Corra y Australia, con sus aspecto de planeta deshabitado, tienen bastante que envidiar a Castilla, sin contar que en España mismo desde la estepa de Urgel a los Monegros con los cascajales pobrísimos, desde las Bárdenas a Puebla de Híjar, desde la estepa Granadina hasta las arenosas y desmanteladas playas donde desemboca el Guadalquivir, no tiene por qué echar nada en cara a la estepa Manchega, donde siquiera se ven viñedos y trigales.

Entre el poetismo que hay en Castilla y el que se cree que hay media enorme diferencia. Pero nadie quiere tomarse la molestia de comprarlo. Otro tanto ocurre con sus riquezas naturales.

Así, para algunos, las únicas fuentes de riqueza de Castilla, las únicas reservas, son la agricultura, la ganadería y la repoblación forestal. ¡Qué grande error!

Así se escribe la historia. Nadie para mientes en que después de Asturias es castilla la región de España de mayor importancia cabonífera. León y Palencia, sin contar Puertollano, produzcan (en aquellas comarcas hay algo más que garbanzos) producen actualmente más carbón, descontada Asturias, que todas las demás regiones carboníferas de España juntas, lo cual no obsta para que por no enfocar el problema y el panorama de Castilla en conjunto, se siga creyendo no solo que aquello está semimuerto, sino que no es posible que Castilla vuelva a incorporarse... 

(...)

(continuará)

    

        

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