Castilla, un resurgimiento material necesario

Por un castellanismo contra la Agenda 2030

"Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que estamos intentándolo" (T. A. Edison).
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martes, 28 de mayo de 2019

El Valor de Castilla

Por Ángel Dotor y Municio

(Argamasilla de Alba, 1898-1986) 

(El Consultor bibliográfico, p. 360)

Gratísimo para nosotros, entusiastas, más por identificación espiritual que por origen, de la región cuna de la nacionalidad y de la raza, todo cuanto tienda a la exaltación de Castilla. Y más que a la exaltación lírica y abstracta —pues de nadie que la conozca son ignorados sus relevantes valores—, al divulgador análisis de la misma. Por eso tenemos que señalar con aplauso la aparición de toda obra en que se explane, ya sea con los bellos ropajes literarios o, sencillamente, con el sólo propósito de la vulgarización, el significado y el papel relevantes que siempre he de ostentar en el arte y en concierto articular español la tierra central de la península.

viernes, 4 de mayo de 2018

Villalar y Torrelobatón

Por Fabio Marcial


(El pueblo manchego, diario de información (Ciudad Real), 26 de abril de 1921, p. 2)



Ayer se cumplieron cuatrocientos años de aquel día en que el hacha del verdugo segó la cabeza en la plaza de Villalar de Padilla, Bravo y Maldonado, los comuneros de Castilla, los defensores de la castellanas libertades.



Cuatro siglos han pasado ya y el tiempo, que todo lo destruye y que hasta relega al olvido de la masa popular muchas grandes páginas de la Historia, ha mantenido ésta en el alma de la Patria, en tal forma, que ha vivido el recuerdo de sin monumentos ni estatuas que lo evocase.



Por más que tampoco se necesitaban esos cuatro siglos, han conservado el castillo de Torrelobatón de donde salieron el ejército de las Comunidades, compuesto por once mil hombres, para sucumbir en las llanuras de Villalar, rotos y deshechos por los mil quinientos jinetes del conde de Haro y los seis mil infantes del Emperador.



Villalar conservó hasta 1820, en que fue mandado derribar por "El Empecinado", el rollo donde la mano del verdugo sagó la cabeza de los bravos comuneros; pocos años después se alzaba en el sitio un sencillo obelisco.



¿Para qué más monumentos de recordación? El tiempo se encargó de reparar el olvido de los hombres; y lo reparó cumplidamente, esculpiendo en cada pecho castellano la historia de los comuneros y conservando a las caricias del sol ardiente de Castilla las moles de piedra del hidalgo

castillo de Torrelobatón, y el pueblo de Villalar, en donde aún subsiste la vieja torre, cuyas campanas tocaron a arrebato llamando a las Comunidades a la batalla, y doblaron con lento toque de agonía en las amargas horas del suplicio cruento de los defensores de las libertades de Castilla.


Ayer Segovia honró a Juan Bravo; la ciudad natal se engalana con la efigie de bronce de su comunero. ¿Para lo demás? Ya hemos visto la suerte que corrió en el Parlamento la petición.



Este presupuesto que mantiene a tanto inútil no podía satisfacer unas pesetas para quienes defendieron las libertades patrias; bien es verdad que lo dijimos aquel día lo tenemos que repetir hoy. En los días que corremos, ¿quién puede hablar de libertad? Hoy sólo tenemos la libertad de la Star.



Pero a buena fe que a nuestros comuneros no les importará la falta de monumentos; les basta con que cada pecho español conserve el recuerdo inolvidable de su historia; con que el sol de Castilla siga abrasando las moles de piedra del castillo de Torrelobatón y la plaza de Villalar, donde se levantó el cadalso después de caer gloriosamente abatida la roja bandera de la guerra de las Comunidades... y les bastaría mucho más si viesen surgir otros tres hombres, con alma suficiente, para defender las libertades patrias, rotas y maltrechas por los profanadores que asesinan para coaccionar con sus pistolas el sagrado de esa libertad que es amparo del hogar y de los pueblos.



¡Torre vieja de Villalar, que toquen pronto tus campanas a arrebato; pero no con acento de agonía, sino de triunfo, por el triunfo de la

libertad!

viernes, 9 de febrero de 2018

De nuestro tiempo

Por Aviceo [Isaac Antonio Vicente]

(Vida manchega, nº 14, 4 de julio de 1912, p. 1)


Regionalismo sobre el tapete de la actualidad, de entre todos los temas de interés el de las mancomunidades es el que triunfa. Y triunfa de tal modo, que hasta quiere traspasar la linde de nuestro campo, especie de coto en el que se niega la entrada a la política. Pero bien mirado, fácilmente nos explicamos la tentación, y aún la flaqueza nuestra de levantar el veto; el proyecto de las mancomunidades es al modo de una satisfacción a las aspiraciones regionales. Y aunque poco es bastante. La historia, la Naturaleza, el clima, las costumbres, el dialecto trazaron una línea divisoria entre una y otra región; y esto, que no es labor de los hombres, sino obra de los siglos, en las generaciones pasadas despertó cierto número de anhelos, más intensos a medida que la descendencia natural, siempre progresiva, de las razas ha evolucionado en sentido de paz,para reconcentrar todas las energías en la obra meritísima de la reconstitución de la industria y la hacienda patrias, base del bienestar social. Cierto que durante algún tiempo la palabra regionalismo fue escuchada en Castilla con prevención; verdad que hasta llegamos a confundirla con aquella otra, rebelde y antipatriótica, importada de las viejas Antillas a Cataluña. Esto motivó lo otro, aunque para ninguno de los dos casos hallemos justificación; la inconsciencia de los unos marchó a la par con la impresionabilidad de los otros, y eso fue todo. Luego pasó la nube, se agotaron las torrenteras, y en los cauces serenos, otra vez cristalizados, nuevamente resplandeció la verdad. Y la verdad decía imperativa; ¡Regionalismo! Pero ya esta vez se nos mostraba en forma de programa político, cuyo lema era ése, y cuya bandera podría tremolar en la montaña y en el llano, en las tierras del Pelayo y en las de Guzmán el Bueno, en Aragón como en Castilla... Se serenaron los espíritus, se despejaron las inteligencias, hubo un paréntesis de sosiego, y luego de parlamentar largo y tendido, la fe y la esperanza revolaron por sobre el país hispano... ¿Quién realizó el milagro? Permitidme que refresque vuestra memoria. 
 


En Marzo de 1907 el gobierno de Maura presentó a las Cortes, suscrito por el tantas veces execrado ministro de la Gobernación D. Juan Lacierva, el concienzudo y amplísimo proyecto de administración local, en cuyo articulado se trazaban valientemente los jalones de la autonomía regional, e incluido en él este proyecto de ahora sobre las mancomunidades, entonces rechazado por los que ahora lo apadrinan; comprendía además toda la organización y régimen de los municipios, entidades representativas, de gobierno y administración, de las provincias, y cuanto con su vida autonómica pudiera tener relación. El solo anuncio del proyecto ahuyentó, más bien extinguió, la fatídica sombra del separatismo, y de rechazo hizo que se entibiaran los odios al centralismo, siempre absorbente y estéril siempre. La política de desatinos, errores y privilegios, vaciada en los viejos moldes, aplicada para todos los casos de todos los pueblos con igual pauta, como si no los diferenciara entre sí todo lo que hemos enumerado al comienzo, mediante el proyecto de administración local cambiaría de rumbo, respondiendo al crónico clamor de las regiones. Se aprobó el dictamen y sobrevino la caída del partido conservador. Pero al cambiar la situación política, la influencia de Cataluña hizo también cambiar de opinión a los que entonces combatieran las nuevas orientaciones autonómicas, y consecuencia de ello es este otro proyecto. ¿Es bueno? ¿Es malo? Resulta laberíntico en algunos casos, peligroso en determinadas ocasiones; se echa de ver la falta de seguridad, o de confianza, de su autor, acaso por ser contrario a sus convicciones, quien sabe si ante la incertidumbre de no contar con el voto de una mayoría afín, disciplinada y convencida, de espíritu amplio, verdaderamente liberal. En la parte orgánica adolece de aquella elevación de miras que animara al proyecto del ¡gobierno conservador; hay pobreza de ánimo en la concesión de atribuciones, se regate a la libertad autonómica con verdadera tacañería, hasta el punto de hacer de la Mancomunidad un organismo enclenque, sujeto a la tiranía política, a la imposición de partido, a la influencia caciquil en último término; y lo que no deja lugar a dudas es que, limitando las atribuciones de la Mancomunidad a cierto número de cosas, y habiendo de solicitar del gobierno la autorización para entender en otras, este hecho, por si sólo, implica trabazón enojosa sino un peligro; todos estamos al tanto de cómo se tramita un expediente en las dependencias del Estado, y más aún en los ministerios. 
Pues con todo, la oposición sistemática al proyecto no nos parecerá bien. Como tampoco nos lo parece la afirmación que alguien tiene interés en repetir respecto al supuesto retroceso del régimen autonómico. Las regiones pueden desenvolverse tanto más cuanto menores trabas se opongan a sus iniciativas. Y tanto más ganará la nacionalidad cuanto mayor sea el progreso regional. Podrá discutirse esta afirmación; acaso sea rechazada por algunos —también las minorías se imponen—, que creen ver, o que les conviene ver en peligro la integridad de la patria; pero al fin se impondrá el régimen autonómico. ¡No veis que ya se disputan los partidos turnantes! Todo es cuestión de tiempo.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Bajo el sol de la llanura (paisaje)

Por Mateo Santos Cantero

(Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), 1890-México, 1964)


(Vida manchega, 23 de mayo de 1912, p. 4)



La luz se inicia en Oriente;

asciende el sol á la altura
y despierta sonriente
la llanura.


El resplandor matutino

sorprende a la gañanía,
que derrocha en el camino
su alegría.


Va la alegre caravana

cantando y riendo á coro.
Clonando nace la mañana
todo es oro.


Oro son los cascabeles;

de oro herrajes, cincha, hevilla...
Son los astros los troqueles
de Castilla.


La espiga esbelta y dorada

levemente el viento agita.
Canta el ave en la enramada
dulce cuita.


Verde el campo; azul el cielo;

todo es luz; no hay ni un celaje
que cubra de sombra el suelo
del paisaje.


Viene desde la ciudad

de la campana el lamento,
que rima en la soledad
con el viento.


Se escucha en la lejanía

un cantar recio y profano.
Es que va la Poesía
por el llano.


Va la luz agonizando

en la tierra y en el cielo.
El ave al nido, cantando
tiende el vuelo.


Al resplandor vespertino

regresa la gañanía,
sin que atruene ya el camino
su alegría.


El sol muere en Occidente

al descender de la altura,
y se duerme tristemente
la llanura.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Llanura

Por S. Valverde López

(Vida manchega, 28 de noviembre de 1912, p. 5)
 

Serrana, serranilla, /
que vas cantando, al hombro la gavilla /
y dejas la llanura /
donde todo su fuego el sol encierra /
buscando grata sombra en la espesura /
de la zarza florida de la sierra... /
En la apacible sombra del camino /
te agrada más el trino /
de un pájaro cercano, /
que el chirriar de las aspas del molino /
que clama victorioso por el llano.
 

Serrana, serranilla /
que dejas las llanuras de Castilla, /
llanos que, sin piedad, el sol caldea, /
y huyendo de ese fuego que derrama, /
buscas, lo que te brinda el Guadarrama /
la nevada casita de la aldea... /


El zagalón que un día /
te encontró en el sendero y muy garrido /
deslizó con suprema galanía /
palabras engañosas en tu oído, /
ya nunca te acompaña /
por el sendero gria de la montaña.
 

Aquel reír sonoro y abrileño /
de tu primer ensueño, /
ya no imita la fuente /
de música perlada, /
ni el agua bulliciosa del torrente /
ni el pájaro hablador de la enrramada. /
Todo pasó; la brisa /
no baja a la llanura /
el eco de tu risa; /
y ahora que vagas sola por la tierra /
llorando tu ventura, /
te aconsejo que dejes los pinares /
de las altivas cumbres de la sierra /
y bajea a los llanos de Castilla /
donde oirás placentera mis trovares /
pues para tí los hice, serranilla.

lunes, 31 de julio de 2017

Elogio de Castilla

Por Ángel Dotor
 

(Argamasilla de Alba, 1898-1986)
 

(Don Quijote y el Cid (viajes por Castilla)(1928), p. 7-14)
 

He aquí la región española célebre entre las célebres: la augusta Castilla. Todo un solemne estremecimiento nos invade al pronunciar su sagrado nombre, que suena, eufónico, como ancestral invocación: ¡Castilla! Sobre un prócer suelo han acaecido, en el decurso del tiempo, los hechos esenciales de la civilización y del espelendor de toda una raza. En su Historia, esculpida con los monumentos máximos de las Letras que producir pueden los ingenios soberanos, figuran las acciones heroicas, los sacrificios sublimes, las nobles realizaciones de patriotismo y de supremo ideal, dignos de ser diputados como la más prístina ejecutoria de nobleza de un pueblo.

¡Castilla! Desde la disposición que a su suelo dióle Natura, contextura que ya descubre la reciedumbre espiritual de los que en ella habitaron, hasta el carácter heroico de sus moradores, que se hecha de ver en ellos, apenas venidos a la vida de la civilización como núcleo de nuestra nacionalidad; lo mismo contemplando su larga cruzada contra el invasor, diferente a él en modalidades tantas y tan diversas, que inquiriendo el secreto de su suelo y de sus hombres en los valiosos tesoros de Arte que en su seno crearon; todo en Castilla es simbólico de fe y religiosidad, de patriotismo y civilización, de franca devoción a la hidalguía y la belleza. Escuchar o pronunciar el nombre de Castilla debe ser para nosotros como oír Reconquista, Renacimiento, Descubrimientos, porque Castilla dio la vida al Romancero y al Quijote, más allá de lo cual no hay nada.

Al continuar Castilla siendo la genuina tierra de la epopeya, seguimos creyendo grande a esta parte de nuestro suelo nacional. Antes era el noble guerrero, el esforzado paladín, el capitán valiente, quien reconquistaba lauros para la región inmortal, con las hazañas de su brazo prócer; hoy el héroe castellano es otro: el labriego humilde, digno de todos nuestros cantos, que luchando denodadamente -aunque no contra el invasor ni en aras de la religión, sino por el pan, por el denario con que subvenir a la subsistencia, para la que desde tiempo bíblico se le impuso el trabajo, el más noble de los deberes- también da vida y carácter a Castilla. Ved, pues, que la región inmortal guarda todo el encanto majestuoso y toda la arrobadora poesía de lo pretérito, hoy como ayer. Pensemos en la incalculable riqueza de su ubérrimo suelo -que no pasan a creer los de la periferia peninsular, por lo mismo que no la conocen-, y en la insuperable historia de sus gentes, en el recuerdo incomparable de su tradición y en el venturoso porvenir que le auguramos. Ello hará que destaquemos nuestras testas, que nuestra boca musite frases místicas de amor y entone estrofas dulces dulces y entusiásticas con que ponderar lo que sentimos por Castilla. ¡Castilla! ¡Bendita tú eres, que fuiste codiciada, en ininterrumpida serie de inavasiones, por fenicios, griegos, cartagineses, romanos, godos y árabes; que diste al mundo un Cervantes, un Lope y un Quevedo -magnífica trinidad del genio-; que sostuviste durante durante ocho siglos pelea inaudita en defensa de tu integridad y, con ella, de los principios de la moral y la cultura; que conservas en tu nombre el del idioma que creaste, el más armonioso y bello que articulan los hombres, pasmo y envidia de extraños, orgullo de la raza y vanagloria del saber! Tu destino se ve brillante, tu gran obra en la tierra fue ya gigantesca, y como realizaste esa inmensa labor, te toca recibir, en un próximo mañana -el día en que reine absolutamente en toda la tierra el amor y la fraternidad humanas como imperativos de conducta, con abandono de todo atávico reflejo de material interés, escollo hasta hoy de la paz y la armonía universales-, la devoción de todos los pueblos y todos los hombres.
 

¡Salve, Castilla, la de los extensos campos áureos de ondulantes mieses; la de los dilatados horizontes de ensueño; la del suelo ya seco, ya fragoso; la de las paramías interminables, hoy llenas de viñedos inmensos, que en ella constituyen ideal simbolización! Bien se necesita la inspección genial del consagrado para poder dar forma, en hermoso canto, a la admiración que todo pecho siente por tu historia, por tu riqueza, por tu paisaje. De tenerla, nuestro elogio sería lo dulce que marca tu hermoso campo, Castilla; lo político de tu sol, fulgurante sobre el cobalto del azur; lo legendario de tus hombres de ayer y de hoy, héroes siempre redivivos; lo entusiasta y consolador de sus glorias, tus monumentos y tu destino en la tierra. ¡Oh, Castilla! Por eso diremos, parafraseando al insigne poeta español con quien la rima alcanzó su mayor elevación, cuando reclamaba el poder divino para sus versos:

"Sí a mí, Señor, bajara tu espíritu inmortal
cantara y no tuvieran mis cánticos igual"

Tanto desde el Cantábrico a la antigua Bética, como desde las fronteras lusitanas hasta las tierras aragonesas y levantinas, en cuyos límites -más políticos que naturales- se extiende el área de su suelo, no hay un rincón que no marque alguna cualidad preciada de esa tierra augusta o algún hecho notable de los varones que la habitaron. Y sus triunfos y sus glorias encarnan los de todo el país, y la raza entera que el que el núcleo de Castilla comenzaron a formarse para ir acrecentándose prodigiosamente, cual providencial designio, venciendo siempre a la mágica sombra de la espada del Cid y de la péñola de Cervantes.

Hay que poderar en Castilla la excelsidad de sus tierras del Norte, allá por donde el padre Duero, azul y tranquilo, discurrir deja el incalculable caudal de su preciada linfa, en la dilatada faja de su llana cuenca, que llega a Portugal. La gran riqueza de la tierra de Campos, y el resto de las provincias de Palencia, Valladolid, Segovia y Burgos, copiosos en granos de todas clases, que atraviesa, en parte, y fecundiza la gran cinta del Canal de Castilla. La hermosura de los valles salmantinos y los oteros zamoranos que insuperablemente cantara el conspicuo bardo de El Ama. La majestuosidad de las cordilleras que la atraviesan, cual armazón óseo del gigante mitológico realizador de designios providenciales: Gredos, elevado y forestal; Moncayo, pintoresco, y la serranía ibérica, tan poblada de coníferas.

Y no hay que olvidar tender la vista por la parte meridional del suelo castellano, con esa región nunca bastante comprendida de la Mancha, que conserva en su esencia el secreto de la espiritualidad, con haber sido el campo recorrido por la hidalga figura del más ilustre de los caballeros andantes, que marcó con su historia el triunfo del Ideal abstracto. La Mancha, con su Guadiana y su Tajo, posee incalculables tesoros de energía, que harán abolir algún día el tópico de su proverbial aridez, ya que su suelo tiene poder latente como el que más para producir abundantes trigales, y que hoy vése festonado en trechos inmensos por las cepas de la lobulada hoja que proporcionan una rápida e incalculable riqueza productiva con su almibarado fruto.

Igual que la región norteña de Castilla la Vieja, y la meridional o Mancha, la Alcarria, de los declives suaves y la riqueza de sus solícitos insectos cuya producción de néctar es émula de la que criaba Himeto. Y también la selva de Cuenca, inmensa un día, atravesada por el manso Júcar, con sus millones de seculares pinos que hoy amenguan considerablemente, merced al sentido utilitario de la época. En todos los rincones de Castilla se encuentran siempre motivos de evocación pretérita y de simpatía actual.

¡Qué no decir de las ciudades castellanas! Toledo, la monumental, la [sic] Museo de Arte y pinacoteca de la Belleza; la de la catedral ornada de filigranas y tesoros; la de tantos y tantos monumentos; la primitiva gran capital de la Monarquía, allá por cuando, dado buen paso en la Reconquista, se echaban las bases de nuestro futuro poderío; la ciudad que con Garcilaso nos daba el oro del verso para la idea, y con sus espadas el acero de la defensa para la patria. Segovia, la ciudad castellana por antonomasia, la que con Toledo comparte el tirso del Arte español; la antigua capital española, en cuyo recinto acaecieron tantos y tantos hechos famosos; la urbe que guarda inmenso tesoro de monumentos de todos los estilos y épocas, singularmente románicos. Ávila la inmortal cuna de la mística Santa Teresa, doctora de la Iglesia, cuyo saber y amor no son de todos bien comprendidos. Valladolid, antigua capital de los Austrias, que en los tiempos modernos ha dado a la patria, entre otros tribuidos, el de sus dos hijos ilustres, Zorrilla y Núñez de Arce, gerifaltes de la Lírica. Y Burgos y Salamanca, que son por igual castellanas, aquélla con su catedral, que no halla rival en el mundo, dadas las filigranas de sus torres y las delicadezas de su ornamentación; Burgos, que guarda en su recinto las cenizas del Cid y, con ellas, la esencia insuperable del Romancero, y Salamanca, la sabia, la Atenas española, cuna y albergue por mucho tiempo de toda nuestra cultura, recinto de varias glorias que fueron honra nuestra, y cátedra durante tantos años para hombres nacionales y extranjeros, que lo mismo se congregaban ayer para oír la voz de uno de nuestros grandes místicos y poetas, fray Luis de León, que siguieron después a la sombra tradicional de la célebre Universidad. Ciudad Real, la ilustre capital manchega fundada por el rey Sabio, y Cuenca, la cuna de San Julián. Y cerrando esta lista, un tanto incompleto, Madrid, la gran capital de la nación que cuanta con tesoros artísticos incomparables y que hoy va figurando en todo a la altura de las mayores del mundo.

Y así como las grandes ciudades y poblaciones en que, por la razón que siguió la sociedad en su evolución secular, se congrega nuestra riqueza y nuestra cultura, guardando su patrimonio de castellanismo, los pueblos, los modestos lugares perdidas en la soledad de la llanura o en la aspereza de la sierra, cuentan también con motivos de agradable recuerdo y celebrada evocación. ¿Cuántos fueron o son estos lugares famosos? Innumerables. Uno, la Numancia de ayer, que dio al mundo el insuperable ejemplo de lo que puede y significa el heroísmo, y otro, la Argamasilla
de Alba de hoy, siempre evocadora de que su existencia marcó el leit motiv creador del Quijote. Uno es Belmonte, en donde nació el glorioso autor de La perfecta casada, y otro es Granátula, donde vino a la vida Espartero, ejemplo de lo que puede alcanzar, desde el más humilde origen, el trabajo, la voluntad y el espíritu superador, de consumo personificados. Y así, en interminable nómina que no prolongamos, encontraremos lugares célebres por los hijos ilustres que dieron, o por los hechos famosos que en ellos se realizaron, por las reliquias que encierran del pasado, o por el significado sublime que su existencia guarda en el Ideario, siempre vivo, de la Patria y de la Raza.
 

Y la Castilla de hoy es la de siempre. Precisamente hay que ver en el estado de atraso y abandono, en la falta de una aspiración de conciencia colectiva en que por mucho tiempo se ha encontrado sumida, la continuación invariable de su recio espíritu, el poder de su suelo y el individualismo de sus hombres. Ninguna otra región perduraría, pese a todo lo manifestado, como Castilla. El castellano, denodado y valeroso, da la nota de insuperable realismo a la región donde vive y a la cual simboliza. Siempre orgulloso de su abolengo, que sabe es inmarcesible, contento con su destino, satisfecho de su labor. Precisa proclamar, pues, que Castilla continuará siendo grande mientras sus hijos la amen, la admiren, la reverencien. Y el día en que a esta región sublime se la haga entrar definitivamente por los cauces de la cultura elevada y de la inmaculada espitualidad, llegará o ser la reina, la maestra, el Alma máter de la gran obra humana de redención y nobleza que inauguró otrora, y que por motivos tantos debe continuar.

sábado, 29 de julio de 2017

Un libro de Julián Torresano

Por Ángel Dotor

(Argamasilla de Alba, 1898-1986)

(Adelanto: diario político de Salamanca, año 48, número 14871, 13 de octubre de 1932) 

La bibliografía de espíritu e intención genuinamente castellanistas enriquécese hoy con la interesante monografía titulada “Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino”, por el gran escritor Julián Torresano, que acaba de salir de las prensas de "El Adelantado de Segovia". El articulista se complace en señalar su aparición, subrayando, aunque concisamente, el significado y mérito de tal obrita, cosa para él inexcusable dado lo dilecto del tema y su simpatía devota hacia el autor.

El tópico referente al desconocimiento que se tiene del sentido vital del alma española, del proceso histórico de la misma y obligadas directrices en el decurso del tiempo, manifestándose patente, en nuestro sentir,suscitado por la lectura de libros como el del señor Torresano. Subsiste, desgraciadamente, esa supina ignorancia acerca de lo que es y representa el pueblecito provinciano, sustrato del alma de la raza, y subsiste no sólo en el aspecto concretamente histórico, monumental o artístico, de costumbrismo, etc., sino en el otro, no menos amplio y representativo, que podríamos llamar concretamente sociológico,
de evocación de formas de la vida pretérita, perfectamente encajadas en resultantes del Derecho. En España se ha llegado, efectivamente, a olvidar tanto en este orden, que para los pocos que hoy muestran sincera curiosidad adentrándose en el estudio integral del pasado, el acontecimiento de la realidad del mismo constituye verdadera revelación. Esto en cuanto respecta al país y la raza en general, pues polarizando el leimotivo a Castilla, núcleo y solera de los mismos, nuestra apreciación resulta más concluyente toda vía.

La tan decantada renovación que opérase en el mundo, renovación a la que no se sustrae España, a juzgar por los radicales cambios en su organización colectiva, tiende, según proclaman tantos los cerebros dirigentes como sus ilusionados turiferarios, a elevar el nivel de cultura de la masa, haciéndola entrar en una era de indudable progreso mediante el desarrollo de las teorías democráticas. La sensación que ofrece el actual alborozo con que un sector tan considerable del pueblo español emprenda la que se tiene por nueva era reconstructiva, esta de no haberse tenido hasta ahora el concepto de verdaderas instituciones, y eso prueba paulatinamente ese desconocimiento de lo que fue y es en parte todavía Castilla, cuya vida pretérita -con sus Comunidades, con sus otras organizaciones comarcales, con su ejemplaridad de costumbres, etc.- constituyó un modelo de esa armonía de clases, de esas libertades tan ansiadas, las cuales allí subsisten en parte y cuya pujante supervivencia debería alumbrarse nuevamente, fomentándolas, con la convicción de que no resultarían anacrónicas, adunadas a los avances discursivos de la época.


Pero nos vamos apartando del comentario concreto “Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino”, monografía admirable tanto por su modo original como su autor sintetiza dentro de su reducido marco verbal cuando el pintoresco pueblo castellano evoca de su pasado y ofrece en su presente digno de ser narrado, como por su amenidad e interés en el orden puramente literario.

Julián de Torresano, destacado escritor que con tan meritísimas campañas sostiene en el libro y en la prensa el gonfalón del renacimiento castellano, propugnado porque se reconozca el valor insuperable de la región genitora como verdadera "alma mater" de la raza, ha conseguido en pocos años destacar su personalidad demostrando poseer valioso temperamento que le hace figurar hoy como uno de los más esforzados y meritísimos paladines del Castellanismo. Su manera, su estilo peculiares rebosan preparación y honradez profesional, pues no hay ninguno de sus escritos en el que no se manifieste haber precedido a la redacción del mismo un hondo y reposado análisis del tema, por virtud del cual los juicios y las apreciaciones que proclama con firmeza rotunda resultan tan certeros. Concretamente, en las cuestiones regionales es una de las contadas figuras que hoy día destacan, empero su juventud, en la cruzada exaltadora del sueño genitor de la nacionalidad y del verbo hispánicos, tan necesitado de comprensión amorosa hacia su significado y destino.

Hasta aquí, Torresano nos ha venido ofreciendo trabajos de varia índole, que se acreditan unos como cronista ameno, otros cual crítico jugoso y los más como sociólogo docto. No es de extrañar, pues, que en uno nuevo, como este que nos ocupa, haya sabido aliar tan admirablemente esos diversos aspectos y cualidades. "Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino" no ofrece, con efecto, todas las sugestiones que caben exigir en la exposición del asunto. La reconstrucción del pasado brillante del vetusto lugar se ha trazado, si bien siguiendo riguroso método cronológico, sólo por momentos a la luz de testimonios fidedignos, ofreciendo, en otros constitutivos de verdaderas lagunas históricas, aquel resultado posible de lograr únicamente a quien se halla compenetrado con el ambiente, posee gran cultura y se consagra tanto a considerar el valor del documento y la tradición como a apoyarse en reposadas deducciones. Dada la oscuridad de los orígenes fundacionales, y aun de grandes periodos remotos del pueblo segoviano de referencia, otrora Corte de Castilla por algunos años, un historiador erudito como Torresano ha de sentar apreciaciones originales, basadas en esa serena y entusiasta labor depuradora de que hemos hecho mención. Concretamente cabría citar varias muy interesantes, que contradicen juicios vertidos por sesudos varones de fama generalmente basada en el convencionalismo, tan corriente en España, apreciaciones como son las relativas al verdadero hombre de Cantespino; al verdadero emplazamiento de la célebre ciudad romana de "Clunia"; a famosas contiendas seculares libradas en su campo, etc., etc., en todas las cuales resplandece la gran limpidez hermenéutica peculiar de este escritor.

Un gran tributo patriótico, cultural y castellanista, en suma, es el que representa el nuevo libro de Julián de Torresano, verdadero modelo de esa bibliografía de vulgarización histórico-descriptivaque tanto se debiera intensificar, como fundamento no ya sólo de la necesaria corriente turística a infinidad de lugares poseedores de valioso patrimonio ancestral, sino del prístino concepto del patriotismo, o sea del amor al propio solar, que nunca tendrá realización efectiva sin basarse en el amplio, en el verdadero conocimiento del mismo.

Igual que la región norteña de Castilla la Vieja y la meridional o Mancha, la Alcarria, de los declives suaves y la riqueza de los solícitos insectos cuya producción de néctar es émula de la que la que criaba Himeto. Y también la selva de Cuenca, inmensa un día, atravesada por el manso Júcar, con sus millones de seculares pinos. 

domingo, 18 de diciembre de 2016

El Regionalismo castellano

(Diario Palentino, mayo de 1917)

Por Francisco Rivas Moreno (Miguelturra, 1851-Ciudad Real, 1935)

Para los hijos de Castilla la idea de la Patria está colocada en el altar de sus más puras adoraciones, y el mayor placer es ofrendarla todo linaje de sentimientos nobles y de acciones generosas, anhelosos de ver a la madre común disfrutar de grandes prosperidades. No tiene, por tanto, el regionalismo castellano ni el más remoto parentesco con el que en malhora propaga Cambó por algunas provincias.

El regionalismo a que aludía el ilustre general Aguilera en un discurso del Hotel Ritz es el que,por nada ni nadie, se presta a debilitar ni romper las disciplinas de la unidad nacional.

Importa mucho al interés público acabar con los equívocos en todo cuanto hace relación con las campañas regionalistas, pues los catalanes que han tremolado esta bandera empezaron las propagandas con palabras tan poco explícitas que dejaban la duda de si abogarían por la descentralización o el principio federativo; pero las intenciones han ido quedando al descubierto a medida que se han creído más fuertes, y Cambó habló en Bilbao con tal desenfado del nacionalismo, que ya no hay que leer entre líneas en los discursos de este propagandista para saber que ni Mella, ni Maura, ni ningún buen español pueden comulgar con sus ideas.

La Vizcaya, en Galicia y en otras regiones de la Península que tienen dialecto propio, los regionalistas catalanes intentan buscar prosélitos, tocando algunas fibras del sentimentalismo, a las que saben ellos que no deja de responder la irreflexión.

El hecho de que los catalanes y vizcaínos enseñen a sus hijos el dialecto en que sus antecesores expresaron los cariños de familia y los amores a la Patria nada tiene que ver con la idea nefasta de querer romper los vínculos de una nacionalidad gloriosa formada por los siglos a costa de innumerables sacrificios.

Para los castellanos, el problema del regionalismo no representa otra cosa que la obra del progreso nacional por medio de la división del trabajo.

Cada región tiene intereses particulares que, fomentados por los que en ella viven con unidad de esfuerzos y aspiraciones que permite el interés común, dará por resultado una mayor cultura y un estado económico más próspero.

La hacienda nacional no es, en realidad, otra cosa que la suma de las regionales, y, por tanto, a mayor prosperidad de ellas corresponderá un mayor florecimiento de la primera.

No tienen los catalanes, ciertamente, la exclusiva en lo que atañe a la protesta enérgica y sincera contra los males del centralismo administrativo; pero el remedio de éstos no se acude tratando de amputar al cuerpo nacional todos los miembros para provocar la muerte, sino aplicando aquellas normas de conducta que el estudio y la experiencia recomiendan como de eficacia bastante para llevar a la normalidad el país.

Hay que agregar, a una descentralización bien meditada, otros particulares, que, si bien no tienen alcance tan extraordinario como esta primera reforma, que pudiéramos calificar de espina dorsal del regionalismo, son complemento obligado de este programa.

Aludo al hecho de que los hijos de cada región sean los primeros en la labor de engrandecimiento de la patria chica, tanto porque, estando llamados a recoger los provechos, sobre ellos pesa la obligación de un concurso entusiasta y decidido, cuando porque, educados en los apremios económicos de la región y en sus necesidades morales y materiales, es natural que a ellos les sea más llano el camino a recorrer que a los extraños al sentir y vivir de comarcas a las que no estuvieron nunca ligados por vínculos de ninguna clase.

Se desenvuelve nuestra vida en una serie de círculos concéntricos; tenemos en la familia los más fuertes afectos; siguen a éstos los del pueblo donde nacimos; después, la provincia; más tarde la región, y, por último, la nación.

Ha tenido la Mancha hijos ilustres a quienes en la historia se dedican algunas páginas escritas con pluma de oro; y, a pesar de esto, no hay en aquella región, para mí tan querida, un monumento que los recuerde a la posteridad, sucediendo esto precisamente en una época en que se ve levantar estatuas a medianías, ayunas por completo de todos aquellos méritos que legitiman estas distinciones sociales.

Siendo Presidente de la Diputación de Ciudad Real propuse a la Corporación, y ésta aceptó por unanimidad, que se levantaran dos estatuas: una a Espartero y otra a Monescillo.

Cuando estos dos grandes hombres llegaron a las más altas jerarquías, de la gobernación del país primero, y del estado eclesiástico el segundo, vivían extraños por completo a la patria chica, porque ésta poco o nada les había ayudado para subir la escala de las altas distinciones. Todo, absolutamente todo, lo debían al esfuerzo individual como ahora sucede al general Aguilera. Muchas personas han creído que Espartero era riojano.

Los tiempos han variado, afortunadamente, y yo me enteré con singular satisfacción de los agasajos y distinciones que hace meses dieron ocasión para exteriorizar los entusiasmos y el cariño con que la patria chica premiaba los relevantes méritos de dos pintores tan eximios como Carlos Vázquez y Ángel Andrade.

Los catalanes, que tanto abusaron del Arancel en daño de las demás regiones, quisieran, para otros efectos, rodear a aquellas provincias con una muralla parecida a la de China persiguiendo un aislamiento que los hechos evidenciarían bien pronto que les era dañoso.

En Castilla no es el egoísmo escudo que pueda amparar las conveniencias de la región.

Las normas del regionalismo de buena ley, consisten en no escatimar esfuerzos ni sacrificios con objeto de que las de que las actividades de la región al más próspero desarrollo.

Con minas de carbón y lanas superiores, tanto en Puertollano como en los pueblos limítrofes, debía existir una industria fabril en condiciones de sostener la competencia con las similares de toda España y del extranjero.

El algodón vuelve a cultivarse en Andalucía con buen resultado, y si esta inicitiva arraiga, la industria manchega dispondría, con gastos de arrastre muy livianos, de una primera materia de capital interés.


El cáñamo puede producirse en esa región en cantidad bastante para dar vida a industrias que ya florecen en comarcas de menos elementos.

En cuanto a las personas opino que no debemos negar a los de casa las ayudas a que tienen derecho con sus merecimientos y por los vínculos de la sangre; pero en modo alguno suscribiría el esclusivismo de los catalanistas, porque la vida de relación de regiones impone a este respecto, el intercambio.

domingo, 22 de febrero de 2015

El regionalismo castellano: federales y catalanistas

(Artículo en el diario La Voz de Galicia, 30 de mayo de 1917)


Por Francisco Rivas Moreno (Miguelturra, 1851-Ciudad Real, 1935)

La federación es el primer paso en el camino de la unidad nacional; ello allana para una legal inteligencia los obstáculos que pudieran ofrecer la tradición y los estímulos del patriotismo.

El catalanismo se sitúa a la inversa que el principio federativo, pues pretender dar vida a las antiguas nacionalidades rompiendo los vínculos que crearon el tiempo y las mutuas conveniencias.

El nacionalismo es la moneda falsa del principio federativo.

Establecida la unidad nacional lo mismo en el orden político que en el económico, la aspiración de todas las regiones no podía ni puede ser otra que regirse por normas de conducta dentro de las cuales se desenvuelvan y prosperen las actividades sociales y la vida del derecho.

Las enseñanzas recogidas con motivo de la tragedia mundial, que tantas vidas ha sacrificado y tantos torrentes de sangre ha vertido, evidencian que el instinto de conservación de las naciones acudirá en el porvenir al principio federativo como pararrayos contra la asechanza del poderío militar. Lo sucedido a Bélgica, Grecia, Servia y Montenegro son lecciones que no desaprovecharán ciertamente las pequeñas naciones.

Cuando la democracia universal aspira a sustituir a la palabra "Patria" por la de "Humanidad" se presentan los catalanistas con la fórmula redentora y modernista de formar nacionalidades liliputienses.

El interés público demanda de todos que nos demos por notificados de las aspiraciones catalanistas, y que en la prensa y en la tribuna pública procuremos poner de manifiesto el peligro inminente de disolución en que se vería España, si la fatalidad hiciera que el programa de Cambó tuviese realidad.

El antagonismo entre federales y catalanistas está muy justificado, pues los primeros colocan siempre la unidad nacional por encima de todo linaje de aspiraciones; y en los catalanistas, especialmente los que siguen a Cambó, el separatismo es idea que late en sus propagandas.

El partido liberal tuvo siempre en su programa la descentralización, y bien capacitado de la vida desastrosa a que, por causas que ya le dirán, han llegado los municipios y las diputaciones, estima como deber includible de gobierno dar a estos organismos facilidades legales para que tengan una economía saneada y disfruten aquellas prerrogativas de que nunca debieron ser despojados.

Para llegar a la autonomía municipal se precisa algo más que llevar a la "Gaceta" acuerdos parlamentarios o medidas de gobierno, pues las columnas del periódico oficial son de poca consistencia para impedir el fracaso, y por eso hay que procurar cimentar la obra de regeneración administrativa sobre fuertes estados de opinión pública.

En España desde la "Gaceta" somos tan amantes como Inglaterra del "seftgoverment", pero la práctica de los ayuntamientos, especialmente los rurales, viven en un estado de tutela que los deprime y arruina.

Esto confirma que estamos siempre en franca rebeldía contra los dictados de la lógica.

Si en Francia decía Luis XIV "El Estado soy yo", en España tenemos una falanje [sic] de pequeños caciques de campanario, que pueden afirmar que el "Municipio son ellos", puesto que los hechos evidencian que su voluntad es omnímoda, lo mismo en lo que atañe a las Haciendas locales, que en los demás particulares que afectan a la vida municipal.

El ciudadano debe rebelarse contra el estado de servidumbre a que somete el caciquismo demostrando una voluntad tan recia como las circunstancias la exijan en todos aquellos empeños de la vida local en que está obligado a intervenir.

El sufragio universal dejará de ser una vana quimera cuando en los pueblos cada vecino emita su voto con absoluta independencia; pues libre el cuerpo electoral de la tutela que hoy le avasalla sería imposible que tuviera valor real el abominable encasillado.

En la gestión de los asuntos locales el abandono es completo, y así vemos que los presupuestos se confeccionan con arreglo a los patrones que dan los jefes de pandilla.

El nacionalismo no haría ciertamente el milagro de cambiar de la noche a la mañana estas malas prácticas por procedimientos de mejor acuerdo y conveniencia, pues en las comarcas donde sus hombres imperan, las haciendas locales llevan vida tan precaria como en Extremadura y Andalucía y el caciquismo se ejerce con iguales atrevimientos.

En cuanto a la centralización, ciego estará el que no vea con claridad meridiana, que lo que abominan de Madrid los catalanistas, sería más tarde en Barcelona planta frondosa y de profundas raíces.

A semejanza de lo que se hace en la vida agrícola, debemos establecer la cátedra ambulante para ir a los pueblos a decirles los riesgos que correría España bajo la influencia de las ideas nacionalistas, y lo urgente que es sanear el ambiente social estableciendo la autonomía municipal al amparo de los hombres capacitados de sus derechos y obligaciones.

Ahora son muchos los pueblos donde se buscan insolventes para que vayan al concejo a servir de editores responsables a media docena de pequeños ambiciosos que, por no tener nada que les recomiende, ni siquiera cuentan con arrestos para responder de sus malas obras.

El saneamiento del municipio español tiene que hacerse mandando a la casa del pueblo hombres sin tacha, importando poco la clase social a que pertenezcan, pues la honorabilidad y el patriotismo no están vinculados en ningún rango social.

Nuestra legislación da sobradas facilidades para esta empresa de redención social.

La providencia de las clases humildes, dice Chamberlain, que es el municipio en Inglaterra.

Allí todos los vecinos miran cosa propia los asuntos locales.

Recomendamos tan hermoso ejemplo, pues buena falta hace que se importe del extranjero algo de cuya utilidad no pueda dudarse en el orden económico y en el social.

martes, 17 de febrero de 2015

El regionalismo castellano

(Artículo en el diario madrileño El eco del pueblo, 21 de julio de 1917)

Por Francisco Rivas Moreno (Miguelturra, 1851-Ciudad Real, 1935)

Para los hijos de Castilla la idea de la Patria está colocada en el altar de sus más puras adoraciones, y el mayor placer es ofrendarla todo linaje de sentimientos nobles y de acciones generosas, anhelosos de ver a la madre común disfrutar de grandes prosperidades. No tiene, por tanto, el regionalismo castellano ni el más remoto parentesco con el que en malhora propaga Cambó por algunas provincias.

El regionalismo a que aludía el ilustre general Aguilera en un discurso del Hotel Ritz es el que,por nada ni nadie, se presta a debilitar ni romper las disciplinas de la unidad nacional.

Importa mucho al interés público acabar con los equívocos en todo cuanto hace relación con las campañas regionalistas, pues los catalanes que han tremolado esta bandera empezaron las propagandas con palabras tan poco explícitas que dejaban la duda de si abogarían por la descentralización o el principio federativo; pero las intenciones han ido quedando al descubierto a medida que se han creído más fuertes, y Cambó habló en Bilbao con tal desenfado del nacionalismo, que ya no hay que leer entre líneas en los discursos de este propagandista para saber que ni Mella, ni Maura, ni ningún buen español pueden comulgar con sus ideas.

La Vizcaya, en Galicia y en otras regiones de la Península que tienen dialecto propio, los regionalistas catalanes intentan buscar prosélitos, tocando algunas fibras del sentimentalismo, a las que saben ellos que no deja de responder la irreflexión.

El hecho de que los catalanes y vizcaínos enseñen a sus hijos el dialecto en que sus antecesores expresaron los cariños de familia y los amores a la Patria nada tiene que ver con la idea nefasta de querer romper los vínculos de una nacionalidad gloriosa formada por los siglos a costa de innumerables sacrificios.

Para los castellanos, el problema del regionalismo no representa otra cosa que la obra del progreso nacional por medio de la división del trabajo.

Cada región tiene intereses particulares que, fomentados por los que en ella viven con unidad de esfuerzos y aspiraciones que permite el interés común, dará por resultado una mayor cultura y un estado económico más próspero.

La hacienda nacional no es, en realidad, otra cosa que la suma de las regionales, y, por tanto, a mayor prosperidad de ellas corresponderá un mayor florecimiento de la primera.

No tienen los catalanes, ciertamente, la exclusiva en lo que atañe a la protesta enérgica y sincera contra los males del centralismo administrativo; pero el remedio de éstos no se acude tratando de amputar al cuerpo nacional todos los miembros para provocar la muerte, sino aplicando aquellas normas de conducta que el estudio y la experiencia recomiendan como de eficacia bastante para llevar a la normalidad el país.

Hay que agregar, a una descentralización bien meditada, otros particulares, que, si bien no tienen alcance tan extraordinario como esta primera reforma, que pudiéramos calificar de espina dorsal del regionalismo, son complemento obligado de este programa.

Aludo al hecho de que los hijos de cada región sean los primeros en la labor de engrandecimiento de la patria chica, tanto porque, estando llamados a recoger los provechos, sobre ellos pesa la obligación de un concurso entusiasta y decidido, cuando porque, educados en los apremios económicos de la región y en sus necesidades morales y materiales, es natural que a ellos les sea más llano el camino a recorrer que a los extraños al sentir y vivir de comarcas a las que no estuvieron nunca ligados por vínculos de ninguna clase.

Se desenvuelve nuestra vida en una serie de círculos concéntricos; tenemos en la familia los más fuertes afectos; siguen a éstos los del pueblo donde nacimos; después, la provincia; más tarde la región, y, por último, la nación.

Ha tenido la Mancha hijos ilustres a quienes en la historia se dedican algunas páginas escritas con pluma de oro; y, a pesar de esto, no hay en aquella región, para mí tan querida, un monumento que los recuerde a la posteridad, sucediendo esto precisamente en una época en que se ve levantar estatuas a medianías, ayunas por completo de todos aquellos méritos que legitiman estas distinciones sociales.

Siendo Presidente de la Diputación de Ciudad Real propuse a la Corporación, y ésta aceptó por unanimidad, que se levantaran dos estatuas: una a Espartero y otra a Monescillo.

Cuando estos dos grandes hombres llegaron a las más altas jerarquías, de la gobernación del país primero, y del estado eclesiástico el segundo, vivían extraños por completo a la patria chica, porque ésta poco o nada les había ayudado para subir la escala de las altas distinciones. Todo, absolutamente todo, lo debían al esfuerzo individual como ahora sucede al general Aguilera. Muchas personas han creído que Espartero era riojano.

Los tiempos han variado, afortunadamente, y yo me enteré con singular satisfacción de los agasajos y distinciones que hace meses dieron ocasión para exteriorizar los entusiasmos y el cariño con que la patria chica premiaba los relevantes méritos de dos pintores tan eximios como Carlos Vázquez y Ángel Andrade.

Los catalanes, que tanto abusaron del Arancel en daño de las demás regiones, quisieran, para otros efectos, rodear a aquellas provincias con una muralla parecida a la de China persiguiendo un aislamiento que los hechos evidenciarían bien pronto que les era dañoso.

En Castilla no es el egoísmo escudo que pueda amparar las conveniencias de la región.