Castilla, un resurgimiento material necesario

Por un castellanismo contra la Agenda 2030

"Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que estamos intentándolo" (T. A. Edison).
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domingo, 20 de julio de 2025

Cantabria, ante la España autonómica (2007)

Manuel Ángel Castañeda

(ex-director de El Diario Montañés)

(escribió lo siguiente en “El Diario Montañés” de 15 de enero de 2017)

"Es preciso recordar que la riqueza de Cataluña y el País Vasco provienen, en buena medida, del trato excepcional que el régimen de Franco les otorgó en la ubicación de grandes fábricas y en el trabajo de cientos de miles de emigrantes llegados desde las regiones menos favorecidas".

domingo, 17 de noviembre de 2019

Sindicato Montañés de Iniciativas para el fomento del Turismo

(El Cantábrico: diario de la mañana, 23 de enero de 1935, p. 4)

En el salón de actos de la Cámara de Comercio, y bajo la presidencia del señor Gutiérrez (don Julián), se reunió el pleno del Sindicato Montañés de Iniciativas para el fomento del Turismo, asistiendo también las representaciones de la Diputación provincial y del Ayuntamiento.

Leída el acta de la sesión anterior, fue aprobada.

El señor presidente de la sesión de Propaganda y fiestas del Sindicato dio a conocer el proyecto de programa de fiestas para el verano próximo, proyecto, como ahora se dice, de gran envergadura, y que comprende diversos espectáculos de carácter popular en mar y tierra, manifestaciones de orden deportivo, fiestas de carácter folklórico montañés, un homenaje de carácter nacional al ilustre maestro Falla y otros actos, que constituirán un poderoso elemento de atracción veraniega para Santander y diversos lugares de la provincia de Santander.

En el proyecto de programa para el próximo verano figura también la conmemoración de la unidad castellana, festival de exaltación a Castilla, cuya organización es propósito ofrecer a la Diputación de Santander, para que ésta invite a su vez a colaborar a las restantes Diputaciones castellanas para el mayor esplendor de este magno y patriótico acto.

En principio, fue aprobado el programa, felicitándose a su autor, y acordándose los procedimientos a seguir para recaudar la cantidad necesaria con que sufragar los gastos, que, como puede comprenderse, son de bastante importancia.

La presencia dio cuenta de las gestiones realizadas cerca de la Federación Nacional de Sindicatos de Turismo, aprobándose éstas, y acordándose solicitar el ingreso en la misma del Sindicato Montañés de Iniciativas.

También informó el señor Gutiérrez de la visita hecha, en compañía del señor Saro, a determinadas personas de positiva influencia en el Gobierno, exponiéndolas el programa del Sindicato y recabando su colaboración para conseguir la ayuda económica del mismo, como hace con otras poblaciones veraniegas. De estas visitas, los comisionados sacaron muy buena impresión.

Se dio lectura a varias cartas de estimados convecinos que ofrecen cooperar con entusiasmo a la labor del Sindicato y prestar su concurso moral y económico para su mejor desenvolvimiento. Se acordó aceptar y agradecer estas aportaciones, de las que en su día se dará publicidad para que todos las conozcan e imiten.

Se dio lectura a la circular que en breve se distribuirá a las Corporaciones oficiales y particulares, Sociedades y a todos los montañeses de buena voluntad que deseen contribuir a dar realidad a los propósitos del Sindicato en favor del fomento del turismo en la provincia de Santander y del veraneo en nuestras playas, a las que acompañará el correspondiente boletín de suscripción, para que unas y otros se inscriban con la cuota que juzguen oportuna, sin cuya ayuda no podrá llevarse a cabo una actuación que moral y económicamente ha de favorecer mucho a Santander.

En la reunión, que se prolongó más de lo acostumbrado en este género de sesiones, en las que todos y cada uno de los asistentes exponen y defienden con cariño iniciativas de beneficio general, se trataron otros muchos asuntos de orden local y provincial, tomándose diversos acuerdos con el respeto a los mismos, que irán dándose a conocer a medida que se pongan en práctica.
 

domingo, 24 de febrero de 2019

Mauricio García Isidro

Por Mauricio García Isidro

(1891-Madrid, 1984) 

(El Adelanto, diario político de Salamanca, 19 de mayo de 1936, p. 1)

 
"Castilla y León, a estos efectos, es una sola región con idénticos problemas y exactas características y no existe nada que nos haga encerrar en el hermetismo de las tres provincias, León, Zamora y Salamanca. Puede extenderse la base del Estatuto a un territorio integrado por más, incluyendo a Santander, salida al mar de Castilla, donde se puede crear el puerto franco, que evite la tenebrosa actuación del homólogo barcelonés y nos dé la zona textil de Cabezón de la Sal, condenada a muerte en plena juventud, por la prepotente influencia catalana, cegadora de toda competencia peligrosa para su industria depauperada por el abandono y la crisis que tanto la ha hecho retroceder ...".

viernes, 2 de noviembre de 2018

Asociación de Escritores Regionalistas Castellanos

(La Región (Santander), 29 de mayo de 1936, p. 8)


Se ha celebrado la asamblea para constituir la Asociación de Escritores Regionalistas Castellanos, asistiendo un número escogido de escritores, además de valiosas representaciones.

Se acordaron los Estatutos por los que se ha de regir la Asociación y quedó constituida con gran entusiasmo la Asociación de Escritores Regionalistas Castellanos, con domicilio en Madrid, calle Don Felipe, 10, tercero, la cual ha de proporcionar días de explendor a los valores de Castilla, y ha de cooperar a formar una conciencia regionalista castellanoleonesa.

Se nombró la Junta directiva, que quedó compuesta por don Gregorio Fernández Díez, presidente; don Manuel de la Parra y de la Cruz, vicepresidente; don Albino Sanz, secretario general; don Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña, vicesecretario; don Carlos Alonso Sánchez, tesorero; don Fausto González Hermosa, vocal representante de Castilla la Nueva; don Felipe de las Heras, vocal de Castilla la Vieja; y don José Antonio G. Santalices [sic], vocal representante de León.

Se establecieron normas para la labor a desarrollar por los asociados destacándose las de propaganda oral y escrita, actuación de todos los asociados en cuantas manifestaciones económicas, artísticas y de otra índole, siempre que no fueran políticas y apoyo de la Asociación para todo lo que redundara en beneficio de Castilla, como región y como parte integrante del país.

Se acordó iniciar las gestiones y trabajos pertinentes para la organización de una revista que fuese órgano de la Asociación.

Se levantó la asamblea en medio del mayor entusiasmo.

jueves, 31 de mayo de 2018

Montañeses por una asamblea castellana en Santander


(La Montaña, revista semanal de la colonia montañesa (La Habana), 31 de octubre de 1934, p. 9)

En Valladolid se ha celebrado una reunión, en la que han estado representados los organismos económicos de Palencia, Burgos y dicha ciudad, y en ella se levantó bandera abogando por Santander como puertonatural de Castilla.

En el acto, estuvo representada la Cámara de Comercio de Santander, por su Presidente, señor Saro.

El señor Saro, hombre de grandes arrestos, de sólido y merecido prestigio y gran entusiasta de la prosperidad del puerto santanderino, está dispuesto a que sea una realidad efectiva y práctica, lo de "Santander puerto de Castilla", y su propuesta, se acordó en la reunión de Valladolid, que este invierno se celebre en nuestra capital, una asamblea castellana, para señalar y acordar las líneas generales de esta labor tan interesante, y beneficiosa para la unidad de los castellanos en sus justas aspiraciones.

martes, 22 de mayo de 2018

El porvenir de Castilla

(El Cantábrico, diario de la mañana (Santander), 12 de mayo de 1934, p. 2)


Se trata también de la prosperidad de nuestro puerto.

Hemos dicho, y no nos cansaremos de repetirlo, que, por ser castellanos viejos, estamos obligados los montañeses a unir nuestra
actividad a la de que se está desarrollando Castilla para revalorizarse. Esa revalorización, ya lo hemos dicho también, favorece a Santander extraordinariamente, cuando se haya terminado la construcción del ferrocarril Santander-Mediterráneo. Con la natural impaciencia esperamos alguna noticia satisfactoria relativa al estado del trazado del séptimo trozo. Esto nos interesa muchísimo
más que las complicadas tramitaciones de las crisis políticas.

¿Cuándo se logrará que deje de ser Castilla la Cenicienta de España?... En la campaña emprendida en pro de la revalorización, ha 
expresado elocuentemente sus esperanzas, sus entusiasmos, el ilustre defensor de los intereses castellanos y, por tanto, del puerto
de Castilla, don Gregorio Fernández Díez. En "El Norte de Castilla" dice dicho señor: "sí, yo quiero riegos; quiero que se fertilice 
nuestra tierra castellana; que se aumente su producción agraria; que se implante nuevos cultivos, y que con ello los medios de vida, 
hoy pobres y limitados, de Castilla, sean motivos de acrecimiento del factor humano y el bienestar y la riqueza lleguen a imponer a 
sus habitantes el orgullo de ser castellanos; hios, en fin, de esta Cuenca del Duero, que para mí es más que una pura acepción geográfica,
porque es un territorio donde el "etnos", la historia, la tradición, el clima, los cultivos, el paisaje y tantas otras cosas están demandando una solidaridad en pro de grandes ideales morales y materiales de resurgimiento colectivo. La generación de este sentimiento se hubiera logrado a la postre mediante asambleas periódicas en que los hombres de nueve provincias, rompeindo su aislamiento un poco soberbio, solidarizasen su esfuerzo pensando en la realidad de Castilla. Pero la limitación vejatoria y humillante que a los impulsos de nuestra región van a oponerse en el llamado Plan nacional de obras hidráulicas, puede dar al traste, no solo con las ilusiones de los buenos castellanos, sino lo que es más grave, con el porvenir definitivo de Castilla, si ésta no alza su voz y no adopta resueltas actitudes para que no prosperen unos proyectos trazados con arbitraria falta de equidad".

En el Plan nacional de obras hidráulicas, se atiende con preferencia a las cuencas que vierten al Mediterráneo y no hay la debida protección para las que vierten al Atlántico. Al valle del Guadalquivir se le antepone a las Castillas, y la máxima postergación es para la cuenca castellano-leonesa del Duero. Esto, ¿qué es? ¿Una lamentable incomprensión o "el rencor contra Castilla"?. "En el Plan nacional, la posibilidad de regadío de las cuencas del Guadalquivir, del Segura y del Júcar, reunidas, representa el 28'2 del total nacional; el de la del Ebro, el 25'5, y el de la del Duero, el 33'5. Pues bien: la distribución de la superficie a transformar en relación con los créditos a conceder, se hace otorgando para aquellas tres cuencas el 35'36; para la del Ebro, el 29'5; y para la del Duero, el 9'07". Y para que no quede duda, lo diremos de otro modo: de 778.000 hectáreas regables en la del Ebro, se transformarán 380.000; pero de 1.022.000 en la del Duero, se concede la merced de transformar "124.000, para que no se queje. Si esto subleva o no el ánimo, el buen lector castellano lo dirá". Así se expresa el señor Fernández Díez, que dice también: "El caso se repite, escandalosamente, cuando se trata de la repoblación forestal. Así, a la cuenca del Júcar se le asignan 430.000 hectáreas; a la del Guadiana, ¡pobre Mancha castellana!, 10.000; a la del Ebro, 874.000, y a la del Duero, 300.000, aunque Gómez Redondo nos dice que deberían repoblarse 700.000".

El gran sistema de riegos que se pide, originaría una gran cantidad de energía en los saltos de pie de presa de muchos de los futuros
pantanos. En la cuenca del Duero se puede lograr mil quinientos dieciséis millones de pesetas de aumento de la riqueza agrícola. Esas obras y esos reigos harán que en Castilla surjan diversas industrias, nuevas fuentes de vida y de transformación social y econonómica de las provincias castellanas. ¡Todo un espléndido porvenir, de activo tráfico, para el puerto de Castilla, para la capital de la Montaña!

sábado, 30 de diciembre de 2017

Leyendas de la montaña de Castilla: La anjanuca blanca

Por Manuel Llano

(Castilla gráfica, revista semanal (Madrid), nº 29, 31 de agosto de 1924) 


A mi querido amigo el insigne novelista Ricardo León, enamorado ferviente de las cosas de la Montaña. 

"Eso sí que no, ¡recontras! Antes dejo espellejame vivu que pasar por las cueva de ias Anjanas esta noche tan oscura y vintiscosa... ¡Eso sí que no! Sinducu no pasa de anocheciu por la cueva de las Anjanas onque lo mande la mesma bula."                              


Era el filo de la media noche: una de esas noches del invierno montañés, "vintiscosa" y oscura como boca de lobo. A través de las montañas de nevadas cumbres, venía un viento que cortaba el rostro. 

Sinduco temblaba de miedo y de frío bajo los ruínes "melanes" que cubrían sus carnes. En sus ojucos negros se pintaba el temor de su espíritu. 

Cada árbol de los que bordeaban el angosto sendero, antojábansele al pobre cabrero "anjanas" gigantescas, que movían sus brazos enormes y amenazadores. 

Aquella tarde había tornado Sinduco a Quivierga, con media docena de cabras menos en su rebaño, y "tía Nela la bisoja" propietaria de aquella parte de recilla, que habia quedado en el monte temiendo que "daque lobón muertu de jambre o algún zorru indinu "encontrase regalado manjar en sus cabras" tresnas", había hecho al pobre Sinduco volver a la cuesta y "mirar toas las canalonas, torcas y cuevas" hasta dar con el paradero de las cabras extraviadas, entre las cuales se encontraba el "chivu viciosón" del rebaño. 

Sinduco, que me confiaba sus más íntimos secretillos, no hacia cosa alguna sin consultarla conmigo, y hétele en el "estragal" de la casa de mi güela, contándome indignado su cuita.  

"Asegúrete yo, Nelucu el míu, que esa viejona enroñecía ha de pagármelas toas juntas, ¡recolle! No ha de pasar muchu tiempu sin que la porra de Sindo la esboje daque cabra o la espeñe por un castru abaju, sin miajuca de pena... ¡Brujona y esmirriá de los demoños! Ahora güelve al monte, ya anochecíu y lluviendo, jechu una sopa y sin probar bocau... y rivienta, Sindo, que naide jará pucheros ni guitonás si te espeaza algún animalón... ¡Jioju con la tiona de los demongros!.. ¡Si juera tan amiga de jacer el bien como lo es del anisau!..". 
    
El resultado de aquella visita de Sindo, fué que cerrando los oídos a las prohibiciones de la "probe mi güela" que tenía el "nietu más traviesu pecaju y tasugón de tou el indinu mundu, apegan a la ricilla como si viniera de casta de pastores", púseme una "pelliza", cogí la ahijá, calcé los "escarpines" y las albarcas pintas, y camino del monte, a la vera de Sindo, cantando siguidillas para espacir el miedo: 

"A la primer siguidilla" no la pude dar alientu, que al espenzar a cantar llevóme la voz el vientu". 

Y para no cansar al lector con inútiles divagaciones, diréle que, después de algunas horas de peregrinación por aquellas cuestas resbalaízas, dimos tricha atrás y hétenos sin encontrar los picaros animalejos en las proximidades de la temida cueva de las Anjanas. Sinduco, que se dio cuenta de lo próximos que estábamos de la peña La Mena, dijome las palabras con que comienzan estas cuartillas, añadiendo acto seguido:  


"Vamos a metenos en el invernal de tiu Mesio jasta que pare de llover... Si quieres ver al probe Sinducu acaldau de un pitirriu en meta del camberón, no tienes más que jacer que pásale cercuca de la cueva y de alli al campusantu; digótelo de tou corazón. Vamonora esi invernal y jaremos lumbre У contaréte por qué no quiero pasar por esa cuevona endemoniá.

"Un güen día del inviernu diz que vinieron a Quivierga unos morones mu grandes, con unas anjanas mu majas, que eran las sus mujeres y las sus hijas. Vinian de Asturias, onde diz que los metieron una güena tullía... Ese sucediu pasó jaz muchos años, cuando la probe Quivierga era un puebluciu chicucu como Llendemozó y Fresnea. 


El casu jué que los morones y las sus anjanas escundiéronse en la cuevona de la peña La Mena, con toas sus riquezas, que diz que eran bien lucías. 

Los domingos y fiestas de guardar, cuando los vicinos iban a la misa, bajaban las anjanas y robaban las muy ladronicias las boronas qne las mujetes dejaban cuciendo en el lar; pero un día, una viejuca mu aguda discurrió dejar en el lar un ladrillu tapau con la ciniza y las brasas, y asi lo jicieron toas las mujeres. Las probes anjanas se alampaban las manos pero no soltaban el ladrillu, criendo que eran tortas. 

Las anjanucas diz que eran mu guapas, vestías de blancu, con unos pindientes grandones y reondos, de oru, y unas gargantillas relumbrantes. Ahora son unas viejucas enrreguñás que se apaecen de noche y se juntan a llorar en la brañuca de la peña. Van en ringlera con la cabeza agacha, llorando como unas desconsolás. 

Yo vilas una noche dende el coterucu del Verderu, y crií que me daba un relochiu... ¡Dios qué miedu! Al mesmu tiempu que las apaecias jacían la guitoná, el carabu que tíen el nial en la peña, daba unos quejios como un cristianu, que se le acababa el resuellu. 

A la anjana que yo mas miedu tengo, es a la anjanuca blanca... Diz que había en Quivierga un ovejeru mu guapu que una tarduca de truenos y relampaguíos asullose sin miedu a los morones en la entrá de la cueva. El tal pastor dicen los viejos que era el güelu del güelu del güelu de tia Tonina... ¡Cuántos años jará eso, recolle!.. Pos jue la cosa que salí" una anjana y alcontrose con el ovejeru y parlaron, y de aquello parla vino el enamoramientu; y toas las noches pelaban 1^ pava arrimaucos al acelal de la peña, dijéndose las querencias y las pitemitucas de los nuviazgos... Una noche mu oscura salieron unos morones y espeñaron a los enamoraos, que se estrellaron en las garnas de la canalona; y dende entonces toas las noches se apaez la anjanuca blanca blanca, dando unos gritíos con tou el griju.

Anjana, anjanueca, maja y guapuca; no jagas mal a la probe mozuca.

Toas las mozas cuando van a un coloñu de leña al monte los Maeros, dicen esi dichu. Los mozus tiene que quitase la boina y dicir por lo bajucu:

Anjana floría, es más güena que el pan de cada día.

Y cátate que el que no diz estas cosas es alampau por un mal que lu llaman el anjaneru, que no se quita jasta que se pasen tres noches seguías en el acebal de la peña y dijendo sin parar:

Peldá, peldá, anjanuca, ten piedá.

Y al mesmu tiempu que se diz esi rezu hay que tener los ojos cerraos pa no ver la salía de las anjanas viejas.

Y por no alcontrame con la anjanuca blanca, no paso de anochecíu por la peña de La Mena, mas que se pierdan toaslas cabras y chivos de Quivierga".

Sinducu cesó su parlar. Tumbados a la pampanarrota en la peña de hierba del pajar, dormidos el resto de la noche. Azotaba la vintisca y desgajábanse las cañas de las encinas y los cagigales...

Por el senderuco de la praería venía una moza madrugadora cantando:

A mí me gusta el labradorucu que se vaiga arar y a la media noche me venga a rondar con la pandereta, con el almirez, con las castañuelas que retumben bien... 

jueves, 21 de diciembre de 2017

La Mancomunidad de Castilla

Por Ugidos

(Castilla gráfica, revista semanal (Madrid), nº 29, 31 de agosto de 1924)

En el número pasado de "Castilla Gráfica" el culto articulista "Dalmau", habla de "La Mancomunidad de Castilla"; y al hacerlo, dirige su mirada a Santander como ciudad importadora y exportadora de Castilla con relación al mercado extranjero. El representante de "Castilla Gráfica" en Santander no puede menos de agradecer vivamente al articulista las frases de elogio que prodiga a la capital de la Montaña. Ciertamente Santander progresa y a pasos agigantados. Castilla entera puede poner los ojos confiadamente en ella como en una halagüeña promesa. Porque Santander, a pesar de su cosmopolitismo, no deja de sentir en su espíritu el aleteo de Castilla. Santander será siempre castellana. Lo es ya por ética y lo será siempre por instinto. Santander está situada, como muy bien dice el articulista aludido, entre dos puertos de gran tráfico marítimo que, a la largo, restan valoración y energías. Pero Saniander cuenta siempre con la flexión espiritual de Castilla; y ella cree que, en igualdad de condiciones en sus tarifas, etc., será siempre la preferida. La Montaña estará en todo momento al lado de Castilla —omia para cuanto signifique progreso y emancipación. Por eso "La Mancomunidad Castellana" formada por la Nueva y Vieja Castilla y León, tendrá en Santander decididos propagadores y defensores. 

¡Vayamos a ella! Empecemos. Formemos opinión con nuestras plumas y lleguemos al corazón de los castellanos para que todos presten su cooperación a la gran obra de reivindicación y de progreso, Santander está dispuesta a ello; y si el resto de las ciudades castellanas contribuyen, ella se verá muy honrada con el concurso común, porque será al fin la más concluyente y palmaria prueba de adhesión y simpatía. ¡Castellanos! ¡Vayamos hacía la Mancomunidad de Castilla! Pero vayamos con tacto. Hagamos de ella solamente un medio para la afirmación étnica. No la convirtamos en arma política, que esta suele llevar a los pueblos a la desunión y a la ruina. 


N. de la R. 
Agradecemos en el alma esas palabras de ferviente castellanismo que V. Sr. Ugidos, en representación ahora, no de Castilla Gráfica, sino del pueblo de Santander, nos dedica con la exaltación propia de hijos amadísimos de la amadísima Castilla. Nunca dudó esta revista que simboliza y recoge todos los anhelos de la región por tantas cualidades gloriosa, del castellanismo de la montaña santanderina. Y en todo momento, y ya en otra ocasión fue dicho, para ayudar al florecimiento y esplendor de la bella ciudad de Santander, toda la Castilla llana se halla solicita como lo haría por cualquier otra hermana de la llanura. Del mismo modo Santander presta a la meseta su esfuerzo desde la montaña. Hoy más que nunca todas las provincias de Castilla se hallan prietamente unidas. Celebrémoslo y aprovechémoslo para lograr el mayor florecimiento. Pero como V. dice, hay que laborar con tacto, con cautela. Una Mancomunidad para realizar nuestros deseos, muestras justas aspiraciones, una mancomunidad que abarcando las dos Castillas y aun algunas provincias cuyos intereses económicos y espirituales son comunes y afines a los nuestros tuviera como único lema: el amor a Castilla y por ende, el afán inquebrantable de trabajar sin descanso, hasta dotarla del magnifico esplendor a que tiene derecho.

sábado, 24 de diciembre de 2016

El movimiento regional castellano

(1932)

Yo quiero quiero ver en este movimiento -porque es una visión rayada por zig-zags de optimismos y valentías- una vibración enérgica de la ancha meseta contra los egoísmos nacionalistas catalán y vasco. Yo no niego facultades administrativas a las regiones competentes, porque soy autonomista; pero negaré y combato la avaricia y el ansia de las regiones que sin haber llegado a una competencia plena, pretenden no un pacto con el Estado, pues esto significaría osadía o error, ambas cosas fáciles de domeñar o corregir, sino una simulación de acatamiento envolviendo un bajo y ruin contenido rebelde.

Castilla, ante ese falso muestrario de suficiencias que son los Estatutos, y en las que nos quieren hacer creer con un empeño de imposición, se resuelve herida y, con el austero orgullo de sus hidalgos, muestra sus caudales consumidos por tanta dádiva, sacrificados más de una vez por exigencias del país vasco y de la ciudad de los condes, núcleo de la célula catalana. Pero estos caudales no están agotados como para darlos por fenecidos; están mermados, sí; pero aun suman lo capaz para rehacer el valor perdido. Y para recuperar este valor se ha fundado el Instituto Económico Castellano. Su presidente, un hombre de rancio castellanismo, nos dice:

-Nosotros, como reza la circular que hemos repartido, pretendemos fomentar el trabajo en Castilla, promoviendo y secundando, objetivamente, todas las iniciativas que puedan incrementar los bienes materiales de nuestra región; intervenir cerca del Gobierno y dependencias oficiales en pro de cuantas gestiones interesen a la vida económica de las provincias castellanas, y organizar un archivo estadístico y arancelario para divulgar sus
estudios, y poner su documentación al servicio de los distintos elementos asociados.

-¿Y el proyecto de hacer de Santander el puerto de Castilla?

-Es un proyecto decidida, imperativa, categóricamente aprobado -nos contesta remachando las palabras-. Y tan es así que sin ese puerto fortificado por una zona industrial castellana nuestros propósitos se anquilosarían, pues todos ellos son radios de él, que lo hemos adoptado como centro, como objetivo de nuestros estudios.

-¿Probabilidades de éxito?

-Todas.

-¿Sólo esto?

-Por ahora solo esto. ¿Le parece poca la afirmación?

-Volvemos a Santander -le digo invitándole a rasgar velos.

-No; por ahora nada más. En este momento, no juzgo discretas unas declaraciones amplias; tenga en cuenta que solo hemos celebrado dos reuniones, porque es mi propósito -y mis propósitos no los quebranto-, hacerlas desde la tribuna. La tribuna será Santander y el título de mi conferencia, "Ideal castellano".

Cariñosamente me tiende la mano y me dice:

-¡Por Castilla!

Y yo, recogiendo el apretón de manos, le contesté:

-¡Por Castilla!






viernes, 16 de diciembre de 2016

Inocencio Haedo, el labrador de las canciones castellanas

(Ritmo: revista musical ilustrada, nº 16, 30 de junio de 1930, p. 4-6)

Por Juan Manuel Prieto

Una sorpresa, una gran sorpresa me aguardaba en el Teatro de la Zarzuela. Era nada menos que la revelación Castilla cantora, de Castilla la madre, el solar de la raza, la mil veces gloriosa, sufrida y valiente, hoy más que nunca, por sufrir resignada las necedades que de ella dicen y escriben gentes que no la conocen y por recibir hidalgamente a pintores que tan mal la retratan, llevando por el mundo una visión anémica y tétrica quien ni fue ni puede ser como esos visionarios quieren que sea.

En el escenario de la Zarzuela, un ramillete maravilloso de gentiles damiselas bonitas, vestidas de blanco, y un grupo de muchachos jóvenes, correctos dentro de su traje de etiqueta; y al frente de ellos un hombre fornido, alto, de hirsuta barba -amalgama de oro y plata- y ojos azules, dominantes y sugestionadores.

En la sala, el alma de Castilla, creciendo, entrándose en todas las almas, poniendo honda emoción en todos los pechos y mostrando, al conjunto de sus raciales canciones populares, que vive y siente, alienta y ama, diciendo en las melodías de tierras llanas, que no es decrépita ni agoniza, como han pretendido muchos que de ella hablaron.

Los cantores -formidables cantores- las muchachas bonitas y los jóvenes correctos, han sido la prueba más rotunda de lo mucho que a Castilla se la desconoce; tanto, que hasta se ha lanzado la horrenda blasfemia de que Castilla no cantaba.

El paladín defensor de la llanura, cruzado intrépido de una cruzada de arte, se llama Inocencio Haedo. Es cántabro, nacido allá por los días de 1878, en la única provincia de Castilla que se asoma al mar, en Santander, y son sus huestes unos cuantos muchachos y unas cuantas señoritas, que, caballeros de un noble ideal, van a hacer que a Castilla se la conozca, y al conocerla se la rinda justicia.

Yo hubiera querido hablar en Madrid con el director de la Real Coral Zamorana, pero la casquivana casualidad se empeñó en lo contrario, y quieras que no, hube de ir a Zamora para interviuvar a este hombre, figura hasta hoy casi desconocida, pero interesantísima, reveladora de lo que pueden un espíritu y una voluntad al servicio de un ideal elevado.

Y heme en Zamora, una ciudad a la que la historia conoce con el nombre de "la bien cercada", plena de evocaciones y sugerencias, guardadora de magníficos monumentos románicos, cuyas piedras viejas parecen coágulos de sol, y en cuyas calles vetustas el tiempo parece no existir.

Inocencio Haedo y yo marchamos por una carretera recta, rayo de inquietud que rasga la llanura de castos colores en la hora silenciosa del véspero.

A los lados, tierras de labor cubiertas con el oro promesa de las mieses; lejos, los puntitos perezosamente movibles de unas yuntas, y al fondo, unos pueblos en silueta, que parecen ocultarse tímidos tras las lomas de tierra, mostrando sólo el rubor de sus tejas.

Avanzamos calmosamente. En uno de los frecuentes altos con que, para discutir, interrumpimos la caminata, mi acompañante me dice:

-Perdóneme que le haga pasear para logar su propósito de interviuvarme; pero no me ayuda otro remedio. Es mi única hora libre y la aprovecho para tomar un poco de aire y saturarme de Castilla, el gran amor de mis amores.

Y charla que te charla y anda que te andarás, mi interlocutor, en una conversación ingeniosa, salpicada

con frecuencia de pintorescos y humorísticos comentarios, me ha contado su vida.

-Dígame, D. Inocencio.

-No, por Dios -me ataja, llevándose las manos a la cabeza-, D. Inocencio sólo me llaman las monjitas y los sacerdotes; Haedo, simplemente, la mayor parte de la gente, y maestro los muchachos de la Coral y mis amigos. Usted puede llamarme como quiera, menos D. Inocencio.

-Pues bien, en maestro le dejamos, ¿quería usted decirme cómo nació la Real Coral Zamorana?

-No crea que fácilmente. La Coral es un producto de largas cosechas, he tenido que sembrar y seleccionar mucho para poder conseguir un fruto en razón.

-¿Entonces, es ya el logro de una labor premeditada y llevada sin titubeos y directamente a la práctica?

-Tampoco crea esto. La actual Coral es hija de un orfeón titulado "El Duero", que yo fundé hace unos veinte años, y con el cual recorrí triunfalmente algunas capitales españolas, consiguiendo con él clamorosos éxitos en Madrid, Barcelona y Salamanca. En esta última población, en certamen de Orfeones, obtuvo el primer
premio. En Madrid logré que una de nuestras canciones castellanas, "Tierras llanas" se titulaba, obtuviera también un primer premio.

-La Coral es, puede decirse, la continuación del Orfeón "El Duero", ¿verdad, maestro?

-Ni mucho menos -responde prestamente Haedo-. Entre aquél y ésta media un abismo. Aquellos eran unos muchachos artesanos, que cantaban solamente por el placer de cantar, y los componentes del coro actual son muchachos mucho más cultos, empleados en su mayor parte, industriales, ingenieros, médicos, pintores, periodistas, etc., que sienten todos la satisfacción de hacer arte, y amantes de Castilla, obedecen gustosos cuanto les mande, por ver triunfar la tierra nativa envuelta en los ropajes de sus canciones.

-Su labor de ahora ha de ser, por tanto, menos ingrata que la de antes.

-Cierto, cierto. Hoy en la Coral hay mucha gente que sabe música, sobre todo las señoritas, entre las cuales tango algunas profesoras de piano.

Como yo hiciese un elogio del prodigioso dominio de matiz y empaste que es la Coral de Zamora, Haedo me arguye:

-Eso es fruto de un ensayo constante ininterrumpido. Todos los días ensayamos dos horas; tal es nuestro secreto.

Calla mi interlocutor. Sus ojos, del mismo color del cielo vespertino, miran vagamente a lo lejos; y así caminamos en silencio, hasta que una nueva pregunta mía lo distrae de su cavilar.

-Dígame, ¿usted es castellano?

-Sí, señor; nacido en Castilla la Vieja, en Santander, donde estuve hasta los catorce años, en que vine a Zamora y a la cual no he vuelto a abandonar. Por cierto que de Santander tengo un recuerdo imborrable; mire. Al decir esto me muestra una profunda cicatriz que cruza su frente y me explica:

-Jugaba yo en el muelle y contemplaba con curiosidad de chico el incendio del vapor "Machichaco", que ardía en la bahía, cuando sobrevino la explosión, y uno de los cascotes me alcanzó; pero lo más desagradable fue que al volver a mi casa, me encontré con que ésta había desaparecido a consecuencia de la misma explosión. Y en Zamora -agrega riéndose- me hirió otra aún más grave, la del amor, causándome tales lesiones que sólo pude curarlas con el matrimonio.

-Según eso, y parodiando a Gabriel y Galán, ella y el campo le hicieron a usted músico.

-No pudieron ni una ni el otro hacerme músico, porque ya lo era. Yo fui músico desde el mismo momento de nacer, pues cuando vi la luz entoné un aria a la vida, que según mis familiares duró en un crescendo rabioso y consecuente varias horas.


-¿Su primer profesor de música fue...?

-Mi padre, que entonces era fundador y director de la Banda municipal de Santander, y en la que yo ingresé por oposición a los once años como flautín, simultaneando estos estudios con los de violín y piano. A los doce años, con mis compañeros de juegos, fundé un orfeón, del cual me erigí director, y así he continuado, amando el arte sobre todas las cosas, y del arte la música, y de la música las canciones populares.

Las últimas palabras de D. Inocencio -perdón, Haedo, se me ha escapado, despiertan en mí unos furiosos deseos de averiguar, y las preguntas brotan en tropel de mi mente pudiendo, al fin, no
sin gran trabajo, ponerlas en orden.

-Usted dice, maestro, que ama el arte sobre todas las cosas. ¿Qué concepto tiene de él?

-Es tan vario, tan complejo y tan poco corpóreo como puede ser el arte mismo. Creo que las impresiones de arte no pueden expresarse, sino que lo único que cabe es sentirlas, y por eso mismo no creo en moldes nuevos ni viejos, únicamente creo en el arte mismo, y allí donde exista, triunfará, sean modernos o sean
antiguos los procedimientos que se emplearon para lograrlo. Lo que sí cabe es educar a los niños en el ambiente artístico, para hacer más sensible su espíritu. Créame -termina- si nuestras escuelas marcharan al unísono el abecedario y los signos musicales, habríamos resuelto, sin proponérnoslo, muchos grandes problemas. Sobre todo enseñar a cantar, para que cantando se aprenda a conocer la tierra donde nacimos y para que los cantos del pueblo, alma de su alma, no se pierdan.


-De acuerdo con sus ideas, su vida tiene que haber sido un verdadero apostolado musical.


-Puede asegurarlo. Yo en Zamora he fundado cuartetos, orquestas; organicé la Banda provincial, hice funciones teatrales de zarzuela de aficionados, conseguí que se trajeran grandes orquestas, como la Filarmónica; fundé en esta ciudad la Asociación de Cultura Musical y conseguí que grandes músicos fueran conocidos.

-Estará usted ya un poco fatigado de tan ruda labor.

-Todo lo contrario; siento los mismos bríos y las mismas ilusiones que en mis mejores días. Tanto, que ahora estoy tratando de organizar "La Sociedad Filarmónica Zamorana", patrocinada por la revista Ritmo, y, además, me alienta el haber logrado la mayor ilusión de mi vida: el triunfo de la canción castellana y haberlo obtenido con un intérprete como la "Coral Zamorana".

-Magnífico intérprete, maestro, del cual no sólo usted, sino todo Castilla, puede estar satisfecho. De ellos y de usted, descubridor de las canciones del llano.

-Descubridor, no, pues antes que yo Ledesma, Olmeda y otros varios, hicieron excelentes, maravillosos, cancioneros castellanos, a los cuales, el único defecto que les encuentro es el no estar armonizados, para que después todas las sociedades corales pudieran cantarlos y divulgarlos y no sucediera lo que sucede con ellos, que son casi en absoluto desconocidos.

Tiene razón este hombre alto y erguido que marcha junto a mí. No sólo es labor de buscar y recopilar; también lo es de divulgar y de dejar que todos puedan saborear los finos manjares que el arte del pueblo creó. Y siguiendo el hilo de estos pensamientos, pregunto a Haedo cómo busca y pule sus canciones hasta convertirlas en esos cuadros de color, que en la Zarzuela hechizaron a los oyentes.

-No soy yo sólo -me responde- quien busca las canciones, aunque la mayor parte son recogidas por mí de boca de las mismas gentes aldeanas, en excursiones que realizo por los pueblos más apartados de la provincia; son también elementos extraños al coro, como D. Nicolás Rodríguez, beneficiado tenor de nuestra Catedral, o componentes de la Coral, como Manuel Crespo y el solista barítono de ella y excelente pintor Gallego-Marquina, los que verifican excursiones artísticas por la provincia y buscan canciones, que aprenden al oído y que yo después transcribo a notación musical y armonizo. Lo demás lo hace el amor al arte y el cariño a Castilla de los elementos de la Coral.

Calla el maestro su labor tenaz, de nervio vital, de esta magnífica entidad artística; y mis preguntas, para llevarle a este terreno, se estrellan contra su modestia.

-¿A qué cree que se debe la actual preponderancia de las masas corales y qué importancia supone que puedan desempeñar en el desenvolvimiento musical español?

-En cuento a lo primero -me contesta- es fácilmente explicable, puesto que para cantar no se necesitan estudios previos ni condiciones especiales: cualquiera puede hacerlo, y el ejemplo de un individuo que canta, arrastra a los demás. Prueba de ello es que, a raíz de nuestra actuación en León, Palencia, Salamanca y Cáceres, se fundó en cada una de estas ciudades una masa coral. Respecto a lo segundo, no cabe dudar en una beneficiosa influencia, puesto que el individuo que comprende y ama la sencillez de la música popular, lo mismo ama y comprende la belleza de las costumbres o el tipismo de los trajes de esos rincones ignorados que tanto abundan en nuestra península.

No creo que sólo; también, como en los coros se canta la música clásica, el espíritu de los cantantes se afina y sensibiliza.

Nosotros, en este sentido, no hacemos más que seguir lo que ya han hecho otras naciones, Alemania, por ejemplo, donde todas las canciones populares están armonizadas y donde se canta en escuelas, liceos y universidades. Esto que debemos hacer nosotros, se hace ya en algunos Centros, como en la Residencia de señoritas estudiantes en Madrid, y así lograremos salvar el tesoro folklórico nacional, tan rico y tan vario.

-¿No ha investigado usted más que cuestiones musicales?

-Algo más, pues también reúno romances antiguos, de los que tengo una bella colección.

-Por cierto -continúa- que esta afición se despertó en mí por un caso curioso que presencié; verá usted. Vino a Zamora D. Manuel Manrique de Lara buscando romances antiguos, y yo le acompañé por los barrios viejos y arrabales de la ciudad. Encontramos bastantes; mas juzgue usted mi asombro cuendo me dijo que uno que le había comenzado una sefardita en Rumanía y lo había dejado incompleto, terminaba de completárselo una de las mujeres con quienes habíamos estado hablando.

-¿No le ha sucedido nunca nada curioso en la búsqueda de canciones por los pueblecillos de la provincia?

-¡Hombre, sí! -me contesta Haedo, tras unos instantes de reflexión. Fui a un pueblecillo en busca de canciones; en compañía del pintor Gallego-Marquina, y como éste, mientras yo visitaba a las autoridades, extendiera el caballete y se pusiera a tomar unos apuntes de color, las gentes del lugar nos tomaron por funcionarios del Catastro; y creyendo que si cantaban les iban a subir la contribución, se negaron en absoluto. Y a no ser porque el señor cura desvaneció desde el púlpito, al día siguiente, sus injustificados temores, me vengo si recoger unas cuantas tonadas deliciosas que allí encontré.

Veo en el pecho de mi interlocutor lucir el botoncito de caballero de la orden de Alfonso XII y le pregunto si fue ésta su mayor alegría.

-No; la mayor alegría la obtuve con los triunfos de la canción castellana en lugares como Barcelona, y últimamente en el Ateneo madrileño; y mi mayor pena, si es que le interesa saberlo, la muerte de dos de mis hijos varones, en los cuales cifraba la esperanza de continuar mi labor en pro de las tierras de Castilla.

Hace rato que hemos emprendido el regreso. Del pueblo lejano suben hasta el cielo plegarias del humo. Flotante en el ambiente todos los ruidos de la tranquilidad y suenan de una manera deliciosa los trigos mecidos por la brisa y el río, que escurre blandamente por la azuda y canta su canción en las aceñas. Los gañanes, que vuelven jinetes sobre el lomo de la "Mohina" o de la "Cariñosa", nos saludan corteses. Muy dulcemente suena en mi mente la copla del solo de "Pardalas", una de las más bellas canciones de la Coral Zamorana:

"Dice mi morena

que al ir de arar,

la alegría del campo vuelve al lugar"

El maestro ha vuelto a soñar, perdida la mirada dominadora entre las tierras de labor, y en mí toma cuerpo la última pregunta:

-¿Piensa dar a conocer su labor en el extranjero?

-Difícil es esto, pues los elementos de la Coral no pueden abandonar sus ocupaciones mucho tiempo; pero no pierdo la esperanza de cantar en Lisboa, París, Berlín y acaso en América. Aunque es difícil, muy difícil; ahora en Madrid, me ofrecían un contrato por cien conciertos para las principales naciones europeas y americanas; hube de resignarme a no aceptar, y solo les enviaremos nuestra voz en conserva y en unos discos que hemos impresionado hace dos meses.

Estamos nuevamente en la ciudad. El maestro Haedo vuelve a su meritoria y heroica labor de educar voluntades y enaltecer a Castilla, y yo de regreso a la Corte. Un apretón de manos, de esas manos que parecen hacer malabarismos con las voces de sus cantores, y nos despedimos.

Ya en el tren, solo en mi departamento y mientras el convoy cruza la llanura que comienza a ser devorada por las sombras, entono una salve a Castilla, a mi Castilla, la tierra sana y joven, que canta y que ríe, que goza y que ama y que se adorna con los colores más bellos, más suaves y más castos, aunque escritores necios y pintores neuróticos la sientan de otro modo.

















viernes, 25 de noviembre de 2016

Castilla "Terra incógnita"

(El Radical, 17 de mayo de 1932, p. 4)

Por Consuelo Berges Rábago

Parece que hubiera por ahí la fatalidad arcana empeñada en confundir, primero, y anular, después, el contorno concreto de Castilla como entidad geográfica. Quizás esta supuesta fatalidad arcana sea simplemente una niveladora intervención de la, también supuesta, ley de compensaciones. Tanto creció Castilla en lo espiritual, que se hizo necesario tender al equilibrio limitando su realidad geográfica.

Primero a Castilla le fue quitado el mar. Se le quitó la literatura, y lo que la literatura quita no hay en el mundo juez que lo restituya. A bordo de una magnífica literatura del paisaje-, la literatura española es, como ninguna otra, literatura de paisaje-, el nombre y el concepto de Castilla van paseando por el mundo su estampa de aridez irremediable, tierra adentro nunca dulcificada por el efluvio húmedo de la brisa marina, nunca mordida por el roce áspero y fresco de la ola. Y, así, desde el Quijote a nuestros días -y tal vez antes del Quijote-, Castilla con su borde marinero es una absurda verdad geográfica, mientras Castilla mediterránea y árida, continental y enjuta, es en el mundo y aún en España misma un error literario lleno de verosimilitud y lógica. El error se hizo ya inapelable en una estrofa -porque una estrofa afortunada será siempre una sentencia inapelable-. Cuando Maragall compuso su famoso himno Ibérico, le fue preciso que Castilla estuviera triste y le fue necesario hallar una bonita explicación a esta tristeza. Y ya no hubo remedio. Ya es en vano que algunos montañeses, siempre que hay ocasión, reivindiquemos, más que la gran ventana costanera de Castilla, la gran castellanía de Cantabría.

Ya no tiene remedio.

"Terra endins ampla és Castella i està trista, que sols ella no pot veure els mars llunyans".

Hasta aquí, solo hay amputación y confusión del contorno geográfico de Castilla. Pero la cosa no para en esto. Lo tremendo es que, saliendo de España, nos encontramos con la desaparición total de Castilla como entidad geográfica. ES decir, nos encontramos con un caso estupendo -en sentido físico-químico de la palabra-. A medida que Castilla fue difundiéndose y ascendiendo como concepto histórico, como fuerza generadora de pueblos y de historia, ha ido perdiendo realidad concreta, y hoy, fuera de España, a penas sabe nadie si Castilla es una realidad geográfica o un mito histórico literario.

Este inaudito hecho es patente en América. Y más que en otra cualquiera latitd del Nuevo Continente, en la República Argentina, donde la rica geografía regional de España está vivificada y ramificada por la distribución regional de los emigrantes españoles.

Si uno dice en Buenos Aires -y es frecuente el decirlo porque es corriente el preguntarlo- que es gallego, andaluz, vasco o catalán, la gente queda satisfecha y convencida de que uno pertenece a un pedazo de tierra española efectivo y actual, y, la poca cultura geográfica que posee el argentino preguntante, sabe situar aproximadamente en el mapa español la personalidad regional del que dice ser vasco, catalán, andaluz o gallego. Pero si contestamos la pregunta habitual diciendo que somos de Santander, de Soria, de Burgos, de Valladolid o de Ciudad Real, a nuestro americano se le enreda la imaginación en el mapa peninsular que conoce de oídas, y vacila: -"¡Ah..., de Santander!... ¿Vasco, no?..."

Cuando nos arriesgamos a aclarar que somos castellanos, la confusión llega al extremo. Si nuestro americano no es letrado en absoluto, se queda totalmente en ayunas respecto a nuestra regionalidad española. Si es un poco letrado sin ser muy fuerte en Geografía, lo más que hace es situarnos en los áridos dominios del Romancero, del Quijote, del teatro clásico español o de las crónicas de Azorín. Y no falta quien piensa que nuestra declaración de castellanía es una fanfarronada heráldica.

Ser castellano en la Argentina es querer ser demasiado y no ser nada; porque Castilla en la Argentina, o se ha difundido con el más soberano orgullo en cada región de España, o se ha inhibido con la más insólita modestia. Galicia, Cataluña, Vasconia, Asturias, Aragón, Valencia, son entidades regionales de España, con nombre, espíritu y cuerpo en las diversas agrupaciones que allí las representan. Castilla, no; Castilla es solo espíritu. Y el nombre de Castilla Madre, tan repetido como abstracción racial e histórica y como síntesis esencial de España, rara vez es pronunciado allí rotulando una concreta personalidad, un contenido concreto, un concreto programa. Castilla y lo castellano poseen, como Dios, el don de la ubicuidad; están en todas partes... y en ninguna... La colonia española, que tantos edificios levantó en Buenos Aires para distintos fines rotulados bajo un nombre regional de España, no tiene un solo recinto sobre cuyo dintel campee el nombre de Castilla. Castilla Madre no tiene hogar en Buenos Aires; se conforma con vagar, como espectro difuso y glorioso, por las altas regiones de la Historia, la Literatura y la Leyenda.

De vez en cuando la recia voz de un cántabro que siente en vivo el destino preclaro de Castilla y la castellanía, pronuncia el nombre de la región central de España y titula con él alguna empresa de alto rango. Tal el proyecto de la "Cultura Castellana" que el doctor Avelino Gutiérrez, una vez puesta en marcha la magnífica "Cultura Española" y la Cultural Montañesa -"Caja de Becas Menéndez Pelayo"-, propuso a varias agrupaciones provinciales de tronco castellano existentes allí. Confiamos en que llegue a ser éste el origen de un cuerpo para el espíritu de Castilla en América. En que llegue a ser éste el nexo que dé a los hoy asociados bajo las denominaciones de riojanos, montañeses, sorianos, burgaleses, etc., la sensación de su castellanía común. En que llegue a ser éste un motivo para que suene allí el nombre de Castilla fuera del Romancero, del Quijote y de la prosa de Azorín, y para que en Buenos Aires -y más tarde en América... y después en España- se aprenda un poco más de Geografía al difundirse que burgaleses, sorianos, montañeses, riojanos, toledanos, etc., pertenecen todavía a una famosa región española que, aunque no ha presentado su Estatuto, se llama y es Castilla. Región famosa que es todo lo que cuentan las crónicas, la literatura y la leyenda y que, además de todo eso, es una de las regiones permanentes de España: la región por donde corre eternamente el Duero y eternamente nace el verbo que canta su canción a lo largo del mundo.