Castilla, un resurgimiento material necesario

Por un castellanismo contra la Agenda 2030

"Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que estamos intentándolo" (T. A. Edison).
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martes, 26 de febrero de 2019

La fiesta de León y Castilla

(El Día de Palencia, defensor de los intereses de Castilla, nº 12727, 4 de julio de 1930 julio, p. 4)

Por unanimidad se aprobó la siguiente moción de don Santiago Calderón Martínez de Azcoitia:

"A la Comisión Municipal Permanente.- De cuanto se ha hecho para celebrar con actos de persurable y grato recuerdo, algún festejo que incluir en los programas que se vienen haciendo para las Ferias de Palencia, no es aventurado asegurar que la Feria Castellano-Leonesa ha sido la que ha llenado cumplidamente todas las exigencias, y que de ella se conserva la impresión que dejan aquellas cosas que íntimamente nos complacen, debido solamente, todo ello, al apoyo que este excelentísmo Ayuntamiento le prestó y al incondicional y eficaz concurso de la Prensa palentina, alma de aquella
fiesta.

Si ello, todo esto ya es bastante para que el Ayuntamiento de Palencia se sienta satisfecho por haber sido el iniciador de estos festejos -que tanta importancia pueden tener- hemos de reconocer que hay que ver en esas fiestas otra significación de más interés e importancia, y una mayor perduración. La exaltación regionalista que, a no dudarlo, nace y brota con pujanza en estos momentos en que las provincias comunes en sus afectos y en sus aspiraciones, se unan estrechamente y dan a conocer cuanto en ella significa el espíritu tradicional.

Debe, pues, a juicio del concejal que suscribe, intensificarse por todos los medios, ese saludable espíritu de amor a la región, base de todos los amores comúnmente sentidos, y para ello, los Municipios en primer término están obligados a que aquella labor no decaiga y por el contrario, logre mayor esplendor posible.

A estos afectos me permito proponer cuanto sigue:

El Ayuntamiento de Palencia se dirigirá a todos los de la región castellano-leonesa, interesándoles que en sus presupuestos consignen la cantidad que estimen conveniente para subvencionar todos los años la Fiesta Regional de León y Castilla.

Anualmente se celebrará esta Fiesta, poniéndose previamente de acuerdo los Ayuntamientos de los antiguos reinos de León y Castilla para formar el oportuno programa.

A ella concurrirán cuantas representaciones estimen oportuno aportar los respectivos Ayuntamientos.

La organización de esa Fiesta, fecha de la misma, etc. Correrá a cargo de aquellos Ayuntamientos, quienes con tiempo oportuno se ocuparán de reunir cuantos datos sean necesarios, para que la Fiesta Regional revista y tenga toda la importancia que la misma merece.

No obstante, la Comisión resolverá lo que estime más oportuno.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Los mil y un días: Castilla y Madrid

S.f.

(El Porvenir Castellano (Soria), 4 de setiembre de 1930, p. 2)


Este pequeño grupo de catalanes herméticos incionados e irreflexivamente impulsivos que en una confusión muy peligrosa hablan indistintamente de Castilla y de Madrid constituyen el escollo perturbador en todos los caminos de concordia nacional. Es necesario pues destruirlo. Realmente el empeño no es nada difícil. Basta con manejar el verdadero ariete contra el reductor de la incompresión fanática de este grupito.

No, no... Castilla no es Madrid. Y no solo Castilla es Madrid, si no que tiene en un feroz como Barcelona. En realidad Madrid lo es de toda España. Pero ni el tiempo cabe inculparle de alguna responsabilidad.

Madrid ha incurrido en el desdén contra el resto del territorio en que incurren inevitablemente las ciudades capitalizadas que personifican la centralización.

Ese desdén de Madrid hacia las provincias españolas es el mismo de París hacia las propias francesas. A lo que parece la absurda actutud es una mácula de nuestro latinismo porque en realidad no se produce en las nacionalidades de otros orígenes y es evidente que tuvo en Roma su exaltación más inflamada. Pero es latinidad nuestra es entre nosotros muy poco visible y solo conserva Madrid unos de sus aspectos. El más irritante. El que pudiéramos llamar "metropolitanismo".

Pero Castilla por su propia condición de pueblo con raíces en la tierra es opuesto a él. Castilla oh, amigos catalanes! es la víctima inmediata de Madrid, que no es un trozo de Castilla, pero es de la Mancha.

A Valladolid, que no tiene otra mácula en su historia que la de ser cuna de Felipe II, el rey más tristemente célebre le despojó Madrid de su capitalidad a virtud de un capricho de un versátil. A Alcalá de Henares de la que el Cardenal Cisneros anticipándose a una visión que es hoy universal, hizo la primera Ciudad Universitaria lo despojó de lo mejor de la historia. Estos desafueros no 
han sido nunca comentados, constituyen dos ofensas fundamentales que ha recibido Castilla de Madrid. En cuanto a los políticos no deben olvidar Cataluña y más concretamente Barcelona, que si frente a los derechos catalanes hubo un Felipe IV frente a los castellanos hubo un Carlos I y un verdugo en Villalar.

El campo germinará la renovación, pan de nuestro espíritu como germina el trigo, pan de nuestros manteles. El arado y la hoz y sus hombres, es lo único que conserva incorrumptible [sic]. Si los gobernantes viejos se hubiesen ocupado de enseñar a los campesinos a leer y a escribir, otra hubiera sido la linea de nuestra ruta.

Pero hacían lo contrario, porque es más fácil gobernar a gente analfabeta que a gente iniciada en el saber elemental. En Rusia fueron posibles los autócratas porque los campesinos lo ignoran todo. Y en España es posible por la misma razón la impureza del sufragio nuestro, modo nacional de autocracia.

Hay un escritor reciamente castellano y aún castellanista que como escribe bajo la finaza que le da su cultura y su vocación, pasaría naturalmente en Madrid por un desconido. Se llama D. Gregorio Fernández Díez. Yo, aun sin participar de algunos de sus puntos de vista, sigo la huella de su pluma con mucho interés. Me parece por otra parte un escritor representativo de los modos de Castilla "que crea a los hombres y los desgasta".

Posiblemente no hay tierra en el mundo con gentes más individualizadas, es decir con menos tendencia al contacto. Yo que soy de Valladolid, crecí en Segovia y seré enterrado en Alcalá de Henares, no tengo en Valladolid más lector que un ahijado mío (espiritualmente, mi hijo único) en Segovia algún compañero de mi adolescencia y en Alcalá algún cura que tenga prisa por dejar caer sobre mí su responso. Mi ferviente amor a Castilla, mi inflamado amor a Castilla se consume en la soledad, pero es más fuerte que el desdén y la ausencia.

domingo, 21 de octubre de 2018

Los intelectuales castellanos


Por Gregorio Fernández Díez

(El avisador numantino (Soria), 2 de abril de 1930, p. 1)

El acto de confraternidad celebrado días pasados en Barcelona, entre intelectuales catalanes y castellanos, podemos juzgarle como un episodio más, acaso un tanto lírico ya que en verdad, ninguna transcendencia ha tenido ni del mismo han de derivarse consecuencias efusivas ni prácticas.

Antes de seguir adelante y verter nuestro sincero y crítico pensamiento respecto del acto y de los actores, séanos permitido, sin altisonancias de intelectual, manifestar, no solo nuestro respeto hacia la lengua catalana, que nos es familiar, que hablamos y escribimos, sino el reconocimiento más explícito del derecho, por parte de Cataluña para hablarla y cultivarla libremente y en fin, en otro orden de cosas, que no nos asusta, antes bien en provecho común deseamos la solución del pleito catalán, dentro de un régimen federal de un sistema en que no haya privilegios, sino la igualdad más absoluta para todas las regiones; y para terminar, consignamos que ni los intelectuales llamados castellanos que han ido a Barcelona son los únicos representantes de nuestra cultura.

La cultura castellana, ni los únicos hombres comprensivos de las inquietudes de Cataluña, aunque sea más exacto que sean los únicos que no comprenden nuestro problema, el problema castellano que es también otra realidad.

Pero volviendo al acto hemos de reputar que ha carecido de trascendencia por un nuevo error político de los catalanes invitantes, más políticos que intelectuales y por otro error de jactanciosa vanidad por parte de los invitados que no han representado a Castilla, por la sencillísima razón de que ésta, no les ha delegado ni conferido su representación y además porque no han interpretado sino parcialmente el sentir de Castilla.

Pero antes de seguir adelante en los comentarios por propia cuenta, no queremos dejar de transcribir las manifestaciones de "El Liberal", de Madrid, a este respecto que son del siguiente tenor: "Conviene aclarar un equívoco en bien de todos. ¿Qué elementos han sido invitados por la representación de Cataluña? Los comentaristas de periódicos relacionados con aquélla por una reciprocidad de colaboraciones interesantes desde luego; un sector de derechas que ha tratado con simpatía el problema de Cataluña; cuatro o cinco personalidades indiscutibles y dos o tres que hubieran tenido un gran disgusto si no se les hubiese incluido en el requerimiento". Y luego dice "El Liberal": "¿Más basta con los requeridos para dar una idea exacta del acercamiento de la intelectualidad madrileña a la catalana? Creemos que no basta, sino que puede representar andando el tiempo un exclusivismo perjudicial" y para terminar añade un este párrafo: "Lo mejor de Madrid y lo mejor de Barcelona"
intitula un periódico barcelonés, y esto es mucho decir. Cataluña y Madrid. Tampoco así está bien: "unos cuantos intelectuales y otros tanto residentes en Madrid". 

Como verá el lector, la expresión de "El Liberal" es de un acierto rotundo hasta en el menor detalle, porque decir residentes en Madrid significa que no todos aquellos intelectuales son madrileños; decir Cataluña y Madrid no basta; significa que la aproximación que se ha de buscar es, no la de Cataluña con la Corte, sino con Castilla, con todaCastilla, lo que en definitiva equivale a decir que Madrid no es, ni mucho menos, ni el corazón, ni el único valor de Castilla, ni de la histórica región, aspecto que para lo sucesivo es conveniente que no olvide Cataluña. Pero aún hay más; una mitad de aquellos intelectuales son muy secundones: en Madrid hay centenares, millares de valores más positivos; luego la inmensa mayoría de los hombres no son castellanos: son gallegos, valencianos, aragoneses,
catalanes residentes en Madrid o vascos y no es lo mismo, ¡qué va a ser lo mismo! Castellanos han ido pocos y de ellos aun deberíamos en justicia prescindir de los madrileños, frívolos, oscilantes en sus gestos, insinceros y desde luego desconocedores de los problemas de Castilla que tan cerca tienen, y en fin, desinteresados en absoluto de los problemas regionales de nuestra vieja Castilla, cuya mayor desgracia es que cuente con hijos que la olvidan.

Menguada estaría Castilla si esos hombres fuesen los único o simplemente lo mejor de su representación intelectual. Hay que convenir en que los invitados por Cataluña lo han sido más a título de gratitud política que en otra significación y hay que señalar que haber hecho la recluta solo en Madrid, prescindiendo de las quince restantes provincias castellanas, de esas provincias que cuentan cada una con Ateneo, con prensa, con literatos, con hombres que están en relaciones comerciales con Cataluña, que tienen, en fin, una gran reserva de intelectuales en sus gloriosas universidades de Salamanca y Valladolid, es, repetimos, una lamentable equivocación.

Barcelona, amigos catalanes, por su población, por su intelectualidad, por su riqueza, pesa más sola que el resto de la provincia y de Cataluña; Madrid, no; porque aunque parezca paradógico, los castellanos, menos centralistas que lo que se cree, con un sentido individualista extremado, no vamos a remolque de Madrid, de ese Madrid cuyo ambiente frívolo y oportunista será resultado de un temperamento elaborado por la colmena de audaces, de arribistas, de eclépticos, de figurones que allí
llegan procedentes de todas partes, pero que no son castellanos.

Castilla, catalanes, no va remolque del Madrid político del que está disociada. A este efecto quiero recordar que a fines de 1918, el Madrid político, el Parlamento iba ya a otorgarnos la autonomía integral, cuando las Diputaciones castellanas se levantaron proclamando que Castilla necesitaba al mismo tiempo, ni antes ni después, otro Estatuto para su autonomía.

Por nuestra parte, nosotros castellanos, regionalistas castellanos, castellanistas, federales propicios a toda inteligencia, protestamos enérgicamente de que un puñado de hombres, por muy intelectuales que sean, por el mero hecho de escribir en castellano o de residir en Madrid, se abrogan la represntación de Castilla, los unos porque no son castellanos, sino aragoneses, gallegos, valencianos, catalanes residentes en Madrid o vascos o aun bizkaitarras como Urgoiti; los otros porque aun siendo
castellanos jamás hemos visto que hayan defendido ni el espíritu, ni la personalidad, ni los intereses castellanos.

Cataluña a estas horas les debe a esos hombres la gratitud de un gesto o de unas alabanzas, aunque sean merecidas; Castilla no les debe nada; de los que no son castellanos no ha recibido una caricia, de los que lo son, tampoco; y si así se portan con su tierra cuna; si no han demostrado sus afectos del alma a Castilla, séanos permitido advertir a Cataluña para que no se engañe, que nosotros abrigamos la duda de la sinceridad de su adhesión y aun más, no creemos ni siquiera en los deseos de hacer cultura, ni de dar a España una estructura federal, porque jamás se les ha visto expandirse por Castilla, ni enseñando ni predicando. ¿Es porque residen en Madrid, donde la frivilidad y  eleclepticismo acomodaticio han infestado el ambiente? Allí cada cual va a su negocio. La intelectualidad e Madrid suele ser un negocio más.

martes, 12 de junio de 2018

La crisis agrícola: la impotencia de Castilla


Por Gregorio Fernández Díez


(El Adelanto de Salamanca, 21 de mayo de 1930, p. 1)

Confesaré que mi castellanidad se exalta de día en día, aunque presumo que algo semejante ocurrirá a todos los buenos castellanos en presencia de los hechos, si observan y cuentan las rigideces o los agravios que los Poderes públicos ensayan y cometen con Castilla; con esta bien amada tierra nuestra; aborrecida, odiada por tantos, por sus grandes pecados: sabed, amables lectores, según se dice, que ejerce una "hegemonía tiránica", que lo "absorbe todo" y, en fin, porque "unitarista", "desasimila" todo lo vario y peculiar de otras regiones...

¿Se puede tolerar ya tanta monserga, tan falsedad y tanta injusticia?

¿Se puede escuchar, con calma, tales afirmaciones? ¿Qué hegemonía es esa que trae a Castilla empobrecimiento? ¿Dónde está ese espíritu absorbente cuando los hechos proclaman que no le quedan fuerzas ni para defenderse? ¿Qué cuento es ese del asimilismo castellano que por tolerancia y 
fraternidad no ha intentado siquiera y a consecuencia de lo cual ve, precisamente, alzarse hoy contra las insolentes y artificiosas diferenciaciones... económicas?

Pues, lector, la hegemonía de Castilla, por lo visto, consiste en que tolera que se hiera de muerte la vida de sus capitales de provincia, restándoles academias y otros medios, cuando por razón de tutela nacional el Estado debería de proceder a la inversa, con las pequeñas ciudades interiores.

La hegemonía de Castilla debe estribar en que, todavía capitales de provincia castellanas, como Soria y Cuenca, carezcan de guarnición.

A Castilla hay que considerarla, absorbente, sin duda, porque con humildad tolera que el Patrimonio de Turismo derrame sus prodigalidades sin acordarse del Monasterio de San Millán de la Cogolla, de Numacia, de Zamora, de la Ruta de Don Quijote, abocando, en cambio, millones en obsequio de privilegiadas ciudades y regiones.

Castilla debe ser absorbente, sin duda, porque impávida contempla cómo se ha convertido un centenar de millones del Estado, de la nación toda, sobre certámenes y sobre ciudades; una de las cuales ya está voceando su agradecimiento, aunque diferencial, de dudoso españolismo.

Un centenar de millones que, por lo visto, han agotado las arcas del Tesoro, que no puede ahora socorrer a los trigueros castellanos, a los ganaderos castellanos, a los resineros castellanos.

Castilla habrá de convenir en que "en verdad", es absorbente. En el presupuesto extraordinario de la Dictadura, se incluyeron seiscientos millones para obras en los puertos periféricos y, no obstante, de periferia han salido voces "generosas" que solicitan que no se concluyan los ferrocarriles que han
de atravesar la paramera castellana. Se odia tanto a Castilla, que ni siquiera comprenden que sus puertos necesitan el tráficos que puedan abocar esoso ferrocarriles.

Pues en la periferia se han denostado los ferrocarriles castellanos de referencia.

Por otra parte, el Gobierno mismo, el actual, que no ha mermado un ápice ese gasto cuantioso y absurdo de treinta y tantos millones invertidos en la burocracia de los Comités Paritarios, no quiere atender a Castilla. No esperamos, no, que se incaute el trigo, teniendo su mano a la primera fuente de la riqueza nacional, a la agricultura.

Mas no es extraña tan singular conducta. El Jefe del Gobierno manifestaba, poco hace, a cierto exdiputado republicano catalán, que cierta región merecía trato especial. Aquella afirmación
no puede hacerse; ese juicio, si para la región aludida es una lisonja, constituye un agravio para el resto de España. Y lo peor no es que se diga, sino que en la práctica podamos comprobar que 
las regiones no merecen todas por igual idéntico trato por parte de los Gobiernos.

Ha querido castilla exteriorizar su sentir, sus pesares y expresar públicamente la crisis en que su agricultura se ve sumida, y once provincias, con tres millones de habitantes, han tenido que sufrir una bofetada de la nueva Dictadura que hace buena a la que se marchó.

Castilla, la imperativa Castilla, la desasimiladora Castilla, es la que tolera que los aranceles se confeccionen para sostener cuatro industrias eternamente torpes; es la que tolera que los mineros, y los navieros, y los textiules y los harineros del literal usufructúen el dulce auxilio de las primas con dinero del agro español.

Claro, que cierto personaje, en su libro "Por la concordia", que no es precisamente una invitación a la misma, nos ha dicho ya que obedece a que, si bien en España "no hay" unidad idiomática, ni racial, ni cultural... "existe", en cambio, unidad económica unidad aduanera y otraS unidades semejantes. Sea como quiera, el centralismo, asegurémoslo, no es unitarista. La unidad de procedimientos y la de medir a todos por idéntico rasero, es un unitarismo que Castilla, por desgracia, desconoce. Por ello,
sin duda, el Gobierno que deja vocear a otros, que atiende a otras regiones, ha amordazado a Castilla y la ha desatendido. Más no siendo nuestros Ayuntamientos y Diputaciones provinciales la encarnación genuina del pueblo castellano, no esperemos aquella gallarda actitud de que alguien hablara en la Asamblea celebrada el mes pasado en Palencia, que sería realmente la digna protesta. Esperemos, eso sí, la ruina de la agricultura castellana.

¡Hegemónica, absorbente y desasimiladora castilla: entre los envites de los Gobiernos y los golpes de fraternidad periférica, concluirás, pobre de ti, en colonia... Marruecos peninsular!

miércoles, 30 de mayo de 2018

Impresión

por Elisa Bernis


(El Adelanto, diario político de Salamanca, 8 de junio de 1930, p. 12)

Sobre lo más bello y bajo lo más puro: sobre Castilla y bajo el cielo azul. Arte de color de oro y oro que enriquece en emoción: Salamanca.

La luz es siempre nueva. Nace cada día y su juventud brillante contrasta con el arte viejo de las piedras. Resbala sobre el gótico, se enrosca en el barroco y sua átomos más pequeños se introducen entre los adornos del plateresco. Se hace cuadrada al entrar en la Plaza y su color se vuelve más rosa en el Patio de las Escuelas.

Luz. Salamanca se deja acariciar positivamente y en sus piedras eternas lucen el arte y la historia.

Arte e historia. Paciente y latente.

Arte patente, desde que a lo lejos se definieron tres torres y una cúpula. La ciudad tiró entonces del auto y le atrajo hacia ella, haciéndole resbalar sobre la recta de la carretera.

Historia latente en ese arte arte. Ley del oro. El oro es arte y es historia.

Salamanca tiene un alma. Yo la he sentido.

El alma de Salamanca tiene un alma. Yo la he sentido.

El alma de Salamanca es Castilla, es el cielo, es el arte, es la historia y es la luz.

Y es un alma grande y bella, que la llena todo proyectándose desde los edificios sobre las calles y las plazas.

Yo quiero a Castilla. Pienso en ella, no encuentro nada mejor. Y Salamanca es Salamanca, además de ser Castilla.

Está hoy el día tan claro, que un poco del espíritu suyo llega directamente hasta mí.

Madrid-junio de 1930.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Inocencio Haedo, el labrador de las canciones castellanas

(Ritmo: revista musical ilustrada, nº 16, 30 de junio de 1930, p. 4-6)

Por Juan Manuel Prieto

Una sorpresa, una gran sorpresa me aguardaba en el Teatro de la Zarzuela. Era nada menos que la revelación Castilla cantora, de Castilla la madre, el solar de la raza, la mil veces gloriosa, sufrida y valiente, hoy más que nunca, por sufrir resignada las necedades que de ella dicen y escriben gentes que no la conocen y por recibir hidalgamente a pintores que tan mal la retratan, llevando por el mundo una visión anémica y tétrica quien ni fue ni puede ser como esos visionarios quieren que sea.

En el escenario de la Zarzuela, un ramillete maravilloso de gentiles damiselas bonitas, vestidas de blanco, y un grupo de muchachos jóvenes, correctos dentro de su traje de etiqueta; y al frente de ellos un hombre fornido, alto, de hirsuta barba -amalgama de oro y plata- y ojos azules, dominantes y sugestionadores.

En la sala, el alma de Castilla, creciendo, entrándose en todas las almas, poniendo honda emoción en todos los pechos y mostrando, al conjunto de sus raciales canciones populares, que vive y siente, alienta y ama, diciendo en las melodías de tierras llanas, que no es decrépita ni agoniza, como han pretendido muchos que de ella hablaron.

Los cantores -formidables cantores- las muchachas bonitas y los jóvenes correctos, han sido la prueba más rotunda de lo mucho que a Castilla se la desconoce; tanto, que hasta se ha lanzado la horrenda blasfemia de que Castilla no cantaba.

El paladín defensor de la llanura, cruzado intrépido de una cruzada de arte, se llama Inocencio Haedo. Es cántabro, nacido allá por los días de 1878, en la única provincia de Castilla que se asoma al mar, en Santander, y son sus huestes unos cuantos muchachos y unas cuantas señoritas, que, caballeros de un noble ideal, van a hacer que a Castilla se la conozca, y al conocerla se la rinda justicia.

Yo hubiera querido hablar en Madrid con el director de la Real Coral Zamorana, pero la casquivana casualidad se empeñó en lo contrario, y quieras que no, hube de ir a Zamora para interviuvar a este hombre, figura hasta hoy casi desconocida, pero interesantísima, reveladora de lo que pueden un espíritu y una voluntad al servicio de un ideal elevado.

Y heme en Zamora, una ciudad a la que la historia conoce con el nombre de "la bien cercada", plena de evocaciones y sugerencias, guardadora de magníficos monumentos románicos, cuyas piedras viejas parecen coágulos de sol, y en cuyas calles vetustas el tiempo parece no existir.

Inocencio Haedo y yo marchamos por una carretera recta, rayo de inquietud que rasga la llanura de castos colores en la hora silenciosa del véspero.

A los lados, tierras de labor cubiertas con el oro promesa de las mieses; lejos, los puntitos perezosamente movibles de unas yuntas, y al fondo, unos pueblos en silueta, que parecen ocultarse tímidos tras las lomas de tierra, mostrando sólo el rubor de sus tejas.

Avanzamos calmosamente. En uno de los frecuentes altos con que, para discutir, interrumpimos la caminata, mi acompañante me dice:

-Perdóneme que le haga pasear para logar su propósito de interviuvarme; pero no me ayuda otro remedio. Es mi única hora libre y la aprovecho para tomar un poco de aire y saturarme de Castilla, el gran amor de mis amores.

Y charla que te charla y anda que te andarás, mi interlocutor, en una conversación ingeniosa, salpicada

con frecuencia de pintorescos y humorísticos comentarios, me ha contado su vida.

-Dígame, D. Inocencio.

-No, por Dios -me ataja, llevándose las manos a la cabeza-, D. Inocencio sólo me llaman las monjitas y los sacerdotes; Haedo, simplemente, la mayor parte de la gente, y maestro los muchachos de la Coral y mis amigos. Usted puede llamarme como quiera, menos D. Inocencio.

-Pues bien, en maestro le dejamos, ¿quería usted decirme cómo nació la Real Coral Zamorana?

-No crea que fácilmente. La Coral es un producto de largas cosechas, he tenido que sembrar y seleccionar mucho para poder conseguir un fruto en razón.

-¿Entonces, es ya el logro de una labor premeditada y llevada sin titubeos y directamente a la práctica?

-Tampoco crea esto. La actual Coral es hija de un orfeón titulado "El Duero", que yo fundé hace unos veinte años, y con el cual recorrí triunfalmente algunas capitales españolas, consiguiendo con él clamorosos éxitos en Madrid, Barcelona y Salamanca. En esta última población, en certamen de Orfeones, obtuvo el primer
premio. En Madrid logré que una de nuestras canciones castellanas, "Tierras llanas" se titulaba, obtuviera también un primer premio.

-La Coral es, puede decirse, la continuación del Orfeón "El Duero", ¿verdad, maestro?

-Ni mucho menos -responde prestamente Haedo-. Entre aquél y ésta media un abismo. Aquellos eran unos muchachos artesanos, que cantaban solamente por el placer de cantar, y los componentes del coro actual son muchachos mucho más cultos, empleados en su mayor parte, industriales, ingenieros, médicos, pintores, periodistas, etc., que sienten todos la satisfacción de hacer arte, y amantes de Castilla, obedecen gustosos cuanto les mande, por ver triunfar la tierra nativa envuelta en los ropajes de sus canciones.

-Su labor de ahora ha de ser, por tanto, menos ingrata que la de antes.

-Cierto, cierto. Hoy en la Coral hay mucha gente que sabe música, sobre todo las señoritas, entre las cuales tango algunas profesoras de piano.

Como yo hiciese un elogio del prodigioso dominio de matiz y empaste que es la Coral de Zamora, Haedo me arguye:

-Eso es fruto de un ensayo constante ininterrumpido. Todos los días ensayamos dos horas; tal es nuestro secreto.

Calla mi interlocutor. Sus ojos, del mismo color del cielo vespertino, miran vagamente a lo lejos; y así caminamos en silencio, hasta que una nueva pregunta mía lo distrae de su cavilar.

-Dígame, ¿usted es castellano?

-Sí, señor; nacido en Castilla la Vieja, en Santander, donde estuve hasta los catorce años, en que vine a Zamora y a la cual no he vuelto a abandonar. Por cierto que de Santander tengo un recuerdo imborrable; mire. Al decir esto me muestra una profunda cicatriz que cruza su frente y me explica:

-Jugaba yo en el muelle y contemplaba con curiosidad de chico el incendio del vapor "Machichaco", que ardía en la bahía, cuando sobrevino la explosión, y uno de los cascotes me alcanzó; pero lo más desagradable fue que al volver a mi casa, me encontré con que ésta había desaparecido a consecuencia de la misma explosión. Y en Zamora -agrega riéndose- me hirió otra aún más grave, la del amor, causándome tales lesiones que sólo pude curarlas con el matrimonio.

-Según eso, y parodiando a Gabriel y Galán, ella y el campo le hicieron a usted músico.

-No pudieron ni una ni el otro hacerme músico, porque ya lo era. Yo fui músico desde el mismo momento de nacer, pues cuando vi la luz entoné un aria a la vida, que según mis familiares duró en un crescendo rabioso y consecuente varias horas.


-¿Su primer profesor de música fue...?

-Mi padre, que entonces era fundador y director de la Banda municipal de Santander, y en la que yo ingresé por oposición a los once años como flautín, simultaneando estos estudios con los de violín y piano. A los doce años, con mis compañeros de juegos, fundé un orfeón, del cual me erigí director, y así he continuado, amando el arte sobre todas las cosas, y del arte la música, y de la música las canciones populares.

Las últimas palabras de D. Inocencio -perdón, Haedo, se me ha escapado, despiertan en mí unos furiosos deseos de averiguar, y las preguntas brotan en tropel de mi mente pudiendo, al fin, no
sin gran trabajo, ponerlas en orden.

-Usted dice, maestro, que ama el arte sobre todas las cosas. ¿Qué concepto tiene de él?

-Es tan vario, tan complejo y tan poco corpóreo como puede ser el arte mismo. Creo que las impresiones de arte no pueden expresarse, sino que lo único que cabe es sentirlas, y por eso mismo no creo en moldes nuevos ni viejos, únicamente creo en el arte mismo, y allí donde exista, triunfará, sean modernos o sean
antiguos los procedimientos que se emplearon para lograrlo. Lo que sí cabe es educar a los niños en el ambiente artístico, para hacer más sensible su espíritu. Créame -termina- si nuestras escuelas marcharan al unísono el abecedario y los signos musicales, habríamos resuelto, sin proponérnoslo, muchos grandes problemas. Sobre todo enseñar a cantar, para que cantando se aprenda a conocer la tierra donde nacimos y para que los cantos del pueblo, alma de su alma, no se pierdan.


-De acuerdo con sus ideas, su vida tiene que haber sido un verdadero apostolado musical.


-Puede asegurarlo. Yo en Zamora he fundado cuartetos, orquestas; organicé la Banda provincial, hice funciones teatrales de zarzuela de aficionados, conseguí que se trajeran grandes orquestas, como la Filarmónica; fundé en esta ciudad la Asociación de Cultura Musical y conseguí que grandes músicos fueran conocidos.

-Estará usted ya un poco fatigado de tan ruda labor.

-Todo lo contrario; siento los mismos bríos y las mismas ilusiones que en mis mejores días. Tanto, que ahora estoy tratando de organizar "La Sociedad Filarmónica Zamorana", patrocinada por la revista Ritmo, y, además, me alienta el haber logrado la mayor ilusión de mi vida: el triunfo de la canción castellana y haberlo obtenido con un intérprete como la "Coral Zamorana".

-Magnífico intérprete, maestro, del cual no sólo usted, sino todo Castilla, puede estar satisfecho. De ellos y de usted, descubridor de las canciones del llano.

-Descubridor, no, pues antes que yo Ledesma, Olmeda y otros varios, hicieron excelentes, maravillosos, cancioneros castellanos, a los cuales, el único defecto que les encuentro es el no estar armonizados, para que después todas las sociedades corales pudieran cantarlos y divulgarlos y no sucediera lo que sucede con ellos, que son casi en absoluto desconocidos.

Tiene razón este hombre alto y erguido que marcha junto a mí. No sólo es labor de buscar y recopilar; también lo es de divulgar y de dejar que todos puedan saborear los finos manjares que el arte del pueblo creó. Y siguiendo el hilo de estos pensamientos, pregunto a Haedo cómo busca y pule sus canciones hasta convertirlas en esos cuadros de color, que en la Zarzuela hechizaron a los oyentes.

-No soy yo sólo -me responde- quien busca las canciones, aunque la mayor parte son recogidas por mí de boca de las mismas gentes aldeanas, en excursiones que realizo por los pueblos más apartados de la provincia; son también elementos extraños al coro, como D. Nicolás Rodríguez, beneficiado tenor de nuestra Catedral, o componentes de la Coral, como Manuel Crespo y el solista barítono de ella y excelente pintor Gallego-Marquina, los que verifican excursiones artísticas por la provincia y buscan canciones, que aprenden al oído y que yo después transcribo a notación musical y armonizo. Lo demás lo hace el amor al arte y el cariño a Castilla de los elementos de la Coral.

Calla el maestro su labor tenaz, de nervio vital, de esta magnífica entidad artística; y mis preguntas, para llevarle a este terreno, se estrellan contra su modestia.

-¿A qué cree que se debe la actual preponderancia de las masas corales y qué importancia supone que puedan desempeñar en el desenvolvimiento musical español?

-En cuento a lo primero -me contesta- es fácilmente explicable, puesto que para cantar no se necesitan estudios previos ni condiciones especiales: cualquiera puede hacerlo, y el ejemplo de un individuo que canta, arrastra a los demás. Prueba de ello es que, a raíz de nuestra actuación en León, Palencia, Salamanca y Cáceres, se fundó en cada una de estas ciudades una masa coral. Respecto a lo segundo, no cabe dudar en una beneficiosa influencia, puesto que el individuo que comprende y ama la sencillez de la música popular, lo mismo ama y comprende la belleza de las costumbres o el tipismo de los trajes de esos rincones ignorados que tanto abundan en nuestra península.

No creo que sólo; también, como en los coros se canta la música clásica, el espíritu de los cantantes se afina y sensibiliza.

Nosotros, en este sentido, no hacemos más que seguir lo que ya han hecho otras naciones, Alemania, por ejemplo, donde todas las canciones populares están armonizadas y donde se canta en escuelas, liceos y universidades. Esto que debemos hacer nosotros, se hace ya en algunos Centros, como en la Residencia de señoritas estudiantes en Madrid, y así lograremos salvar el tesoro folklórico nacional, tan rico y tan vario.

-¿No ha investigado usted más que cuestiones musicales?

-Algo más, pues también reúno romances antiguos, de los que tengo una bella colección.

-Por cierto -continúa- que esta afición se despertó en mí por un caso curioso que presencié; verá usted. Vino a Zamora D. Manuel Manrique de Lara buscando romances antiguos, y yo le acompañé por los barrios viejos y arrabales de la ciudad. Encontramos bastantes; mas juzgue usted mi asombro cuendo me dijo que uno que le había comenzado una sefardita en Rumanía y lo había dejado incompleto, terminaba de completárselo una de las mujeres con quienes habíamos estado hablando.

-¿No le ha sucedido nunca nada curioso en la búsqueda de canciones por los pueblecillos de la provincia?

-¡Hombre, sí! -me contesta Haedo, tras unos instantes de reflexión. Fui a un pueblecillo en busca de canciones; en compañía del pintor Gallego-Marquina, y como éste, mientras yo visitaba a las autoridades, extendiera el caballete y se pusiera a tomar unos apuntes de color, las gentes del lugar nos tomaron por funcionarios del Catastro; y creyendo que si cantaban les iban a subir la contribución, se negaron en absoluto. Y a no ser porque el señor cura desvaneció desde el púlpito, al día siguiente, sus injustificados temores, me vengo si recoger unas cuantas tonadas deliciosas que allí encontré.

Veo en el pecho de mi interlocutor lucir el botoncito de caballero de la orden de Alfonso XII y le pregunto si fue ésta su mayor alegría.

-No; la mayor alegría la obtuve con los triunfos de la canción castellana en lugares como Barcelona, y últimamente en el Ateneo madrileño; y mi mayor pena, si es que le interesa saberlo, la muerte de dos de mis hijos varones, en los cuales cifraba la esperanza de continuar mi labor en pro de las tierras de Castilla.

Hace rato que hemos emprendido el regreso. Del pueblo lejano suben hasta el cielo plegarias del humo. Flotante en el ambiente todos los ruidos de la tranquilidad y suenan de una manera deliciosa los trigos mecidos por la brisa y el río, que escurre blandamente por la azuda y canta su canción en las aceñas. Los gañanes, que vuelven jinetes sobre el lomo de la "Mohina" o de la "Cariñosa", nos saludan corteses. Muy dulcemente suena en mi mente la copla del solo de "Pardalas", una de las más bellas canciones de la Coral Zamorana:

"Dice mi morena

que al ir de arar,

la alegría del campo vuelve al lugar"

El maestro ha vuelto a soñar, perdida la mirada dominadora entre las tierras de labor, y en mí toma cuerpo la última pregunta:

-¿Piensa dar a conocer su labor en el extranjero?

-Difícil es esto, pues los elementos de la Coral no pueden abandonar sus ocupaciones mucho tiempo; pero no pierdo la esperanza de cantar en Lisboa, París, Berlín y acaso en América. Aunque es difícil, muy difícil; ahora en Madrid, me ofrecían un contrato por cien conciertos para las principales naciones europeas y americanas; hube de resignarme a no aceptar, y solo les enviaremos nuestra voz en conserva y en unos discos que hemos impresionado hace dos meses.

Estamos nuevamente en la ciudad. El maestro Haedo vuelve a su meritoria y heroica labor de educar voluntades y enaltecer a Castilla, y yo de regreso a la Corte. Un apretón de manos, de esas manos que parecen hacer malabarismos con las voces de sus cantores, y nos despedimos.

Ya en el tren, solo en mi departamento y mientras el convoy cruza la llanura que comienza a ser devorada por las sombras, entono una salve a Castilla, a mi Castilla, la tierra sana y joven, que canta y que ríe, que goza y que ama y que se adorna con los colores más bellos, más suaves y más castos, aunque escritores necios y pintores neuróticos la sientan de otro modo.

















jueves, 1 de diciembre de 2016

Aspectos castellanos: el gran acto de Palencia

(Heraldo de Zamora, 28 de abril de 1930, p. 3)

Por Gregorio Fernández Díez

Las sucintas informaciones publicadas por la prensa castellana relativas a la Asamblea agraria celebrada en Palencia de Castilla, como ahora se le llama, nos parecen en verdad demasiado
escuetas atendida la importancia del gran acto al que vamos a dedicar un comentario.

En primer término, respecto del acto hay que hacer una afirmación y es que tuvo una doble significación, agrarista y al propio tiempo castellanista, agrarista, porque a la defensa de los
intereses agrícolas iba rectamente encaminado fundamentalmente pero también castellanista por la tendencia en el mejor sentido de la palabra puesto que logró reunir la plena representación de todas
y cada una de las provincias leoneso-castellanas en abreviación más efusiva: de Castilla, de la histórica Castilla.

Fueron a Palencia representaciones de los sindicatos agrícolas de "once" provincias asistidas del concurso de sus entidades agrarias, de sus ayuntamientos, de sus diputaciones, de las fuerzas vivas, en suma, de las mismas, han de lograr, no lo dudemos, cuando se propongan si se proponen con entereza, si la solidaridad es entre ellas efectiva, como no cabe ninguna duda que lo es.

Hoy el problema primordial de Castilla que es eminentemente agrícola pero también en su conjunto industrial acaso más de los que se cree, es el de su crisis agrícola y en particular el de su
crisis triguera, aunque no sea el único y por no ser el único no estaría de más que se plantearan solidariamente otras cuya solución afecta a la prosperidad o a la ruina de Castilla. Todo problema que afectase a "tres" de sus provincias cuando menos, deberíamos acostumbrarnos a plantear la vitícola sino que en todas las provincias interesadas el concurso de "toda" Castilla: ese es el camino del triunfo.

La gran cuestión del momento es la de la crisis triguera que afecta a casi todas las provincias castellanas aunque en distinto grado de intensidad. El lector ya lo sabe: hay exceso de trigo y por ello no solo se ha envilecido el precio sino que los mercados por falta de demandas se hallan encalmados y todo a consecuencia de haber consentido el Gobierno de la Dictadura grandes e innecesarias importaciones.

Pero el problema cada vez más agudizo lleva ya medio año sin que el antiguo ni el novísimo régimen, el anterior ni el actual ministro de Economía nos den, esto es, den a Castilla, no la solución, sino la ayuda, el auxilio necesario para que la solución apuntada antes de ahora sea tangible para la agricultura castellana.

En Palencia se ha hablado recio, enérgicamente, en una forma poco
corriente en Castilla que no vocea, que no es estridente, que medita siempre sus actos que no crea problemas artificiosos, pero que cuando toma actitudes y resoluciones no retrocede; en Palencia se ha dicho en alta voz que si es preciso dimitirán todos los ayuntamientos y diputaciones de Castilla y estamos seguros de que lo cumplirán si no se busca remedio a la crítica situación agraria de Castilla.

El problema triguero fue tema esencial de la discusión en la Asamblea, pero recayeron también conclusiones afectas al problema vinícola a instancias de Logroño, otras afectas a la ganadería e industrias lácteas por indicación de Santander y finalmente otras en solicitud de que se derogue el infamante Consorcio Resinero a instancias de Segovia.

La unanimidad fue absoluta, pero estará detrás de más que lo
concerniente a esos "tres últimos aspectos" no se descuide,
tanto para no romper la solidaridad de las once provincias, el "bloque castellano", como porque casi toda es ganadera y León en sus montañas tiene idéntico problema que Santander; porque no es solo la castellana Rioja la que tiene que resolver el problema -provincias de la Cuenca del Duero, la vid tiene su importancia y el problema estaba planteado por Salamanca y finalmente porque el Consorcio Resinero afecta no solo a Segovia, sino a Soria, a Burgos, a Ávila, en fin, puede decirse que es una cuestión exclusiva casi de Castilla.

Al principio hemos dicho que el acto había tenido significación
castellanista y lo corroboramos. En Palencia se han puesto en contacto once provincias castellanas, once provincias "hermanas", que hacía ya bastantes años que no se reunían y abrazaban sin duda porque sólo lo hacen en momentos de peligro refugiándose cada una después en su propio hogar.

Fue en diciembre de 1918 cuando se reunieron en Burgos y en enero de 1919 en Segovia esas mismas once provincias representadas por sus diputaciones y sus represntantes en Cortes para firmar solemnemente que no consentirán que se mermase un ápice la soberanía nacional otorgando autonomías integrales a ninguna región y como excepción menos. Castilla presentó entonces su Estatuto. Castilla cuando se muestra unida siempre vence. Por eso cuando pocas semanas atrás el jefe del Gobierno manifestaba a cierto político a cierto político republicano catalán que determina región era evidente que necesitaba trato especial, nos pareció que no "no era tan evidente", que la apreciación era una ligereza, y que Castilla gubernamental por principios de patriotismo, no consentirá nunca que se gobierne sin ella ni contra ella.

Por eso el acto de solidaridad castellana de Palencia, así desde el punto de vista agrario, económico, como político ha sido trascendente y lo ha sido porque a la vez que una voz reclamando atención y justicia también se dijo que en las próximas elecciones no podrán ser candidatos aquellos políticos que no
se solidaricen con la actitud de Castilla.  

miércoles, 2 de noviembre de 2016

El castellanismo de Unamuno

(Heraldo de Zamora, 10 de abril de 1930. p. 4)

Por Gregorio Fernández Díez

Me propongo trazar un breve y sencillo trabajo dedicado a expresar con efusivo elogio, mi admiración y simpatía hacia un grupo numeroso de intelectuales vascos que a su vez tienen a Castilla devoción, que la quieren y comprenden, cosa excepcional en los intelectuales catalanes a pesar de los líricos actos de estos días y de cuya eficacia hay que dudar en razón a que los actores especialmente los barceloneses más tenían de políticos que de intelectuales.

Mas, hoy, deseo solamente hacer un comentario en relación al título con que encabezo este breve artículo; quiero hacer constar la satisfacción que me produjo el hecho de que el Maestro Unamuno en su discurso de Irún a la vuelta de su expatriación proclamase que comparte el maor a Vizcaya que le vio nacer con el amor a Castilla; quiero poner de relieve el contento que me invadió al conocer sus nostalgias al verse lejos de la austera Castilla, de las riberas del Tormes, sin poder prodigar sus excursiones a Gredos, a Ávila de los Caballeros, que con Larreta ha exaltado como nadie en las páginas de su libro Por tierras de España y Portugal, a Segovia, a Zamora, en fin a todos los rincones donde la historia y el arte invitan a filosofar, porque las nostalgias son un puro amor a Castilla, a nuestra humilde tierra.

Sí; Unamuno ama a Castilla. En uno de sus libros nos lo dice él mismo. "En el aspecto íntimo del arte para el que busca sensaciones profundas, para el que tiene el espíritu preparado, os digo que lo mejor de España es Castilla".

En su "En torno al casticismo", aprendí yo mucho a parar atención en esta mi tierra cuna, como en su "Vida de Don Quijote y Sancho Panza", me penetré de las virtudes y defectos de la raza y en sus poesías se ha confortado mi espíritu castellano, mi acendrado amor a Castilla madre, a la gloriosa nacionalidad que perdió su libertad en Villalar a manos de un emperador extranjero y tirano.

No pretendo ahora hacer méritos de sus obras o escritos, ni siquiera de aquellas en que aborda el inagotable tema de Castilla; solo quiero patentizar dos casos del momento en que la personalidad del maestro, es olvidada voluntariamente y discutida precisamente por la vivacidad de sus sentimientos hacia Castilla.

Uno es éste; "La Gaceta literaria", de Madrid, semanario vanguardista de ecléctica y pésima literatura, ha dedicado un extraordinario al vasco, al gran castellano; allí desfila su personalidad; Unamuno filósofo; Unamuno políglota; Unamuno orador; Unamuno y Vizcaya; Unamuno y América...No recuerdo los títulos exactos, pero es igual, todos son por ese tenor; diez, doce, quince artículos.

Más falta uno, uno que no ha debido faltar y cuya omisión hacemos recaer en el deliberado propósito del intelectualista director del semanario: falta el siguiente: Unamuno y Castilla. Cuidado que hay motivos para el tema! Seguramente que el Maestro lo habrá advertido y lo habrá sentido. No obstante el agravio, en tal caso no es para él; es para Castilla. Hay que reconocer el periódico.

Pero el caso, hasta cierto punto se explica, "La Gaceta Literaria", puede decirse que se edita para Barcelona y en Barcelona, el maestro no es precisamente donde cuenta ni con amigos ni con admiradores. Allí se le discute como se discutía al Dictador. Y se le discute por su castellanismo precisamente, vamos a verlo.

Un escritor de los más ponderados e inteligentes de allí "Gaziel", director de "La Vanguardia", aun siendo de los pocos que guardan respeto a Castilla, a la que en nuestro concepto no interpreta a fondo, nos decía pocos días hace en el referido periódico al desaire del tema relativo al estrechamiento de las relaciones entre los intelectuales catalanes y los castellanos (la inmensa mayoría no lo son), nos dice, repito, refiriéndose al maestro, "que el problema general hispánico no hay que considerarlo con el corazón, sino con la cabeza; por no haberlo hecho con el entendimiento, sino con su sentimiento, Unamuno nunca ha entendido nada del problema catalán, como el catalanismo exclusivista tampoco entendió la otra faceta que es la posición de Castilla. Pero el gran maestro de castellanismo, de españolismo a la manera radical castellana no ha sido nunca una inteligencia lúcida con un alto y apasionado corazón".

Es posible que Unamuno sea apasionado, pero también y en ello no cabe duda, es un profundo observador, un analítico que suele acertar en los juicios. mas la defensa contra ese juicio de "Gaziel", apasionado a su vez, voy a contestar con palabras del propio ilustre profesor vertidas muchos años hace en "La Nación", de Buenos Aires, y luego reproducido en uno de sus libros.

Hablaba en él del problema catalán, desmentía lo del carácter absorbente de Castilla y decía al terminar "sé que si estas líneas caen poder de cualquier catalán dirá que no lo entiende", "no se ha enterado". "Son -decía- frases que dicta la jactancia y el ensimismamiento colectivo, Cataluña padece megalomanía colectiva". Y ahora preguntamos nosotros: ¿No es verdad? Vea el lector cómo el Maestro, por conocer el paño se curó en salud.

Y vamos a terminar. Si el castellanismo del vasco Unamuno y de otros vascos molesta en Cataluña, el catalanismo de algunos intelectuales no catalanes quizá sea también molesto en Castilla por principio de reciprocidad y por lo mismo que "Gaziel" puede decir que tampoco esos intelectuales, no saben nada de Castilla, que también tiene su problema.

Maestro; sírvale de consuelo de consuelo saber que Castilla le admira y le quiere de corazón.