Castilla, un resurgimiento material necesario

Por un castellanismo contra la Agenda 2030

"Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que estamos intentándolo" (T. A. Edison).
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viernes, 1 de marzo de 2019

El Estatuto de Castilla

(La Libertad (Madrid), nº 3845, 16 de julio de 1932, p. 8)

La minoría federal ha presentado al Ayuntamiento la siguiente proposición:

"Que se constituya una Comisión de concejales que inmediatamente estudie las peticiones que el Ayuntamiento, en nombre del pueblo de Madrid, ha de sostener cerca de las Cortes Constituyentes en lo referente a subvención de capitalidad, régimen de autonomía, Hacienda y cerca de los demás pueblos de Castilla promoción del estudio de un Estatuto castellano y posición más conveniente para
Madrid en este asunto, así como cuantos se relacionen con esta cuestión para la mejor defensa de los intereses y con el mayor respeto para las demás regiones españolas, con lo cual nuestro pueblo dará la mejor prueba de tradicional serenidad y su capacidad para resolver los problemas"
.

martes, 19 de febrero de 2019

Por Castilla y para Castilla

Por Gregorio Fernández Díez

(El Norte de Castilla, nº 33414, 1 de abril de 1932)

Años atrás, figuró mi modesta firma en estas columnas acogedoras y expansivas de EL NORTE DE CASTILLA; mas, ahora, al volver de nuevo a reemprender mi tarea, prometo una colaboración continuada en el propósito, ordenada en los temas, recta en la trayectoria, fija en la orientación, pertinaz y concreta en la tarea y en el deber de contribuir a explorar a Castilla, estudiándola, enalteciendo sus virtudes, exponiendo en blanda crítica los defectos de su raza, analizando valores, señalando sus derechos colectivos, defendiendo sus intereses morales y económicos regionales, tratando, en resumen, de infiltrar poco a poco, en el corazón reseco de sus hijos, el espíritu de estimación hacia esta tierra, que apacible o adusta, rica o pobre, tenemos los castellanos el deber de amarla porque al fin es nuestra bendita cuna. 

Pero, yo adelanto, que no soy literato, ni artista, ni historiador, bien que la literatura, el arte y la historia de Castilla me sean conocidas lo suficiente para enjuiciar su alta significación; y así, procuraré seguir otros derroteros menos trillados y más eficientes al decidido propósito que me anima, de expoliar la indiferencia, sacudir la pereza, desvanecer el pesimismo, fortalecer convencimientos, alumbrar ideas, despertar confianzas e infundir alientos a este pueblo castellano de mis cariños, que, como colectividad puede y debe proseguir su camino... 

¿Será esta la hora nueva de Castilla? Sin afirmarlo concretamente, séame permitido, si en verdad son estos momentos de revisión de valores, de enmendar errores, de zanjar diferencias, de saldar deudas, de rectificar orientaciones y en suma, de cancelar el pasado - séame permitido, repito - manifestar que, acaso, mejor oportunidad para reemprender la marcha, no se le depare nunca más. Así, como así, la voluntad nacional en digna y ejemplar conducta ha sellado el capítulo fatal y doloroso de la historia de nuestra decadencia, que empezara coincidentemente al terminar el primero de los Austrias con las libertades de Castilla, en los campos de Villalar en día en que por cierto, al decir de un gran tribuno, hasta el cielo lloró tanta desgracia. 

Castilla era entonces una nación gloriosa. Hoy no es sino una región humilde, menos pobre de lo que parece, pero al fin decaída; una tierra olvidada por sus propios hijos, menospreciada por extrañas gentes, desatendida por sus políticos, incomprendida por los que con afectada jactancia se apellidan a sí mismos intelectuales españoles, postergada por los gobiernos, antes como ahora, ayer y hoy lo mismo, bajo el yugo del viejo régimen que bajo el mandato del régimen novísimo. Y, sin embargo, esta bien amada tierra resiste todos los embates, como una añosa encina... Y subsiste gracias al sin igual esfuerzo de este buen labriego castellano que ara silencioso... Pero que no canta como pretendiera Gabriel y Galán. Y eso, eso, es lo que hay que intentar: que cante. Que cante el gañán, que cante el pueblo, en la aldea y en la ciudad, que cante nuestro pueblo, bajo la bóveda de este cielo azul y despejado de Castilla, puro y sereno como el alma de su raza tan generosa, tan limpia de ambiciones que por ello se entregó espontánea, autoexcluyéndose de toda ambición al intento creador de un algo grande y superior a sí misma: «España». 

¡Cantar, cantar! El canto es alegría siempre, como el canto de un orfeón es música, arte, solidaridad de sentimiento, armonía, actividad, cultura; el canto es en fin, optimismo y elevación espiritual. Y pueblo que eleve su espíritu, recobre su optimismo, que are y cante, hermanando el trabajo y la alegría, es pueblo que se salva, que se redime, que triunfa, que logra en resumen la significación propia y el respeto de los demás. Ahora bien, para que un pueblo tenga alegría y esté satisfecho de sí mismo tiene que tener «despensa», ¡tiene que tener repletas las trojes y llenas las cubas!, tiene que trabajar porque el trabajo engendra el bienestar, y para trabajar lo más práctico es esconder en el bargueño de la tradición familiar los viejos pergaminos por gloriosos que sean y mirar sin cobardía las realidades de la hora actual. 

No olvidemos el pasado y menos sus enseñanzas, mas intentemos enorgullecemos de nuestro presente al tiempo que sentarnos los cimientos de una Castilla mejor. De modo que digamos: basta de escalar los castros leoneses para contemplar desde ellos, la tierra llana y brava, teatro de jornadas históricas; basta de sumergirnos en la contemplación de los claustros de los monasterios esparcidos por todos los rincones de este país; basta de evocar esas rondas de castillos fronteros al padre Duero o que altivos se yerguen en las rojizas tierras segovianas. Y al doblar esas páginas de la historia reflexionemos y convengamos, en que, si la historia es la geografía del pasado, la geografía es la historia del presente y ésta nos dice con imperativa frialdad, que penetra hasta la propia médula y por contra agita el corazón: pueblo castellano, no eres potente ni siquiera fuerte porque has perdido tu propia estimación, porque inactivo no has extraído de las entrañas de la tierra la riqueza de tus minera les, ni sometido a tu arbitrio el agua de tus ríos convirtiéndola en energía, ni erigido chimeneas y decir chimeneas es decir fábricas, ni por último, administrado tu hacienda y tu casa. Lo que has hecho, por el contrario, es acabar con los rebaños celebérrimas de tus merinas; paralizar tus batanes, olvidando hasta las viejas industrias domésticas; lo que has hecho es arrasar tus bosques y destruyendo en lo material el heredado patrimonio destruir también en lo espiritual como consecuencia, la fe en tus propios destinos. Y como si eso fuera poco, en lugar de alentarte, Castilla mía, tienes que resignarte a que nadie te tienda la mano generosa y escuchar cómo el eco trae de la periferia una voz que dice: «No tendrás ferrocarriles ni te dejaremos asomarte al mar» y sufrir con entereza que ni en tu propio solar surja una voz autorizada y potente que llame a concejo a los intelectuales y políticos castellanos para decir a los unos: despertad a este pueblo y a los otros: defended intereses de esta región, exigiendo que los gobernantes escuchen los clamores de este país resignado y patriota y advirtiendo, a todos, que acaso Castilla necesite un Estatuto y una Asamblea. Mas todo esta es tan interesante, que bien vale la pena, lector, de que hagamos punto para continuar otro día.

sábado, 28 de abril de 2018

¡Castilla! Levántate y anda

Por Pedro Monge


(El Avisador numantino, 25 de mayo de 1932, p. 1)



No hace muchos días que en Eibar en una conferencia "nacionalista" dijo un hijo del naviero Sota "que si un castellano, con el crucifijo en el pecho,viniese a establecerse en Vasconia no lo admitirían".

Como se ve por lo expresado, ya se parte del supuesto de que todo "extranjero" (llaman así a quien no ha nacido en la patria que inventó Arana) hade ser expulsado de esta región.

Ignoro en qué leyes apoyan este ideal, desconozco los principios religiosos en los cuales puedan fundamentarlo, ya que social y moralmente tal ideología es aberración.

Pero no es esto solo; nacionalistas, tradicionalistas y carlistas, en sus conferencias, mítines, conversaciones y escritos no se limitan a defender un ideal casi siempre respetable, no; atacan a la noble Castilla y a sus habitantes con calumnias y diatribas vergonzosas, basándose en el principio falso de que Castilla tiene oprimida a la región vasco-navarra.

Los que por esta desgracia tenemos que estar en contacto con estos elementos, somos testigos de esa campaña infamante que por todos los medios se hace a nuestra nunca bien ponderada Castilla.

Lo raro, lo incomprensible y lo absurdo es que esa campaña de difamación sea hecha por las derechas. En cambio, las izquierdas demuestran en todos sus actos no solo tolerancia, sino la más viva simpatía por todo lo castellano. ¿Comentarios? Que los haga el lector, si sus nervios se lo consienten. Tal es la situación en esta región privilegiada con los mimos castellanos y favorecida con sus conciertos económicos. Así y a expensas del sacrificio castellano, ha podido su industria florecer, llenar sus provincias de carreteras y ferrocarriles y explotar las riquezas minerales para hacer de 
Bilbao una capital multimillonaria a costa del trabajador castellano.

Tiene que aprender Castilla estas lecciones y para lo futuro ha de cambiar de táctica. Seguir la misma trayectoria suicida sería dar al mundo la sensación de que hemos perdido la cabeza. Hay que rectificar, aceptamos los hechos consumados y lejos de sublevarse, encerrémonos en nuestra región, concentremos nuestras energías y sobreponiéndonos a la desgracia hemos de encaminarlas a producir lo que hoy se importa de las regiones separatistas.

Vengan iniciativas técnicas, industriales y agropecuarias, conviértanse los ríos en fuentes de energía, los eriales en prados artificiales, los castillos en fábricas de hilaturas y hágase de cada molino de viento -motivo para reírse de la pobreza castellana- un nuncio de nuestra futura grandeza industrial, para que con sus gigantescas aspas proclame la grandeza castellana que hasta en los reveses más amargos supo soportala y sostenerla con su temple caballeresco.

¡Adelante, castellanos! A unirse todos, ante el peligro común. Hay que transformar a Castilla, a esa Castilla que quizá no se ama lo suficiente hasta que no se está fuera de ella; amémosla en sus grandezas y en sus infortunios, en su decadencia y prosperidad y lavemos las ofensas que recibe con sudor de las altivas frentes con la fe en el porvenir y con la satisfacción que puede producir el que merced a un trabajo bien orientado pueda Castilla dejar de ser tributaria de regiones que hoy la deshonran.

Renovad las cenizas de nuestros antepasados, aspirad en ellas el aroma que su grandeza conservan y así proclamar la independencia de Castilla en el aspecto económico, cultural, industrial y agrícola con las pacíficas armas del trabajo y la cultura especializada.

Sed optimistas y pensad en que si lo queréis Castilla industrializada puede bastarse a sí misma y catalanes y vascos pueden ir pensando donde colocar sus productos.

Que sus capitales que hoy nutren el activo de los bancos se conviertan en máquinas industriales. Obreros técnicos no faltarán; en veinticinco millones de parados en el mundo hay donde elegir.

Sin rencillas, resquemores y diferencias a unirse todos. ¡Adelante, castellanos, adelante!

sábado, 29 de julio de 2017

Un libro de Julián Torresano

Por Ángel Dotor

(Argamasilla de Alba, 1898-1986)

(Adelanto: diario político de Salamanca, año 48, número 14871, 13 de octubre de 1932) 

La bibliografía de espíritu e intención genuinamente castellanistas enriquécese hoy con la interesante monografía titulada “Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino”, por el gran escritor Julián Torresano, que acaba de salir de las prensas de "El Adelantado de Segovia". El articulista se complace en señalar su aparición, subrayando, aunque concisamente, el significado y mérito de tal obrita, cosa para él inexcusable dado lo dilecto del tema y su simpatía devota hacia el autor.

El tópico referente al desconocimiento que se tiene del sentido vital del alma española, del proceso histórico de la misma y obligadas directrices en el decurso del tiempo, manifestándose patente, en nuestro sentir,suscitado por la lectura de libros como el del señor Torresano. Subsiste, desgraciadamente, esa supina ignorancia acerca de lo que es y representa el pueblecito provinciano, sustrato del alma de la raza, y subsiste no sólo en el aspecto concretamente histórico, monumental o artístico, de costumbrismo, etc., sino en el otro, no menos amplio y representativo, que podríamos llamar concretamente sociológico,
de evocación de formas de la vida pretérita, perfectamente encajadas en resultantes del Derecho. En España se ha llegado, efectivamente, a olvidar tanto en este orden, que para los pocos que hoy muestran sincera curiosidad adentrándose en el estudio integral del pasado, el acontecimiento de la realidad del mismo constituye verdadera revelación. Esto en cuanto respecta al país y la raza en general, pues polarizando el leimotivo a Castilla, núcleo y solera de los mismos, nuestra apreciación resulta más concluyente toda vía.

La tan decantada renovación que opérase en el mundo, renovación a la que no se sustrae España, a juzgar por los radicales cambios en su organización colectiva, tiende, según proclaman tantos los cerebros dirigentes como sus ilusionados turiferarios, a elevar el nivel de cultura de la masa, haciéndola entrar en una era de indudable progreso mediante el desarrollo de las teorías democráticas. La sensación que ofrece el actual alborozo con que un sector tan considerable del pueblo español emprenda la que se tiene por nueva era reconstructiva, esta de no haberse tenido hasta ahora el concepto de verdaderas instituciones, y eso prueba paulatinamente ese desconocimiento de lo que fue y es en parte todavía Castilla, cuya vida pretérita -con sus Comunidades, con sus otras organizaciones comarcales, con su ejemplaridad de costumbres, etc.- constituyó un modelo de esa armonía de clases, de esas libertades tan ansiadas, las cuales allí subsisten en parte y cuya pujante supervivencia debería alumbrarse nuevamente, fomentándolas, con la convicción de que no resultarían anacrónicas, adunadas a los avances discursivos de la época.


Pero nos vamos apartando del comentario concreto “Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino”, monografía admirable tanto por su modo original como su autor sintetiza dentro de su reducido marco verbal cuando el pintoresco pueblo castellano evoca de su pasado y ofrece en su presente digno de ser narrado, como por su amenidad e interés en el orden puramente literario.

Julián de Torresano, destacado escritor que con tan meritísimas campañas sostiene en el libro y en la prensa el gonfalón del renacimiento castellano, propugnado porque se reconozca el valor insuperable de la región genitora como verdadera "alma mater" de la raza, ha conseguido en pocos años destacar su personalidad demostrando poseer valioso temperamento que le hace figurar hoy como uno de los más esforzados y meritísimos paladines del Castellanismo. Su manera, su estilo peculiares rebosan preparación y honradez profesional, pues no hay ninguno de sus escritos en el que no se manifieste haber precedido a la redacción del mismo un hondo y reposado análisis del tema, por virtud del cual los juicios y las apreciaciones que proclama con firmeza rotunda resultan tan certeros. Concretamente, en las cuestiones regionales es una de las contadas figuras que hoy día destacan, empero su juventud, en la cruzada exaltadora del sueño genitor de la nacionalidad y del verbo hispánicos, tan necesitado de comprensión amorosa hacia su significado y destino.

Hasta aquí, Torresano nos ha venido ofreciendo trabajos de varia índole, que se acreditan unos como cronista ameno, otros cual crítico jugoso y los más como sociólogo docto. No es de extrañar, pues, que en uno nuevo, como este que nos ocupa, haya sabido aliar tan admirablemente esos diversos aspectos y cualidades. "Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino" no ofrece, con efecto, todas las sugestiones que caben exigir en la exposición del asunto. La reconstrucción del pasado brillante del vetusto lugar se ha trazado, si bien siguiendo riguroso método cronológico, sólo por momentos a la luz de testimonios fidedignos, ofreciendo, en otros constitutivos de verdaderas lagunas históricas, aquel resultado posible de lograr únicamente a quien se halla compenetrado con el ambiente, posee gran cultura y se consagra tanto a considerar el valor del documento y la tradición como a apoyarse en reposadas deducciones. Dada la oscuridad de los orígenes fundacionales, y aun de grandes periodos remotos del pueblo segoviano de referencia, otrora Corte de Castilla por algunos años, un historiador erudito como Torresano ha de sentar apreciaciones originales, basadas en esa serena y entusiasta labor depuradora de que hemos hecho mención. Concretamente cabría citar varias muy interesantes, que contradicen juicios vertidos por sesudos varones de fama generalmente basada en el convencionalismo, tan corriente en España, apreciaciones como son las relativas al verdadero hombre de Cantespino; al verdadero emplazamiento de la célebre ciudad romana de "Clunia"; a famosas contiendas seculares libradas en su campo, etc., etc., en todas las cuales resplandece la gran limpidez hermenéutica peculiar de este escritor.

Un gran tributo patriótico, cultural y castellanista, en suma, es el que representa el nuevo libro de Julián de Torresano, verdadero modelo de esa bibliografía de vulgarización histórico-descriptivaque tanto se debiera intensificar, como fundamento no ya sólo de la necesaria corriente turística a infinidad de lugares poseedores de valioso patrimonio ancestral, sino del prístino concepto del patriotismo, o sea del amor al propio solar, que nunca tendrá realización efectiva sin basarse en el amplio, en el verdadero conocimiento del mismo.

Igual que la región norteña de Castilla la Vieja y la meridional o Mancha, la Alcarria, de los declives suaves y la riqueza de los solícitos insectos cuya producción de néctar es émula de la que la que criaba Himeto. Y también la selva de Cuenca, inmensa un día, atravesada por el manso Júcar, con sus millones de seculares pinos. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

El movimiento regional castellano

(1932)

Yo quiero quiero ver en este movimiento -porque es una visión rayada por zig-zags de optimismos y valentías- una vibración enérgica de la ancha meseta contra los egoísmos nacionalistas catalán y vasco. Yo no niego facultades administrativas a las regiones competentes, porque soy autonomista; pero negaré y combato la avaricia y el ansia de las regiones que sin haber llegado a una competencia plena, pretenden no un pacto con el Estado, pues esto significaría osadía o error, ambas cosas fáciles de domeñar o corregir, sino una simulación de acatamiento envolviendo un bajo y ruin contenido rebelde.

Castilla, ante ese falso muestrario de suficiencias que son los Estatutos, y en las que nos quieren hacer creer con un empeño de imposición, se resuelve herida y, con el austero orgullo de sus hidalgos, muestra sus caudales consumidos por tanta dádiva, sacrificados más de una vez por exigencias del país vasco y de la ciudad de los condes, núcleo de la célula catalana. Pero estos caudales no están agotados como para darlos por fenecidos; están mermados, sí; pero aun suman lo capaz para rehacer el valor perdido. Y para recuperar este valor se ha fundado el Instituto Económico Castellano. Su presidente, un hombre de rancio castellanismo, nos dice:

-Nosotros, como reza la circular que hemos repartido, pretendemos fomentar el trabajo en Castilla, promoviendo y secundando, objetivamente, todas las iniciativas que puedan incrementar los bienes materiales de nuestra región; intervenir cerca del Gobierno y dependencias oficiales en pro de cuantas gestiones interesen a la vida económica de las provincias castellanas, y organizar un archivo estadístico y arancelario para divulgar sus
estudios, y poner su documentación al servicio de los distintos elementos asociados.

-¿Y el proyecto de hacer de Santander el puerto de Castilla?

-Es un proyecto decidida, imperativa, categóricamente aprobado -nos contesta remachando las palabras-. Y tan es así que sin ese puerto fortificado por una zona industrial castellana nuestros propósitos se anquilosarían, pues todos ellos son radios de él, que lo hemos adoptado como centro, como objetivo de nuestros estudios.

-¿Probabilidades de éxito?

-Todas.

-¿Sólo esto?

-Por ahora solo esto. ¿Le parece poca la afirmación?

-Volvemos a Santander -le digo invitándole a rasgar velos.

-No; por ahora nada más. En este momento, no juzgo discretas unas declaraciones amplias; tenga en cuenta que solo hemos celebrado dos reuniones, porque es mi propósito -y mis propósitos no los quebranto-, hacerlas desde la tribuna. La tribuna será Santander y el título de mi conferencia, "Ideal castellano".

Cariñosamente me tiende la mano y me dice:

-¡Por Castilla!

Y yo, recogiendo el apretón de manos, le contesté:

-¡Por Castilla!






viernes, 25 de noviembre de 2016

Castilla "Terra incógnita"

(El Radical, 17 de mayo de 1932, p. 4)

Por Consuelo Berges Rábago

Parece que hubiera por ahí la fatalidad arcana empeñada en confundir, primero, y anular, después, el contorno concreto de Castilla como entidad geográfica. Quizás esta supuesta fatalidad arcana sea simplemente una niveladora intervención de la, también supuesta, ley de compensaciones. Tanto creció Castilla en lo espiritual, que se hizo necesario tender al equilibrio limitando su realidad geográfica.

Primero a Castilla le fue quitado el mar. Se le quitó la literatura, y lo que la literatura quita no hay en el mundo juez que lo restituya. A bordo de una magnífica literatura del paisaje-, la literatura española es, como ninguna otra, literatura de paisaje-, el nombre y el concepto de Castilla van paseando por el mundo su estampa de aridez irremediable, tierra adentro nunca dulcificada por el efluvio húmedo de la brisa marina, nunca mordida por el roce áspero y fresco de la ola. Y, así, desde el Quijote a nuestros días -y tal vez antes del Quijote-, Castilla con su borde marinero es una absurda verdad geográfica, mientras Castilla mediterránea y árida, continental y enjuta, es en el mundo y aún en España misma un error literario lleno de verosimilitud y lógica. El error se hizo ya inapelable en una estrofa -porque una estrofa afortunada será siempre una sentencia inapelable-. Cuando Maragall compuso su famoso himno Ibérico, le fue preciso que Castilla estuviera triste y le fue necesario hallar una bonita explicación a esta tristeza. Y ya no hubo remedio. Ya es en vano que algunos montañeses, siempre que hay ocasión, reivindiquemos, más que la gran ventana costanera de Castilla, la gran castellanía de Cantabría.

Ya no tiene remedio.

"Terra endins ampla és Castella i està trista, que sols ella no pot veure els mars llunyans".

Hasta aquí, solo hay amputación y confusión del contorno geográfico de Castilla. Pero la cosa no para en esto. Lo tremendo es que, saliendo de España, nos encontramos con la desaparición total de Castilla como entidad geográfica. ES decir, nos encontramos con un caso estupendo -en sentido físico-químico de la palabra-. A medida que Castilla fue difundiéndose y ascendiendo como concepto histórico, como fuerza generadora de pueblos y de historia, ha ido perdiendo realidad concreta, y hoy, fuera de España, a penas sabe nadie si Castilla es una realidad geográfica o un mito histórico literario.

Este inaudito hecho es patente en América. Y más que en otra cualquiera latitd del Nuevo Continente, en la República Argentina, donde la rica geografía regional de España está vivificada y ramificada por la distribución regional de los emigrantes españoles.

Si uno dice en Buenos Aires -y es frecuente el decirlo porque es corriente el preguntarlo- que es gallego, andaluz, vasco o catalán, la gente queda satisfecha y convencida de que uno pertenece a un pedazo de tierra española efectivo y actual, y, la poca cultura geográfica que posee el argentino preguntante, sabe situar aproximadamente en el mapa español la personalidad regional del que dice ser vasco, catalán, andaluz o gallego. Pero si contestamos la pregunta habitual diciendo que somos de Santander, de Soria, de Burgos, de Valladolid o de Ciudad Real, a nuestro americano se le enreda la imaginación en el mapa peninsular que conoce de oídas, y vacila: -"¡Ah..., de Santander!... ¿Vasco, no?..."

Cuando nos arriesgamos a aclarar que somos castellanos, la confusión llega al extremo. Si nuestro americano no es letrado en absoluto, se queda totalmente en ayunas respecto a nuestra regionalidad española. Si es un poco letrado sin ser muy fuerte en Geografía, lo más que hace es situarnos en los áridos dominios del Romancero, del Quijote, del teatro clásico español o de las crónicas de Azorín. Y no falta quien piensa que nuestra declaración de castellanía es una fanfarronada heráldica.

Ser castellano en la Argentina es querer ser demasiado y no ser nada; porque Castilla en la Argentina, o se ha difundido con el más soberano orgullo en cada región de España, o se ha inhibido con la más insólita modestia. Galicia, Cataluña, Vasconia, Asturias, Aragón, Valencia, son entidades regionales de España, con nombre, espíritu y cuerpo en las diversas agrupaciones que allí las representan. Castilla, no; Castilla es solo espíritu. Y el nombre de Castilla Madre, tan repetido como abstracción racial e histórica y como síntesis esencial de España, rara vez es pronunciado allí rotulando una concreta personalidad, un contenido concreto, un concreto programa. Castilla y lo castellano poseen, como Dios, el don de la ubicuidad; están en todas partes... y en ninguna... La colonia española, que tantos edificios levantó en Buenos Aires para distintos fines rotulados bajo un nombre regional de España, no tiene un solo recinto sobre cuyo dintel campee el nombre de Castilla. Castilla Madre no tiene hogar en Buenos Aires; se conforma con vagar, como espectro difuso y glorioso, por las altas regiones de la Historia, la Literatura y la Leyenda.

De vez en cuando la recia voz de un cántabro que siente en vivo el destino preclaro de Castilla y la castellanía, pronuncia el nombre de la región central de España y titula con él alguna empresa de alto rango. Tal el proyecto de la "Cultura Castellana" que el doctor Avelino Gutiérrez, una vez puesta en marcha la magnífica "Cultura Española" y la Cultural Montañesa -"Caja de Becas Menéndez Pelayo"-, propuso a varias agrupaciones provinciales de tronco castellano existentes allí. Confiamos en que llegue a ser éste el origen de un cuerpo para el espíritu de Castilla en América. En que llegue a ser éste el nexo que dé a los hoy asociados bajo las denominaciones de riojanos, montañeses, sorianos, burgaleses, etc., la sensación de su castellanía común. En que llegue a ser éste un motivo para que suene allí el nombre de Castilla fuera del Romancero, del Quijote y de la prosa de Azorín, y para que en Buenos Aires -y más tarde en América... y después en España- se aprenda un poco más de Geografía al difundirse que burgaleses, sorianos, montañeses, riojanos, toledanos, etc., pertenecen todavía a una famosa región española que, aunque no ha presentado su Estatuto, se llama y es Castilla. Región famosa que es todo lo que cuentan las crónicas, la literatura y la leyenda y que, además de todo eso, es una de las regiones permanentes de España: la región por donde corre eternamente el Duero y eternamente nace el verbo que canta su canción a lo largo del mundo.

sábado, 29 de octubre de 2016

El problema regionalista: la universalidad de Castilla

(El Avisador numantino, 11 de junio de 1932, p. 1)

Por Gregorio Fernández Díez

Si algún discurso en torno a la emotiva discusión del Estatuto de Cataluña ha producido angustia, dolor y desagrado, al menos en Castilla, éste ha sido, sin disputa el pronunciamiento del Sr. Azaña.

No, el país no le aplaude como lo hicieran en el Parlamento los catalanes o las huestes del mosaico llamado mayoría, que ni más ni menos que en el viejo régimen o por sostenerse en las Cortes o por una mal entendida disciplina sobre una cuestión dogmática nunca, de sentimiento siempre, adopta una posición ante el problema autonomista contraria en absoluto al general sentir de la opinión.

¡Ah, pero la risa va por barrios! Elecciones llegarán en que los electores castellanos repudien, de una manera absoluta y enérgica, a aquellos que los diputados que a la hora de ahora, sobre este estricto problema, contraríen su voluntad, contraríen el sentimiento de la opinión castellana, vueltos de espaldas a la realidad de un movimiento de espontánea y general protesta que, si no advirtieran por el ambiente han de percibir las exhortaciones que se les dirigen por fuerzas y corporaciones de toda clase, encaminadas al recto propósito de que se antepongan a toda disciplina la defensa de la unidad y de la soberanía nacional, sin descuido de los intereses morales y materiales
de Castilla a quien Azaña, indirectamente, conducirá al colonato más ignominioso o a la esclavitud más amarga.

El discurso de Azaña, por el fondo, por la doctrina, sin la circunstancia de ocupar el banco azul, no hubiera convencido a nadie. Ahora ha convecido a pocos. Y es que, por encima de la oratoria del discurso, éste no resiste el más ligero análisis sin resquebrajarse de la cúspide a la base. Todo él está cimentado sobre un prejuicio sentimental hacia los catalanes, que no sorprende, porque no en vano formó parte del grupo de intelectuales castellanos que dos años hace fueron a Barcelona atribuyéndose una representación que Castilla otorgado; todo el discurso ha sido una pretendida lección de filosofía de nuestra historia, no sabemos sobre qué textos aprendida, pero desde luego
interpretada con arbitraria injusticia; sobre le discurso fue de una inconsistencia evidente sobre los puntos neurálgicos del problema, no salvados por la agilidad mental, porque nadie puede convertirse, de súbito, en hacendista, en jurista, en hombre de estado.

Cuando con énfasis, más que con conocimiento, dijera, refiriéndose a la unidad nacional: "la unidad la vamos a hacer nosotros, se me figura que el Parlamento debió pasar por la mente de muchos el recuerdo de aquellas frases que en 1918, con ocasión del que se llamó Estatuto integral, dirigiera el señor Alcalá Zamora al adalid de la Lliga: "Señor Cambó, no se puede ser al mismo tiempo Bolívar de Cataluña y Bismarck de España". Extraño fue, pues, que alguien no le interrumpiera diciéndole: señor Azaña, no se puede ser al mismo tiempo Bismarck de España y Bolívar de Cataluña...

Yo no sé de estadista alguno que haya consentido jamás que al Estado se le merme la soberanía, ni se le arrebaten funciones; yo no creo que se alcance categoría de estadista por las intenciones expuestas, sino por las obras realizadas; y así, cuando Azaña decía: "venimos a enfrentarnos con la organización del Estado español y rectificarlo en sus estructura, en sus funciones, en sus fines y en sus medios", debió decir a renglón seguido: señores diputados, mi plan de estructuración política le esquematizo en un proyecto de autonomía municipal para toda España, en un proyecto de modificación del régimen provincial para toda la nación; en un proyecto científico de autonomías regionales con idénticas normas, derechos, atribuciones y recursos para todas las regiones históricas o geográficas o al menos un proyecto de descentralización por ministerios y servicios, siempre separado, pero eternamente diferido para la nación entera.

La pomposa "nueva estructuración" del señor Azaña se reduce, pues, a conceder una autonomía excesiva en los límites y privilegiada por el sistema de Cataluña. La organización provincial y municipal española será la misma; los servicios públicos continuarán supeditados a un centralismo anquilosador y uniformista; para 42 provincias las cosas continuarán hoy como ayer o peor acaso; para el resto de España, pues ni para nuestra Castilla, hay ninguna novedad que aliente su esperanza de progreso y engrandecimiento.

Extraño concepto el de Azaña sobre Castilla, cuando como gracia especial reserva a esta humilde y generosa tierra, madre de naciones, el soportar "su destino, que es llevar sobre sus hombros la universidad de España". Más ni eso es así, ni admitimos ya tan romántico papel, ni en tal respecto tiene Castilla que seguir los consejos de Azaña, sino el ejemplo de Cataluña y Vasconia.

De ningún modo puede bastarnos nuestro pasado, por glorioso que sea, para renunciar a un presente más espléndido ni a un porvenir
más venturoso; de ningún modo puede resignarse Castilla a cerrar definitivamente las páginas de su historia entregándose ensimismada a la contemplación de sus rancios pergaminos; de ninguna manera, Castilla, lo repetiré mil veces, gloriosa exnación que siempre fue continente, nunca contenido , pues convertirse en expoliado espolique de sus hermanas, ricas amazonas a caballo sobre su potencia económica.

Lo que está recomendado a Castilla es la vuelta a su hogar, a su casa solariega, al cuidado de su patrimonio no exento de importancia, al cultivo de la heredad en mala hora abandonada por ir a correr el mundo; lo que le está recomendado es que se reconcentre en sí misma y sacando fuerza de flaquezas cultive su propio espírítu, castellanizándose, regionalizándose, aunque sea a costa de dimitir su papel histórico, aunque ello contraríe a Azaña... Esa dimisión no implica destruir "su personalidad histórica", porque historia es su obra imperecedera por generosa, gloriosa y epopéyica; esa dimensión será, si se quiere, la renuncia de su hegemonía espiritual, única que le queda sobre otros pueblos, pueblos que, con error manifiesto, creen que la hegemonía es cosa de toma y daca, cuando no es cosa que se imponga sino que se admite y se acepta, porque los hechos mandan; esa dimisión significará, a lo sumo, la renuncia a un "cetro" puramente honorífico, ya que, al decir de Santos Oliver, corresponde a los pueblos ricos, dinámicos, industriales y "diferenciales" de la periferia, pero también el pregón de Castilla, nuestra, de que te encierras a vivir su propia vida, espléndida o modesta, pero, al fin, la suya propia.

Quiere esto decir, y lo apunté ya en artículos anteriores, que Castilla tiene que aspirar, tiene que prepararse para demandar su
Estatuto, su autonomía, porque aun ni el Parlamento ni fuera de él nadie "haya invocado el espíritu castellano como opuesto" a las aspiraciones de las regiones de España, va a ser necesario que ese espíritu se invoque allí y "aquí", para decirle a Azaña que las excepciones y los privilegios son odiosos y son injustos; ese espíritu, por dignidad, va a ser necesario invocarle, "sin agresión" para nadie, pero en propia defensa para proclamar que si Castila nunca ha sido "instrumento ni móvil" de frustración de las libertades españolas, que Cataluña defendió la última, pero Castilla defendió la primera; tampoco es caso de que nuestro pueblo, de que nuestra región, que también tiene su "personalidad" y empieza a sentir el "hecho biológico", tenga que convertirse en cliente forzoso, de nadie, ni menos rendirse al imperativo y desigual trato de gobernarse alguno que le fuerce al silencio.

No; Castilla tendrá que variar de orientación y de táctica. Si sus preocupaciones no son de orden regional, tendrán que serlo (amar lo propio no es desdeñar lo de los demás), precisamente por convencimiento de que si sus preocupaciones son del orden del Estado, las del Estado ni las de nuestro estadistas son del orden de Castilla. Y, pues, si se votan, según Azaña "los regímenes autónomos para fomento, desarrollo y properidad de los recursos morales y materiales de la región", la consecuencia lógica nos dice y nos advierte que las regiones que no logren esa autonomía, difícil va a ser que prosperen; que si las regiones más avisadas interesan la autonomía como fundamento de un mayor progreso, será preciso imitarlas demandando iguales prerrogativas del Estado.

Cuando la "universidad" nos sirve de tan poca cosa y vemos que todos los derechos se otorgan a los pueblos fuertes, el deber de Castilla es la prosecución del mejor bienestar, para vivir la mejor vida propia, sin preocuparse del orden del Estado, de esos estadistas que no quieren ver que sin Castilla, que es "la clave" o el clavo del abanico peninsular, en España no habrá reconstrucción posible.

miércoles, 15 de junio de 2016

Acción castellanista: nuestra autonomía regional


(Heraldo de Zamora, 1 de octubre de 1932, p. 1)
Por Gregorio Fernández Díez


Es una lástima, pero también una realidad. La aprobación del Estatuto de Cataluña no ha producido la menor efusión. Ese hecho, fuera de Cataluña y descontando, desde luego ciertos antiprotocolarios actos en San Sebastián celebrados, algunos de los cuales casi recuerda la firma de tristes tratados de paz, no ha producido ni frío ni calor en ninguna parte.

La nota dominante ha sido ausencia de comentarios en la prensa. Así, el pretendido magno hecho histórico, cimiento de la nueva España, se ha consagrado, en medio de tan glacial indiferencia, que categóricamente puede afirmarse, visto el síntoma, que España, o cuando menos Castilla, no habiéndose conmovido ahora, no habría de conmoverse, por nada pasara lo que pasase, ni aunque fuera una catástrofe.

Si un día cualquiera, pues, Cataluña quiere ir más allá, ha de poder hacerlo tranquilamente. Y ello por una razón: porque en Europa hay otro pueblo tan comprensivo y tan cercano como Suecia y aun superior al país escandinavo por su conducta, que es Castilla, esta antigua y gloriosa "exnación" que tendrá que volver a ser la "nación castellana".

He dicho superior a Suecia, porque ésta, siquiera, le dijo a Noruega: tu libertad política requiere mi libertad aduanera, Castilla no ha dicho nada; pero lo habrá pensado.

Mas, por si no fuera así, los castellanistas tenemos el deber de orientarla, indicándole el camino a seguir. Ese camino es el que
puede conducirla rectamente a restaurar "nuestra" economía, a industrializar nuestra tierra y al propio tiempo a tratar de gobernar nuestra casa, nuestra región, nuestros hombres.

Castilla no gobernaba a nadie; no ejercía hegemonía alguna sobre nadie. Es más, ni siquiera se gobernaba a sí misma. Pues ahora nuestra interés y conveniencia están en que se nos otorgue la autonomía, "nuestra autonomía". Aquí, en la meseta Norte, hay una región con características propias en todos los órdenes; región histórica y geográfica; la gran cuenca del Duero que tiene derechos que yo estimulo.


No; no ha habido efusión con motivo de la concesión del Estatuto de Cataluña, porque no podría haberla. Y no podría haberla porque el Gobierno y las Cortes han resuelto un pleito en forma tan parcial que constituye una verdadera vejación para Aragón y Castilla. A la aspiración de Cataluña en cuanto significaba una autonomía, plena libertad de acción político-administrativa, nadie se oponía. Así se proclamó sinceramente en la Asamblea Palencia. Más allí transcendía el temor de que la nueva estructura política de España consistiere y acabara en otorgar a Cataluña un régimen de excepción y en ampliar a las Vascongadas el que ya está gozando. Y, ciertamente, la consagración de tal desafuero impulsa la repugnancia que nuestro país siente hoy contra quienes pasivamente han consentido la instauración de un régimen autonómico que eleva a unas regiones a la categoría de señoras y rebaja a otras a la servidumbre. 

Esto me recuerda que en los Estados Unidos del Norte de América la organización política divide al país en Estados con su asamblea y Gobierno propio y "territorios" de esos Estados regidos despóticamente por gobernadores dependientes del Poder federal. Aquí, los Estados, por lo que se ve, van a ser Cataluña y Vasconia y los "territorios", Castilla, Aragón, Extremadura y demás pueblos meseteños. Recordemos que en los Estados Unidos los territorios son países donde han sido acorralados los "indios". Añadimos ya que el centralismo de Madrid, regido por los políticos de la periferia está visto que van a intentar someter a las regiones de las mesetas a trato de territorios, como si sus gentes "fuesen indios". 

Para que tal no suceda, ha de ser preciso , castellanos, que recabemos "nuestra" autonomía. De otra suerte, preparaos a ser gobernados por otros hombres, por unos políticos que no sienten ni aman a Castilla, y por unos gobernadores que procederán de Galicia, de Cataluña o de Vasconia. 

Ya en la actualidad aquellas regiones tienen, en cambio, gobernadores gallegos, catalanes y vascos. Si ese trato excepcional es o no una afrenta para Castilla, el lector lo dirá.

A Castilla se la lleva a un régimen de colonato por los políticos arribistas de Madrid, en servicio de las economías de los pueblos "fuertes". Y si no basta, se irá al despedazamiento y reparto de Castilla que, por lo visto, es la Polonia peninsular.

Para que tal no suceda, es necesario que el pueblo castellano, contra los políticos nefastos, se apreste a defender su derecho de autodeterminación, solicitando su autonomía. Todavía es hora oportuna. Así como así, por estos días anda estimulando don Indalecio Prieto a Vasconia para que aproveche el momento. Los vientos han cambiado. El señor Prieto, en 1918, arremetía furioso contra el nacionalismo catalán y vasco y se encaraba violento con Aranzadi y Cambó.

Todavía es hora de que Castilla solicite un trato de igualdad. Los Estatutos de Vasconia y Galicia serán tangible y acaso el de Valencia, que también se agita.

Castilla no debe quedar rezagada. Levante su voz y proclame que quiere vivir, pobre o rica, su vida; que quiere mandar en su casa, porque también tiene personalidad. Una personalidad que había querido borrar, fundiendo su alma en la de las demás regiones. Pero ante su estéril sacrificio, debe volver a su solar y reclamar con dignidad todos sus derechos.

Castilla, rectora de pueblos, ha demostrado tener gran capacidad política. En cuanto la ejercite de nuevo, volverá a ser ejemplo luminoso. Todavía en el debate constitucional nos recordaba su capacidad política don Fernando de los Ríos y asentía el señor Sánchez Albornoz, aunque éste como diputado ni aquel como ministro hayan defendido la generalización de las autonomías.

Si España se ha de desmoronar, ello ha de suceder pida o deje de pedir Castilla su autonomía. Y aun estoy por decir que hay más probabilidades de que otros pueblos vayan a la secesión si Castilla no la logra, porque si no la obtiene, el desequilibrio económico hoy existente entre Cataluña y Vasconia y otras regiones se ha de acentuar. Después de todo, este distinto grado de riqueza, esa superioridad burguesa ha sido la causa de que se plantearan estos problemas. 

Yo espero que al reconcentrarse Castilla en sí misma, en orden a su desarrollo económico diera un salto. Riquezas naturales que explotar tiene muchas. Y vida propia también la tiene. Será más intensa o menos; pero desde luego, la gama de sus actividades es más variada de lo que se ha supuesto. Esto no lo saben muchos de nuestros inmerecidos parlamentarios ni la colección de detentadores de la intelectualidad castellana.

Porque tiene Castilla elementos suficientes para vivir su vida y capacidad política para regirse (aunque los derrotistas lo nieguen y los traidores traten de impedirlo); nuestra región, hoy avasallada, tiene el derecho y el deber de presentar su Estatuto y solicitar la autonomía que le devuelva "su libertad".