Castilla, un resurgimiento material necesario

Por un castellanismo contra la Agenda 2030

"Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que estamos intentándolo" (T. A. Edison).
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viernes, 9 de febrero de 2018

De nuestro tiempo

Por Aviceo [Isaac Antonio Vicente]

(Vida manchega, nº 14, 4 de julio de 1912, p. 1)


Regionalismo sobre el tapete de la actualidad, de entre todos los temas de interés el de las mancomunidades es el que triunfa. Y triunfa de tal modo, que hasta quiere traspasar la linde de nuestro campo, especie de coto en el que se niega la entrada a la política. Pero bien mirado, fácilmente nos explicamos la tentación, y aún la flaqueza nuestra de levantar el veto; el proyecto de las mancomunidades es al modo de una satisfacción a las aspiraciones regionales. Y aunque poco es bastante. La historia, la Naturaleza, el clima, las costumbres, el dialecto trazaron una línea divisoria entre una y otra región; y esto, que no es labor de los hombres, sino obra de los siglos, en las generaciones pasadas despertó cierto número de anhelos, más intensos a medida que la descendencia natural, siempre progresiva, de las razas ha evolucionado en sentido de paz,para reconcentrar todas las energías en la obra meritísima de la reconstitución de la industria y la hacienda patrias, base del bienestar social. Cierto que durante algún tiempo la palabra regionalismo fue escuchada en Castilla con prevención; verdad que hasta llegamos a confundirla con aquella otra, rebelde y antipatriótica, importada de las viejas Antillas a Cataluña. Esto motivó lo otro, aunque para ninguno de los dos casos hallemos justificación; la inconsciencia de los unos marchó a la par con la impresionabilidad de los otros, y eso fue todo. Luego pasó la nube, se agotaron las torrenteras, y en los cauces serenos, otra vez cristalizados, nuevamente resplandeció la verdad. Y la verdad decía imperativa; ¡Regionalismo! Pero ya esta vez se nos mostraba en forma de programa político, cuyo lema era ése, y cuya bandera podría tremolar en la montaña y en el llano, en las tierras del Pelayo y en las de Guzmán el Bueno, en Aragón como en Castilla... Se serenaron los espíritus, se despejaron las inteligencias, hubo un paréntesis de sosiego, y luego de parlamentar largo y tendido, la fe y la esperanza revolaron por sobre el país hispano... ¿Quién realizó el milagro? Permitidme que refresque vuestra memoria. 
 


En Marzo de 1907 el gobierno de Maura presentó a las Cortes, suscrito por el tantas veces execrado ministro de la Gobernación D. Juan Lacierva, el concienzudo y amplísimo proyecto de administración local, en cuyo articulado se trazaban valientemente los jalones de la autonomía regional, e incluido en él este proyecto de ahora sobre las mancomunidades, entonces rechazado por los que ahora lo apadrinan; comprendía además toda la organización y régimen de los municipios, entidades representativas, de gobierno y administración, de las provincias, y cuanto con su vida autonómica pudiera tener relación. El solo anuncio del proyecto ahuyentó, más bien extinguió, la fatídica sombra del separatismo, y de rechazo hizo que se entibiaran los odios al centralismo, siempre absorbente y estéril siempre. La política de desatinos, errores y privilegios, vaciada en los viejos moldes, aplicada para todos los casos de todos los pueblos con igual pauta, como si no los diferenciara entre sí todo lo que hemos enumerado al comienzo, mediante el proyecto de administración local cambiaría de rumbo, respondiendo al crónico clamor de las regiones. Se aprobó el dictamen y sobrevino la caída del partido conservador. Pero al cambiar la situación política, la influencia de Cataluña hizo también cambiar de opinión a los que entonces combatieran las nuevas orientaciones autonómicas, y consecuencia de ello es este otro proyecto. ¿Es bueno? ¿Es malo? Resulta laberíntico en algunos casos, peligroso en determinadas ocasiones; se echa de ver la falta de seguridad, o de confianza, de su autor, acaso por ser contrario a sus convicciones, quien sabe si ante la incertidumbre de no contar con el voto de una mayoría afín, disciplinada y convencida, de espíritu amplio, verdaderamente liberal. En la parte orgánica adolece de aquella elevación de miras que animara al proyecto del ¡gobierno conservador; hay pobreza de ánimo en la concesión de atribuciones, se regate a la libertad autonómica con verdadera tacañería, hasta el punto de hacer de la Mancomunidad un organismo enclenque, sujeto a la tiranía política, a la imposición de partido, a la influencia caciquil en último término; y lo que no deja lugar a dudas es que, limitando las atribuciones de la Mancomunidad a cierto número de cosas, y habiendo de solicitar del gobierno la autorización para entender en otras, este hecho, por si sólo, implica trabazón enojosa sino un peligro; todos estamos al tanto de cómo se tramita un expediente en las dependencias del Estado, y más aún en los ministerios. 
Pues con todo, la oposición sistemática al proyecto no nos parecerá bien. Como tampoco nos lo parece la afirmación que alguien tiene interés en repetir respecto al supuesto retroceso del régimen autonómico. Las regiones pueden desenvolverse tanto más cuanto menores trabas se opongan a sus iniciativas. Y tanto más ganará la nacionalidad cuanto mayor sea el progreso regional. Podrá discutirse esta afirmación; acaso sea rechazada por algunos —también las minorías se imponen—, que creen ver, o que les conviene ver en peligro la integridad de la patria; pero al fin se impondrá el régimen autonómico. ¡No veis que ya se disputan los partidos turnantes! Todo es cuestión de tiempo.

miércoles, 24 de enero de 2018

Glosas de Castilla: caciquismo y centralismo

(Castilla gráfica, revista semanal (Madrid), nº 23, 20 de julio de 1924)

El agudo y sutil periodista, D. José Ortega y Gasset, ha disertado últimamente desde las columnas de El Sol sobre problema tan trascendental como lo es actualmente, en este período de transición, la creación del Pariamento y su modo de funcionar. 

Ha fracasado -viene a decirnos— y urge reformarlo, pues su fracaso no obedece a que sea un organo inadecuado de gobierno, sino porque vivía en un ambiente de plebeyez, de mezquindaz, de ruralismo. 

Egoísmo y frivolidad que tenían sus raíces en la caciquería aldeana. 

Con razón, Silverio Lanza —el gran escritor olvidado— atribuía todos los grandes males de la vida nacional a la labor devastadora de la plaga caciquil, incluso la falta de un arte español vigoroso, espléndido y fuertemente original. 

Municipios, provincias y regiones sufrian el yugo del cacique, quien desde su cubil disponía a su antojo de los intereses enclavados en su comarca. 

Municipios, provincias y regiones no desenvolvían libremente sus energías, pues una centralización carcomida por ese ruralismo ahogaba sus más cordiales anhelos. 

¿Pero ha sido Castilla región amparadora y proPulsadora de este ceatralismo absorbente y caciquil? 



¿Pero no ha sido Castilla la región que más ha sufrido por esa política de intereses de nuestros gobiernos, la más desatendida y olvidada? 

En que se llegue a reconocer un carácter especifico a las regiones que las diferencie y personitique aunque no las separe, ni las enfrente se halla interesada vivamente la región castellana. Para vivir en plena armonía es preciso que todos nos conozcamos y respetemos. A una nación le hace falta la vitalidad de sus regiones. No importa que cada una trate de acentuar su carácter peculiar, racial, si tiene como denominador común el interés genérico de la raza, de la nación. 

Y un Parlamento creado por esas regiones autónomas tendría la independencia y alteza de miras necesarias para un buen gobernar

domingo, 7 de enero de 2018

La Manсomunidad Castellana

(Castilla gráfica, revista semanal (Madrid), nº 31, 14 septiembre 1924)




En más de una ocasión, y en este mismo sitio, se ha hablado en Castilla gráfica de la Mancomunidad castellana. Esta forma de organización regional cuenta con ardorosos defensores, pero también se muestran contrarios a ella ciertos sectores de la opinión pública. Acaso temen estos últimos el fracaso de una modalidad de gobierno regional, que requiere especial preparación y uso moderado para no incurrir en cantonalismos perniciosos. 

Esta pugna de opiniones no es sino el reflejo de aquella otra colisión de principios que, en la vida política de los pueblos, está planteándose constantemente. Mientras unos piensan que el fraccionamiento de las pequeñas nacionalidades, en núcleos raciales o étnico, puede ser una garantía de paz y de venturas, creen otros que únicamente la creación de Estados poderosos-grandes agrupaciones mantenidas en estrecha unión por la fuerza de una firme organización política ha de contribuir a la felicidad y la tranquilidad de las gentes.


Entre estos dos modos de pensar solo hay una contradicción aparente. Ambos son perfectamente compatibles en la esfera del Derecho, y para lograr esa compatibilidad únicamente es necesario buscar una forma de pacto entre los pequeños núcleos, a fin de que, sin lesionar los intereses de las minorías, se verifique la fusión de éstas en una superior unidad política. En una palabra, trocar la espada de Napoleón por un Código de mutuo amor.                                 

En еste sentido, y no en otro alguno, quisiéramos nosotros que se orientase la organización en Mancomunidades de las regiones españolas. Pactos basados en el odio o, por lo menos, en el recelo, nunca pueden ser fecundos.


Las provincias, al mancomunarse, han de tener en cuenta que para la inmensa labor común, todo cuanto signifique predominio de egoísmos y exaltaciones de amor propio, será contraproducente.                      
Castilla debe demostrar que no en vano supo vivir en tiempos pasados una vida intensa, no sólo en el orden político, sino en el económico y social. Una región como Castilla, que tuvo una organización gremial poderosa y admirable, y que supo oponer el avance de los imperialismos desbocados los pechos de sus comuneros; una región de tan altos vuelos políticos no puede sentirse acobardada ante el poblema de una nueva organización regional.      
                                                         
Ignoramos todavía el alcance que ha de darse a esta nueva forma de regir las provincias y las regiones, que el Directorio militar se propone implantar. Lo único que sabemos de cierto es que el Directorio aplaza por ahora ia implantación del nuevo régimen. Aspira tal vez a recoger una mayor suma de opiniones. 

Castilla gráfica quiere aprovechar este paréntesis para ofrecer a sus lectores las opiniones de los hombres más representativos de Castilla acerca de este problema de la Mancomunidad. Personalidades relevantes de la región serán invitadas a exponer con toda sinceridad sus puntos de vista en cuestión de tanta trascendencia. Y asi, modestamenle, nuestra revista contribuirá a aportar opiniones que, por lo valiosas, convendrá que todos tengamos en cuenta.

jueves, 21 de diciembre de 2017

La Mancomunidad de Castilla

Por Ugidos

(Castilla gráfica, revista semanal (Madrid), nº 29, 31 de agosto de 1924)

En el número pasado de "Castilla Gráfica" el culto articulista "Dalmau", habla de "La Mancomunidad de Castilla"; y al hacerlo, dirige su mirada a Santander como ciudad importadora y exportadora de Castilla con relación al mercado extranjero. El representante de "Castilla Gráfica" en Santander no puede menos de agradecer vivamente al articulista las frases de elogio que prodiga a la capital de la Montaña. Ciertamente Santander progresa y a pasos agigantados. Castilla entera puede poner los ojos confiadamente en ella como en una halagüeña promesa. Porque Santander, a pesar de su cosmopolitismo, no deja de sentir en su espíritu el aleteo de Castilla. Santander será siempre castellana. Lo es ya por ética y lo será siempre por instinto. Santander está situada, como muy bien dice el articulista aludido, entre dos puertos de gran tráfico marítimo que, a la largo, restan valoración y energías. Pero Saniander cuenta siempre con la flexión espiritual de Castilla; y ella cree que, en igualdad de condiciones en sus tarifas, etc., será siempre la preferida. La Montaña estará en todo momento al lado de Castilla —omia para cuanto signifique progreso y emancipación. Por eso "La Mancomunidad Castellana" formada por la Nueva y Vieja Castilla y León, tendrá en Santander decididos propagadores y defensores. 

¡Vayamos a ella! Empecemos. Formemos opinión con nuestras plumas y lleguemos al corazón de los castellanos para que todos presten su cooperación a la gran obra de reivindicación y de progreso, Santander está dispuesta a ello; y si el resto de las ciudades castellanas contribuyen, ella se verá muy honrada con el concurso común, porque será al fin la más concluyente y palmaria prueba de adhesión y simpatía. ¡Castellanos! ¡Vayamos hacía la Mancomunidad de Castilla! Pero vayamos con tacto. Hagamos de ella solamente un medio para la afirmación étnica. No la convirtamos en arma política, que esta suele llevar a los pueblos a la desunión y a la ruina. 


N. de la R. 
Agradecemos en el alma esas palabras de ferviente castellanismo que V. Sr. Ugidos, en representación ahora, no de Castilla Gráfica, sino del pueblo de Santander, nos dedica con la exaltación propia de hijos amadísimos de la amadísima Castilla. Nunca dudó esta revista que simboliza y recoge todos los anhelos de la región por tantas cualidades gloriosa, del castellanismo de la montaña santanderina. Y en todo momento, y ya en otra ocasión fue dicho, para ayudar al florecimiento y esplendor de la bella ciudad de Santander, toda la Castilla llana se halla solicita como lo haría por cualquier otra hermana de la llanura. Del mismo modo Santander presta a la meseta su esfuerzo desde la montaña. Hoy más que nunca todas las provincias de Castilla se hallan prietamente unidas. Celebrémoslo y aprovechémoslo para lograr el mayor florecimiento. Pero como V. dice, hay que laborar con tacto, con cautela. Una Mancomunidad para realizar nuestros deseos, muestras justas aspiraciones, una mancomunidad que abarcando las dos Castillas y aun algunas provincias cuyos intereses económicos y espirituales son comunes y afines a los nuestros tuviera como único lema: el amor a Castilla y por ende, el afán inquebrantable de trabajar sin descanso, hasta dotarla del magnifico esplendor a que tiene derecho.