Castilla, un resurgimiento material necesario

Por un castellanismo contra la Agenda 2030

"Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que estamos intentándolo" (T. A. Edison).
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jueves, 8 de octubre de 2015

Regionalismo castellano

(Artículo en El Norte de Castilla, 8 de octubre de 1933)

Por José Luis García Obregón

Viene sosteniendo el distinguido y culto abogado palentino don Carlos Alonso Sánchez, desde las columnas de EL NORTE DE CASTILLA principalmente, una campaña política netamente castellana, y, por ende, española, a la que tantas gentes, preocupadas casi exclusivamente por el navajeo a que se dedican todavía los partidos políticos nacionales, no conceden toda la importancia que tiene, ni, acaso por «crecimiento espiritual», aciertan a comprender la enorme transcendencia de este nuevo pensar político.

La campaña es política y el pensar netamente político. Me atrevo a hacer esto afirmación, y conviene hacerla, claro está que añadiendo la rectificación de que a este calificativo no se da, desde luego, la significación que en nuestro idioma tiene vulgarmente, por culpa de nuestros gobernantes presentes y pasados. El ideario castellanista, para que logre imponerse un dia — acaso no tan lejano como los practicones aseguran —tiene que pasar por tres fases, idénticas casi, a las que se sucedieron en la vida, espíritu e influencia de Castilla en la Historia.

El regionalismo castellano no es ni egoísta ni aldeano. No pretende cantar las virtudes de una raza ni llorar su esclavitud. 

Ha buscado paciente y fríamente dentro de la Historia las causas fundamentales de que su designio no se cumpliera y a la vez las que tienen a España sumida hoy en tan grandes desventuras. De las causas ha deducido lecciones, y el regionalismo castellano pone mano a la obra con la fe de sus partidarios puesta en un Ideal de concordia, bienestar y paz, que las mismas gentes, por esto mismo, lo califican de «apolítico». Y es que... ¡tan poca concordia, tan escaso bienestar, tan accidentada paz nos proporcionan los partidos políticos...!
La primera conclusión que se sienta por el regionalismo castellano es la de que Castilla, forjadora de la unidad nacional española, se halla hoy desangrada y exhausta, incapaz por esto — no por desafecto ni rivalidad hacia otras regiones — de reanudar la función tutelar y directora que siempre ejerció sobre los pueblos hispanos, por su alta y bien merecida superioridad espiritual.

La segunda, consecuencia de la primera para sus propios hijos, es el sentimiento de regionalidad que hay que despertar o crear, precisamente para refugiarnos en ella sin romper los lazos innegables que la unen con las demás regiones españolas dentro de la unidad de la patria común. Y ese sentimiento de regionalidad tiene por lema fortalecer las fuentes de riqueza castellanas, defender su tradición liberal contra los ataques de toda clase de Gobiernos, imponer respeto a los agiotistas de la política nacional, se llamen como se llamen y hacerse oír por el Estado español para que éste sepa de una vez lo que se obstina en no querer oír desde el día en que murieron los héroes de Villalar: CASTILLA.

La tercera conclusión, iniciadora de la segunda fase de esta política, es la siguiente: En España, la egoísta mentalidad de unos cuantos mal llamados españoles, ha creado una leyenda negra, que hace la unión de todos los españoles, sino imposible, al menos llena de prevenciones y temores. Esa falsa historia, llena de prevenciones aldeanas y carente de ese sentido de universalidad que sólo es patrimonio de los hombres verdaderamente cultos o sinceramente sociables, mantiene en situación de expectante defensa a un gran número de españoles que, por lo menos, no pueden rechazar las envenenadas dudas que vertieron en su corazón de buenos patriotas, hablándoles de caprichosas y malintencionadas influencias ejercidas por Castilla sobre los destinos y necesidades de su patria chica, quienes jamás supieron sentir la idea de patria.

La misión de Castilla hoy, y dentro de esa fase de su política, será demostrar con realidades lo engañoso de esa historia falsa a todas las regiones españolas, ayudándolas — dentro de cualquier forma de Gobierno, porque lo intangible es y será solamente España — a que sus legítimos derechos sean respetados, sus necesidades atendidas,sus nobles aspiraciones, dentro de la unidad nacional, comprendidas y hasta alentadas.
La cuarta y última conclusión puede concretarse de este modo: Castilla ha sido la cuna de una civilización, no estudiada aún suficientemente y, desde luego, casi en absoluto ignorada por los propios castellanos. Una civilización, para tener verdadero carácter de tal, ha de ser necesariamente expansiva, tender a la universalidad, a la captación de voluntades por la bondad de los principios en que se sustenta, por las ventajas que su admisión reporta.


Este sentido universalista, con directivas de afecto y de raza, ha de representar la tercera y culminante fase del movimiento castellano, persiguiendo, además, realidades prácticas. Portugal ha de merecer toda la atención, todo el afecto-, todas las renunciaciones de Castilla y de España; la América que fue española debe ser objeto del hispanoamericanismo eficaz y continuo a que allende el mar tienen derecho nuestros hijos espirituales. Conseguido todo esto, será ya permitido, y conveniente, que dentro de una empresa pacífica veamos de inculcar al movimiento Internacional nuestro propio espíritu de paz, de concordia, de comprensión humanitaria.

Todo esto es y pretende el regionalismo castellano, por lo cual todo castellano, o simplemente español, tiene que ver con simpatía su programa,y, en tiempo desgraciadamente muy cercano — la última crisis ha abierto muchos ojos — colaborar; en esa gran obra con la palabra, con el dinero, con el voto, para impedir que se malogre la finalidad que se pretende.

¿Cómo opinan los políticos castellanos? Es hora ya de que mediten sobre los hechos en los que, sea por acción, ora por omisión o simple apatía, su responsabilidad histórica es ineludible. Castilla vuelve por el honor de España, y ya no se trata sólo de simpatizar con este movimiento; es necesario ayudarle y luchar por él. ¿Republicanos? ¿Monárquicos? ¿Derechas? ¿Izquierdas? ¡CASTELLANO! ¿Puede haber algo más honrado, más envidiable, que ser español? ¡Pues España te necesita! Castilla te reclama. Ahora... ¡Tú sabrás lo que haces! Por lo que a mí toca, me enrolo lleno de fe bajo la bandera que enarbola don Carlos Alonso, cuya patriótica visión es, sin duda, mucho más halagüeña que la que nos permiten los actuales partidos políticos nacionales.

martes, 10 de marzo de 2015

Aspectos geopolíticos: el problema demográfico nacional

(Artículo en Economía mundial, julio 1944, p. 515-516)

Por Gregorio Fernández Díez (Quintanamanvirgo (Burgos), 1891-Barcelona, 1954)

En algunas naciones de Europa el problema demográfico nacional guarda íntima relación con el de los espacios vitales. En otros, como en Francia, teniendo territorio suficiente y fuentes de riqueza que aprovechar, el problema está en el crecimiento de la población se mantiene estacionario y en que los campos se despueblan en grado alarmante volcando la gentes sobre las grandes ciudades o concentraciones industriales.

Pero en España el problema no es solo idéntico, sino que adquiere mayor gravedad que en Francia, porque la densidad de población es allí 76'1 habitantes por kilómetro cuadrado y en España de 46'84 para un territorio escasamente inferior en extensión y porque la distribución geográfica del factor humano, es más armónica que en nuestro país, en el que su desigual distribución presenta diferencias extremas, entre unas y otras provincias y regiones, justificadas en ciertos casos, pero no siempre, por motivos geofísicos.

España, se dice, es después de Suiza el país más montañoso y elevado de Europa, y Suiza sin embargo tiene una densidad de 100 kilómetros por kilómetro cuadrado; se dice que España es muy árida y seca, pero más lo es Grecia cuya densidad es de 49'8 habitantes por kilómetro cuadrado; es que pese al desarrollo de su litoral, se ha dicho, predominan en ella las inferiores excesivamente distantes del mar, pero Hungría y Polonia (no hablemos ya de Bohemia) con sis 94'4 y 84'1 habitantes por kilómetro cuadrado, siendo como son naciones interiores desmienten ese tópico. Esos casos son dignos de investigación y estudio por parte de quienes deben encauzar nuestra pobre y triste situación demográfica.

La escasez de nuestra población es algo que abruma. Desde luego aseveramos con el ilustre fallecido geógrafo don Emilio A. del Villar, que el medio climático influye menos de lo que el vulgo cree en la fijación de las aglomeraciones humanas. Así en Ottava hace más frío que en Burgos, y en Río de Janeiro más calor que en Sevilla.

Ahora bien, las comunicaciones y las producciones del suelo y subsuelo es evidente que influyen en la habitabilidad de la comarca.

Nuestra menor densidad humana es patente en relación a países cuyo factor geográfico es inferior y defectuoso con respecto al nuestro. En el caso de Polonia y Francia hay que convenir en que nos aventajan por la riqueza y explotación de su subsuelo y por la posición geográfica, bien entendido que la nuestra es mucho menos favorable de lo que con sobrada ligereza se ha cantado. Pero de esto otro día hablaremos.

Las expresadas circunstancias justificarán siempre nuestra menor densidad de habitantes en relación con las naciones de tipo industrial, pero nunca explicará el notorio atraso en el desarrollo de nuestro factor humano, arrastre, acaso, de la época del descubrimiento, conquista y colonización de América y consecuencia también de nuestra movida historia.
Por tales arrastres, la población de España no puede cifrarse a la hora de ahora en más de 26 millones de habitantes. El hecho demográfico hay que contrastarle con el espacio vital de España está no solo en la extensión del territorio, sino en las riquezas naturales del mismo, desde los terrazgos a los bosques, desde los saltos de agua a los yacimientos mineros del subsuelo inexplotados.

Aunque el éxodo del campo no es un problema peculiar de España, fuera conveniente atajarle. En el decenio de 1920 a 1930 le cifraba nuestro Instituto Geográfico y Estadístico en 85.000 personas anuales que se dirigían a las ciudades.

La población (otro hecho demográfico a meditar, según el doctor Vicens Vives) se encuentra en la periferia de la Península. Y ello ha de tener su adecuado reflejo en la balanza geopolítica del Estado español.

¿Puede contenerse este fenómeno? ¿Fuera conveniente contrarrestarle? Nosotros afirmamos categóricamente que geopolíticamente y desde un punto de vista económico, el fenómeno, el hecho de referencia, puede ser contenido en parte y en parte contrarrestado. Más aún, a la hora en que la consigna de nuestra reconstrucción económica y totalitaria es un imperativo categórico, la resolución de tal problema es el fundamento indeclinable de una verdadera y eficiente reconstrucción nacional.

Para hablar con claridad, digamos sintéticamente que hay que revalorizar en España las provincias interiores y singularmente las provincias pobres, problema justo y extremos absolutamente factibles, aunque justo es confesar que la planificación industrial y minera del Instituto Nacional de Industrias viene a confirmar con hechos la posibilidad de nuestra aseveración y tesis.

Para ayudar a la mayor composición de lugar del lector, digamos que en Francia, de 39 ciudades de más de 50 a 100.000 habitantes, 31 son interiores y 6 son litorales; de las 16 ciudades superiores a 100.000 habitantes sin llegar al millón, 10 son interiores más París, y 6 son litorales. En cambio en España los términos se invierten: de 16 poblaciones de 50 a 100.000 habitantes, 11 son litorales y 5 interiores; de 11 poblaciones superiores a 100.000 habitantes, 6 son litorales y 5 interiores. En Alemania sólo 5 poblaciones litorales son superiores a 100.000 habitantes, pero en cambio 40 son interiores. Podríamos hablar de Polonia o de Rusia, pero no hay necesidad.

Lo que sí preciso consignar, es que 25 de las 28 provincias interiores de nuestro país no solo no logran la población media nacional de 46'84 habitantes por kilómetro cuadrado, sino que Ciudad Real tiene una densidad de 24'90; León, de 28'74; Lérida, de 25'55; Palencia, de 25'25; Toledo, de 31'89; Valladolid, de 36'41 y Zaragoza, de 30'75. Pero aun hay más; 7 provincias con 104.490 kilómetros cuadrados tienen una densidad humana que queda por bajo de la mitad de la media. Veámoslo: Albacete, 22'38; Cáceres, 22'52; Cuenca, 18'16; Guadalajara, 16'73; Huesca, 16'04; Teruel, 17'00; Soria, 15'14. Estos datos entristecen.

Hay cinco o seis capitales de provincia, de un tipo por su némero de habitantes, que solo encontraríamos en Albania o Portugal o por su latitud en Suecia o Noruega. Este tipo de capitalejas no existe ni en Siberia. ¿Puede enmendarse tan desconsoladora realidad? Afirmamos rotundamente que sí.

En un auténtico régimen de solidaridad económica nacional corregir tales hechos que no son fatales y alterar el valor demográfico y en suma geopolítico de ciertas comarcas ha de ser, sin disputa, uno de los primordiales problemas básicos del país. Y si todo el país tiene derecho al auge y a la prosperidad, convengamos en que el Estado, por razón de tutela nacional, tendría que apoyar más generosamente a las provincias pobres de España que, en rápidas viñetas o estampas, van a desfilar por estas columnas. Será entonces cuando estudiaremos, una por otra, sus posibilidades y sus riquezas naturales inaprovechadas, sus defectos geofísicos, los medios de acrecer su población, de establecer sobre ellas oasis industriales... porque la verdad escueta es que muchas de las provincias pobres de España no lo son por agotadas: acertaríamos mejor diciendo que están vírgenes.

domingo, 22 de febrero de 2015

El regionalismo castellano: federales y catalanistas

(Artículo en el diario La Voz de Galicia, 30 de mayo de 1917)


Por Francisco Rivas Moreno (Miguelturra, 1851-Ciudad Real, 1935)

La federación es el primer paso en el camino de la unidad nacional; ello allana para una legal inteligencia los obstáculos que pudieran ofrecer la tradición y los estímulos del patriotismo.

El catalanismo se sitúa a la inversa que el principio federativo, pues pretender dar vida a las antiguas nacionalidades rompiendo los vínculos que crearon el tiempo y las mutuas conveniencias.

El nacionalismo es la moneda falsa del principio federativo.

Establecida la unidad nacional lo mismo en el orden político que en el económico, la aspiración de todas las regiones no podía ni puede ser otra que regirse por normas de conducta dentro de las cuales se desenvuelvan y prosperen las actividades sociales y la vida del derecho.

Las enseñanzas recogidas con motivo de la tragedia mundial, que tantas vidas ha sacrificado y tantos torrentes de sangre ha vertido, evidencian que el instinto de conservación de las naciones acudirá en el porvenir al principio federativo como pararrayos contra la asechanza del poderío militar. Lo sucedido a Bélgica, Grecia, Servia y Montenegro son lecciones que no desaprovecharán ciertamente las pequeñas naciones.

Cuando la democracia universal aspira a sustituir a la palabra "Patria" por la de "Humanidad" se presentan los catalanistas con la fórmula redentora y modernista de formar nacionalidades liliputienses.

El interés público demanda de todos que nos demos por notificados de las aspiraciones catalanistas, y que en la prensa y en la tribuna pública procuremos poner de manifiesto el peligro inminente de disolución en que se vería España, si la fatalidad hiciera que el programa de Cambó tuviese realidad.

El antagonismo entre federales y catalanistas está muy justificado, pues los primeros colocan siempre la unidad nacional por encima de todo linaje de aspiraciones; y en los catalanistas, especialmente los que siguen a Cambó, el separatismo es idea que late en sus propagandas.

El partido liberal tuvo siempre en su programa la descentralización, y bien capacitado de la vida desastrosa a que, por causas que ya le dirán, han llegado los municipios y las diputaciones, estima como deber includible de gobierno dar a estos organismos facilidades legales para que tengan una economía saneada y disfruten aquellas prerrogativas de que nunca debieron ser despojados.

Para llegar a la autonomía municipal se precisa algo más que llevar a la "Gaceta" acuerdos parlamentarios o medidas de gobierno, pues las columnas del periódico oficial son de poca consistencia para impedir el fracaso, y por eso hay que procurar cimentar la obra de regeneración administrativa sobre fuertes estados de opinión pública.

En España desde la "Gaceta" somos tan amantes como Inglaterra del "seftgoverment", pero la práctica de los ayuntamientos, especialmente los rurales, viven en un estado de tutela que los deprime y arruina.

Esto confirma que estamos siempre en franca rebeldía contra los dictados de la lógica.

Si en Francia decía Luis XIV "El Estado soy yo", en España tenemos una falanje [sic] de pequeños caciques de campanario, que pueden afirmar que el "Municipio son ellos", puesto que los hechos evidencian que su voluntad es omnímoda, lo mismo en lo que atañe a las Haciendas locales, que en los demás particulares que afectan a la vida municipal.

El ciudadano debe rebelarse contra el estado de servidumbre a que somete el caciquismo demostrando una voluntad tan recia como las circunstancias la exijan en todos aquellos empeños de la vida local en que está obligado a intervenir.

El sufragio universal dejará de ser una vana quimera cuando en los pueblos cada vecino emita su voto con absoluta independencia; pues libre el cuerpo electoral de la tutela que hoy le avasalla sería imposible que tuviera valor real el abominable encasillado.

En la gestión de los asuntos locales el abandono es completo, y así vemos que los presupuestos se confeccionan con arreglo a los patrones que dan los jefes de pandilla.

El nacionalismo no haría ciertamente el milagro de cambiar de la noche a la mañana estas malas prácticas por procedimientos de mejor acuerdo y conveniencia, pues en las comarcas donde sus hombres imperan, las haciendas locales llevan vida tan precaria como en Extremadura y Andalucía y el caciquismo se ejerce con iguales atrevimientos.

En cuanto a la centralización, ciego estará el que no vea con claridad meridiana, que lo que abominan de Madrid los catalanistas, sería más tarde en Barcelona planta frondosa y de profundas raíces.

A semejanza de lo que se hace en la vida agrícola, debemos establecer la cátedra ambulante para ir a los pueblos a decirles los riesgos que correría España bajo la influencia de las ideas nacionalistas, y lo urgente que es sanear el ambiente social estableciendo la autonomía municipal al amparo de los hombres capacitados de sus derechos y obligaciones.

Ahora son muchos los pueblos donde se buscan insolventes para que vayan al concejo a servir de editores responsables a media docena de pequeños ambiciosos que, por no tener nada que les recomiende, ni siquiera cuentan con arrestos para responder de sus malas obras.

El saneamiento del municipio español tiene que hacerse mandando a la casa del pueblo hombres sin tacha, importando poco la clase social a que pertenezcan, pues la honorabilidad y el patriotismo no están vinculados en ningún rango social.

Nuestra legislación da sobradas facilidades para esta empresa de redención social.

La providencia de las clases humildes, dice Chamberlain, que es el municipio en Inglaterra.

Allí todos los vecinos miran cosa propia los asuntos locales.

Recomendamos tan hermoso ejemplo, pues buena falta hace que se importe del extranjero algo de cuya utilidad no pueda dudarse en el orden económico y en el social.

martes, 17 de febrero de 2015

El regionalismo castellano

(Artículo en el diario madrileño El eco del pueblo, 21 de julio de 1917)

Por Francisco Rivas Moreno (Miguelturra, 1851-Ciudad Real, 1935)

Para los hijos de Castilla la idea de la Patria está colocada en el altar de sus más puras adoraciones, y el mayor placer es ofrendarla todo linaje de sentimientos nobles y de acciones generosas, anhelosos de ver a la madre común disfrutar de grandes prosperidades. No tiene, por tanto, el regionalismo castellano ni el más remoto parentesco con el que en malhora propaga Cambó por algunas provincias.

El regionalismo a que aludía el ilustre general Aguilera en un discurso del Hotel Ritz es el que,por nada ni nadie, se presta a debilitar ni romper las disciplinas de la unidad nacional.

Importa mucho al interés público acabar con los equívocos en todo cuanto hace relación con las campañas regionalistas, pues los catalanes que han tremolado esta bandera empezaron las propagandas con palabras tan poco explícitas que dejaban la duda de si abogarían por la descentralización o el principio federativo; pero las intenciones han ido quedando al descubierto a medida que se han creído más fuertes, y Cambó habló en Bilbao con tal desenfado del nacionalismo, que ya no hay que leer entre líneas en los discursos de este propagandista para saber que ni Mella, ni Maura, ni ningún buen español pueden comulgar con sus ideas.

La Vizcaya, en Galicia y en otras regiones de la Península que tienen dialecto propio, los regionalistas catalanes intentan buscar prosélitos, tocando algunas fibras del sentimentalismo, a las que saben ellos que no deja de responder la irreflexión.

El hecho de que los catalanes y vizcaínos enseñen a sus hijos el dialecto en que sus antecesores expresaron los cariños de familia y los amores a la Patria nada tiene que ver con la idea nefasta de querer romper los vínculos de una nacionalidad gloriosa formada por los siglos a costa de innumerables sacrificios.

Para los castellanos, el problema del regionalismo no representa otra cosa que la obra del progreso nacional por medio de la división del trabajo.

Cada región tiene intereses particulares que, fomentados por los que en ella viven con unidad de esfuerzos y aspiraciones que permite el interés común, dará por resultado una mayor cultura y un estado económico más próspero.

La hacienda nacional no es, en realidad, otra cosa que la suma de las regionales, y, por tanto, a mayor prosperidad de ellas corresponderá un mayor florecimiento de la primera.

No tienen los catalanes, ciertamente, la exclusiva en lo que atañe a la protesta enérgica y sincera contra los males del centralismo administrativo; pero el remedio de éstos no se acude tratando de amputar al cuerpo nacional todos los miembros para provocar la muerte, sino aplicando aquellas normas de conducta que el estudio y la experiencia recomiendan como de eficacia bastante para llevar a la normalidad el país.

Hay que agregar, a una descentralización bien meditada, otros particulares, que, si bien no tienen alcance tan extraordinario como esta primera reforma, que pudiéramos calificar de espina dorsal del regionalismo, son complemento obligado de este programa.

Aludo al hecho de que los hijos de cada región sean los primeros en la labor de engrandecimiento de la patria chica, tanto porque, estando llamados a recoger los provechos, sobre ellos pesa la obligación de un concurso entusiasta y decidido, cuando porque, educados en los apremios económicos de la región y en sus necesidades morales y materiales, es natural que a ellos les sea más llano el camino a recorrer que a los extraños al sentir y vivir de comarcas a las que no estuvieron nunca ligados por vínculos de ninguna clase.

Se desenvuelve nuestra vida en una serie de círculos concéntricos; tenemos en la familia los más fuertes afectos; siguen a éstos los del pueblo donde nacimos; después, la provincia; más tarde la región, y, por último, la nación.

Ha tenido la Mancha hijos ilustres a quienes en la historia se dedican algunas páginas escritas con pluma de oro; y, a pesar de esto, no hay en aquella región, para mí tan querida, un monumento que los recuerde a la posteridad, sucediendo esto precisamente en una época en que se ve levantar estatuas a medianías, ayunas por completo de todos aquellos méritos que legitiman estas distinciones sociales.

Siendo Presidente de la Diputación de Ciudad Real propuse a la Corporación, y ésta aceptó por unanimidad, que se levantaran dos estatuas: una a Espartero y otra a Monescillo.

Cuando estos dos grandes hombres llegaron a las más altas jerarquías, de la gobernación del país primero, y del estado eclesiástico el segundo, vivían extraños por completo a la patria chica, porque ésta poco o nada les había ayudado para subir la escala de las altas distinciones. Todo, absolutamente todo, lo debían al esfuerzo individual como ahora sucede al general Aguilera. Muchas personas han creído que Espartero era riojano.

Los tiempos han variado, afortunadamente, y yo me enteré con singular satisfacción de los agasajos y distinciones que hace meses dieron ocasión para exteriorizar los entusiasmos y el cariño con que la patria chica premiaba los relevantes méritos de dos pintores tan eximios como Carlos Vázquez y Ángel Andrade.

Los catalanes, que tanto abusaron del Arancel en daño de las demás regiones, quisieran, para otros efectos, rodear a aquellas provincias con una muralla parecida a la de China persiguiendo un aislamiento que los hechos evidenciarían bien pronto que les era dañoso.

En Castilla no es el egoísmo escudo que pueda amparar las conveniencias de la región.