(El Imparcial, 29 de junio de 1908, p. 2)
MEETING EN SEGOVIA
Tiempo hace que la opinión castellana deseaba que de algún modo se hiciera constar en públicas reuniones su protesta contra la acusación catalanista y contra los denuestos de que la han hecho víctima la solidaridad y sus colaboradores.
El meeting celebrado esta tarde es el principado de una campaña de reivindicación y resurgimiento del espíritu castellano. Gran entusiasmo ha despertado en esta capital.
El meeting a las tres y media de la tarde comentó el meeting. Poco antes había llegado con automóvil el Sr. D. Santiago Alba con algunos de sus amigos. Se le hizo un caluroso recibimiento.
Preside el acto el senador D. Raimundo Ruiz. En el escenario están numerosas representaciones de los pueblos de la provincia y caracterizados elementos del partido liberal de Segovia.
El presidente saluda a los huéspedes y propone que se cree una Junta que defienda incesantemente las intereses de Castilla.
El Sr. Pedrazuela presenta al Sr. Alba, expresando la gratitud de los segovianos por su cooperación al acto. Dice que Segovia será enérgica y leal en la batalla emprendida.
D. Mariano Matesanz demuestra con ejemplos históricos el vigor de todos los segovianos en las empresas nacionales.
D. Enrique Gavilán, diputado provincial de Valladolid, saluda en nombre de aquella comarca a los segovianos, y ofrece el concurso constante de ella para todos los esfuerzos que conduzcan a la integridad de la patria y al mejoramientio del pueblo castellano.
Pronunciaron luego discursos muy elocuentes y aplaudidos e inspirados en los mismos ideales D. Vicente Gay, catedrático de Valladolid; D. Luis Carretero, concejal republicano; el Sr. Zaballa, catedrático de la Universidad de Madrid; D. Félix Gil, director del
Diario de Avisos; D. Higinio Arrivas, diputado provincial; D. Victoriano Llorente, y D. Manuel Torrequiza. Todos son muy aplaudidos.
Discurso de Santiago Alba
El Sr. Alba pronuncia excelente discurso, en el que aparecen condensadas las aspiraciones de Castilla, enfrente de la invasión predominante y absorbente halagada por todos los favores oficiales del movimiento catalanista.
Recuerda que hace tres meses, desde Palencia, en un acto público como el de ahora, pidió que en Barcelona se le concediera una tribuna en que defender la gran verdad castellana y española. El tiempo ha pasado, y aquella solicitud no ha sido acogida. Recuerda que al terminar una conferencia que dio hace poco en el Círculo Mercantil de Salamanca propuso a aquel Centro que invitase mpuso al Sr. Cambó a hablar en defensa de sus ideas en aquel mismo Centro. La iniciativa fue aceptada, y el Sr. Cambó habló en Salamanca, dicen que no como lo hace en Cataluña, y fue oído con respeto y hasta con aplauso. Véase la diferencia entre lo que se hace aquí y en lo que allí se ejecuta. Aunque sea menos gallardo y memos caballeresco, es más cómodo el prodedimiento de alejar al adversario, de evitar que se le conozca y de impedir que con su presencia y sus palabras se desvanezcan sus posiciones mentidas en que se funda toda una campaña.
Demuestra luego el Sr. Alba que el señor Maura, en su afán desmedido de atraerse a la derecha de la solidaridad, ha abandonado por entero la tradición gamacista, que tuvo a Castilla por cuna y que era la concreción parlamentaria y política de un estado de opinión de las muchedumbres campesinas.
Proclama luego el orador la reconstitución de la meseta distinguiendo lo que debe ser fruto de la acción privada de lo que hay derecho a pedir al Estado. Dice que en la ley de administración local que se discute, se ha olvidado por completo al Municipio secular y clásico, que es el pequeño Municipio rural, labrador y ganadero, para no ocuparse, mirando á Barcelona, sino del gran Ayuntamiento capitalista y urbano. Y mientras a éste se le brinda con facilidades y desenvolvimientos que pueden ser y son ya un principio de disociación y un comienzo de regresión medioeval, en la lengua y en la cultura. Se hace tabla rasa de usos y costumbres patriarcales, que a través de los siglos nos habían trasmitido la austera y democrática función de los gloriosos Concejos de Castilla.
El orador protesta de que se suponga a esta región falta de toda iniciativa, petitificada dentro de su costra de tantos siglos. Señala el resurgir asombroso de la agricultura, abierta ya hoy en varias províncias a todas las novedades del cultivo moderno, y en el otden industrial cita, entre otros datos, el de que mientras Castilla va aprovechando todos los saltos de agua de que dispone, trasportando la energía a grandes distancias, el capital catalán repugna estas aventuras, los grandes estupendos saltos de la provincia de Lérida continúan inexplotados y Barcelona y su provincia consumen enormes cantidades de carbón y la crisis últinaa de sus finanzas salvadas al auxilio, no de los Bancos catalanes, sitio del Banco del Estado, del Banco de España, prueba cómo en el orden de la organización del crédito falta mucho camino que andar a los que protectoramente nos brindan su hegemonía.
El Sr. Alba hace después una crítica serena y documentadísima con cifras y datos de lo que ha signiflcado nuestra política económica en los últimos años. El pueblo -dice- mira con ceño torvo a políticos y generales a quienes supone causantes de la pérdida de las colonias. Y no se fija en la inspiración de todo nuestro régimien colonial salía no tanto de Madrid como de Barcelona. Al mantenimiento de una exportación artificiosa, desarrollada no por la bondad del producto ni por la baratura del precio, sino por medidas de Gaceta, se sacrificó todo, hasta la seriedad de la forma del Estado. La famosa ley de relaciones comerciales con Cuba no llegó a cumplirse. Y los que entonces para esto se envolvieron en la bandera española, hoy truenan contra el régimen, cuya principal culpa consiste en haberse preocupado más de eilos que de hacer a España querida y respetada, por la libertad política y económica, en Cuba y en Filipinas.
(...)
Castilla, un resurgimiento material necesario
Por un castellanismo contra la Agenda 2030
"Los que aseguran que es imposible no deberían interrumpir a los que estamos intentándolo" (T. A. Edison).
jueves, 26 de octubre de 2017
martes, 3 de octubre de 2017
Una visión castellana del desequilibrio regional
Por Fabiá Estapé Rodríguez
(Portbou, 1923-Navatejera (León), 2012)
(Serra d'Or, vol. 6 (1964), nº 2-3, p. 22-23 )
La transcendencia de la localización regional del desarrollo económico sobre el núcleo de los problemas que han dificultado el simple curso de la vida española fue recogida y subrayada por Gregorio Fernández Díez en su obra El Valor de Castilla. El ejemplar consultado contiene una convocatoria autógrafa que dice: "Para el maestro-filósofo don José Ortega y Gasset, con el propósito que la lectura de estas páginas le induzca a investigar mi tesis: los problemas nacionalistas de Cataluña y Vasconia son producto de su potencia económica, y, por tanto, a los problemas económicos no hace falta buscarles soluciones políticas. Castilla es la clave del abanico peninsular".
Fernández Díez parte de una tesis concreta: la localización industrial constituye una fuente de conflictos; el remedio consiste en la diseminación. "Las comarcas interiores de España, la España castellana, avanzando teorías que después hemos de fundamentar más ampliamente, necesitan industrializarse, no solamente para activar su vida económica, sino también porque conceptuamos que el desnivel económico que separa una regiones de otras, además de contribuir a plantear los pleitos regionalistas o nacionalistas, presenta también otro matiz, no exento de peligro en caso de invasión nacional. Este aspecto es el de la eficiencia de la defensa del territorio". Para esto recomienda la dispersión industrial: "las nuevas, especialmente industriales, deben recoger el lugar apropiado para su mejor desarrollo y distribuir algunas por toda la nación, porque su concentración o localización, en muchos casos, no es beneficiosa sino a la comarca o a la población donde radican, pero bien poco a la nación en general". "Y no produce el mismo efecto la diseminación que el agrupamiento, ni en el aspecto económico ni en ninguno. Además la dispersión de los pequeños centros industriales contribuye tanto a la difusión de la riqueza como de la cultura, si bien reconocemos que todo progreso material o cultural tiene su origen en los grandes centros industriales o en las grandes poblaciones. Estas consideraciones bastarían para dar importancia al estudio del problema de la diseminación industrial, que equivale a reducir a sus términos, a estudiar los medios de industrializar mucho o poco todas las provincias de España tomando como base para esto sus riquezas naturales".
¿Por qué la necesidad de modificar la localización industrial? Los motivos se encuentran en una esfera superior a la de los factores económicos. En opinión de Fernández Díez, la contraposición económica litoral-interior (con predominio de la actividad industrial en la zona periférica) es cosa de todos los países. La singularidad del caso español radica en las implicaciones políticas que han resultado del desnivel económico interzonal. Consideramos su punto de vista: "España está también sujeta a estas mismas leyes geográficas, pero el fenómeno que diferencia en todo lugar el nivel económico de unas regiones sobre otras tiene aquí un relieve singular y una característica peculiar, por tal es causa y motivo de un desequilibrio político, que es como decir de un pleito con desviaciones de orden secesionista, que así podemos conceptuar el problema autonomista catalán, e incluso el vasco. Quizá no es una diferente distribución de las energías y las riquezas nacionales la única causa y fundamento de tales pleitos, pero no hace falta decirlo, es, sin discusión, la más poderosa, la más efectiva, la que más fuerza da a la voluntad de sus aspiraciones. Y que es así, no cabe dudarlo. El problema se ha ido agravando, ha ido tomando extensión y fuerza a medida que Cataluña consolidaba su importancia
industrial. En los días en los que es celebrada la Exposición Universal de Barcelona de 1888 es cuando despega la idea, la aspiración nacionalista. El problema no es puridad de diferenciación de personalidad, ni de derecho, ni de raza, ni de idioma, porque la antigua personalidad de Cataluña fue reconocida en la historia y siempre fue la misma; el derecho foral siempre fue respetado, aunque en la práctica nadie haga uso del mismo; la raza era, hace cuatro lustros, más pura que ahora, mezclada de sangre y de apellidos catalanes, y el idioma propio, más hablado que ahora, en el que el pueblo domina el idioma extraño. Siendo así, se dirá: ¿por qué no surgió el pleito, y aparece ahora, de treinta años a esta parte? La respuesta es sencilla: el pleito autonomista o nacionalista catalán se desarrolla y arraiga su desarrollo económico, y crece al compás
del crecimiento urbanístico de Barcelona y de la instalación de nuevas industrias".
La extensa citación revela la percepción notable de las consecuencias profundas del desnivel económico regional. El avance económico relativo conseguido en determinadas regiones actúa como fuerza decisiva en el planteamiento del que Fernández Díez denomina el "pleito político". De esta manera, que los otros factores concurrentes no conseguirían repercusión importante -susceptible de convertirse en problema para la vida nacional-, si no contaban con el consentimiento y el estímulo que supone el factor económico: "Todas aquellas pretendidas diferencias étnicas, lingüísticas, de historia, etc., sino venían sostenidas por la riqueza industrial,
no de Cataluña, sino de Barcelona, la fuerza comercial y financiera de la cual es potentísima, carecerían de valor. Sin el peso que representa Barcelona, con el millón de habitantes, que es sin discusión, en diferentes aspectos, la primera ciudad de España,
nosotros, sin afirmar rotundamente que no hubiese sido planteado el pleito político, nos permiten dudarlo". Y todo esto porque "son las chimeneas del llano del Llobregat y del Besós, y los convertidores, los martinetes y los cargadores instalados cerca de la ría de Bilbao
el origen de la jactancia y aun de la distinta apreciación política en las cuestiones nacionales".
El planteamiento de la situación y su dinámica traen a Fernández Díez a denunaciar la incomprensión total con que fue interpretado tanto en los órganos de decisión como en los de opinión. "Para ser sinceros, por tanto, hemos de significar que si se hubiese comprendido el verdadero carácter de pleito nacionalista, que no han comprendido a Madrid ni un solo gobierno, ni un solo político, ni un solo periódico; si hubiese sido comprendido donde radicaba la esencia y la potencia, quizá no hibiese tomado un desagradable cariz ni tanta importancia". La incomprensión domina igualmente en el
volumen La Autonomía catalanista ante el Parlamento Nacional, donde están reproducidos discursos de Antonio Maura, Niceto Alcalá-Zamora, José Gascón y Marín, Alfons Sala, Víctor Pradera y el conde de Romanones. A pesar de sus grandilocuentes -señala Fernández Díez-, no acertaban la clave: no acertaban la clave porque "un problema de índole esencialmente econonómica no puede ser resuelto con procedimientos políticos. Un problema que surge principalmente del desnivel que existe entre la riqueza media de Cataluña (diríamos mejor de Barcelona) o la de Vizcaya y la de otras regiones y provincias de la nación, no tiene otra solución que procurar elevar el nivel de la fuerza económica de aquellas regiones más modestas o, si se quiere, más pobres. La acción de los gobiernos debe ir encaminada resueltamente, no para llenar la "Gaceta" de estatutos y reglamentos de cualquier género, que probablemente serán una farsa más, sino a impulsar la riqueza de las regiones pobres fomentando la actividad mediante la construcción de ferrocarriles, pantanos y, en general, de obras públicas. Y todo el resto son músicas celestiales. Si tan solo en dos lustros podíamos convertir Zaragoza, Córdoba y Valladolid en poblaciones de 150.000 almas, y León, Albacete
y Burgos en ciudades de 100.000 habitantes, y al compás de la población acrecentar la industria, la faz de Españasería muy diferente. Solamente creando media docena de poblaciones fabriles en el interior de España, la geografía económica y política nacional sería alterada en unos términos que pronto dejarían aquellos cacareados problemas que son artificiosa realidad o realidad artificiosa".
He aquí un esbozo de la solución contemplada en una época particularmente importante para la economía entre 1920 y 1930, y que consistía en industrializar el resto del Estado con la finalidad de conseguir nivelar económicamente, una mayor homogeneidad en la distribuición espacial de la riqueza y de las actividades económicas. Es muy posible que el remedio parezca hoy excesivamente simple ante la amplitud y la profundidad del fenómeno: un fenómeno que posee, además de causas económicas, otras causas de tipo muy diverso. Pero importa consignar el diagnóstico. La escasa atención que mereció en su tiempo la obra de Fernández Díez deja de ser
sorprendente, si consideramos el carácter excepcional que ha tenido entre nosotros -los economistas- la comprensión del fenómeno de las desigualdades económicas del conjunto del Estado español. Finalmente, es justo dejar constancia del criterio conciliador de Fernández Díez, el cual en las última página del libro alude a las posibilidades que ofrecerá el nivelamiento económico para una política de mayor flexibilidad: "Aclarada esta premisa, la generosa aceptación de las diversidades peninsulares sería una solución sin peligro, por el gran hinterland que ventiséis provincias representan, hace falta esperar todavía mucho: lo repetimos".
(Portbou, 1923-Navatejera (León), 2012)
(Serra d'Or, vol. 6 (1964), nº 2-3, p. 22-23 )
La transcendencia de la localización regional del desarrollo económico sobre el núcleo de los problemas que han dificultado el simple curso de la vida española fue recogida y subrayada por Gregorio Fernández Díez en su obra El Valor de Castilla. El ejemplar consultado contiene una convocatoria autógrafa que dice: "Para el maestro-filósofo don José Ortega y Gasset, con el propósito que la lectura de estas páginas le induzca a investigar mi tesis: los problemas nacionalistas de Cataluña y Vasconia son producto de su potencia económica, y, por tanto, a los problemas económicos no hace falta buscarles soluciones políticas. Castilla es la clave del abanico peninsular".
Fernández Díez parte de una tesis concreta: la localización industrial constituye una fuente de conflictos; el remedio consiste en la diseminación. "Las comarcas interiores de España, la España castellana, avanzando teorías que después hemos de fundamentar más ampliamente, necesitan industrializarse, no solamente para activar su vida económica, sino también porque conceptuamos que el desnivel económico que separa una regiones de otras, además de contribuir a plantear los pleitos regionalistas o nacionalistas, presenta también otro matiz, no exento de peligro en caso de invasión nacional. Este aspecto es el de la eficiencia de la defensa del territorio". Para esto recomienda la dispersión industrial: "las nuevas, especialmente industriales, deben recoger el lugar apropiado para su mejor desarrollo y distribuir algunas por toda la nación, porque su concentración o localización, en muchos casos, no es beneficiosa sino a la comarca o a la población donde radican, pero bien poco a la nación en general". "Y no produce el mismo efecto la diseminación que el agrupamiento, ni en el aspecto económico ni en ninguno. Además la dispersión de los pequeños centros industriales contribuye tanto a la difusión de la riqueza como de la cultura, si bien reconocemos que todo progreso material o cultural tiene su origen en los grandes centros industriales o en las grandes poblaciones. Estas consideraciones bastarían para dar importancia al estudio del problema de la diseminación industrial, que equivale a reducir a sus términos, a estudiar los medios de industrializar mucho o poco todas las provincias de España tomando como base para esto sus riquezas naturales".
¿Por qué la necesidad de modificar la localización industrial? Los motivos se encuentran en una esfera superior a la de los factores económicos. En opinión de Fernández Díez, la contraposición económica litoral-interior (con predominio de la actividad industrial en la zona periférica) es cosa de todos los países. La singularidad del caso español radica en las implicaciones políticas que han resultado del desnivel económico interzonal. Consideramos su punto de vista: "España está también sujeta a estas mismas leyes geográficas, pero el fenómeno que diferencia en todo lugar el nivel económico de unas regiones sobre otras tiene aquí un relieve singular y una característica peculiar, por tal es causa y motivo de un desequilibrio político, que es como decir de un pleito con desviaciones de orden secesionista, que así podemos conceptuar el problema autonomista catalán, e incluso el vasco. Quizá no es una diferente distribución de las energías y las riquezas nacionales la única causa y fundamento de tales pleitos, pero no hace falta decirlo, es, sin discusión, la más poderosa, la más efectiva, la que más fuerza da a la voluntad de sus aspiraciones. Y que es así, no cabe dudarlo. El problema se ha ido agravando, ha ido tomando extensión y fuerza a medida que Cataluña consolidaba su importancia
industrial. En los días en los que es celebrada la Exposición Universal de Barcelona de 1888 es cuando despega la idea, la aspiración nacionalista. El problema no es puridad de diferenciación de personalidad, ni de derecho, ni de raza, ni de idioma, porque la antigua personalidad de Cataluña fue reconocida en la historia y siempre fue la misma; el derecho foral siempre fue respetado, aunque en la práctica nadie haga uso del mismo; la raza era, hace cuatro lustros, más pura que ahora, mezclada de sangre y de apellidos catalanes, y el idioma propio, más hablado que ahora, en el que el pueblo domina el idioma extraño. Siendo así, se dirá: ¿por qué no surgió el pleito, y aparece ahora, de treinta años a esta parte? La respuesta es sencilla: el pleito autonomista o nacionalista catalán se desarrolla y arraiga su desarrollo económico, y crece al compás
del crecimiento urbanístico de Barcelona y de la instalación de nuevas industrias".
La extensa citación revela la percepción notable de las consecuencias profundas del desnivel económico regional. El avance económico relativo conseguido en determinadas regiones actúa como fuerza decisiva en el planteamiento del que Fernández Díez denomina el "pleito político". De esta manera, que los otros factores concurrentes no conseguirían repercusión importante -susceptible de convertirse en problema para la vida nacional-, si no contaban con el consentimiento y el estímulo que supone el factor económico: "Todas aquellas pretendidas diferencias étnicas, lingüísticas, de historia, etc., sino venían sostenidas por la riqueza industrial,
no de Cataluña, sino de Barcelona, la fuerza comercial y financiera de la cual es potentísima, carecerían de valor. Sin el peso que representa Barcelona, con el millón de habitantes, que es sin discusión, en diferentes aspectos, la primera ciudad de España,
nosotros, sin afirmar rotundamente que no hubiese sido planteado el pleito político, nos permiten dudarlo". Y todo esto porque "son las chimeneas del llano del Llobregat y del Besós, y los convertidores, los martinetes y los cargadores instalados cerca de la ría de Bilbao
el origen de la jactancia y aun de la distinta apreciación política en las cuestiones nacionales".
El planteamiento de la situación y su dinámica traen a Fernández Díez a denunaciar la incomprensión total con que fue interpretado tanto en los órganos de decisión como en los de opinión. "Para ser sinceros, por tanto, hemos de significar que si se hubiese comprendido el verdadero carácter de pleito nacionalista, que no han comprendido a Madrid ni un solo gobierno, ni un solo político, ni un solo periódico; si hubiese sido comprendido donde radicaba la esencia y la potencia, quizá no hibiese tomado un desagradable cariz ni tanta importancia". La incomprensión domina igualmente en el
volumen La Autonomía catalanista ante el Parlamento Nacional, donde están reproducidos discursos de Antonio Maura, Niceto Alcalá-Zamora, José Gascón y Marín, Alfons Sala, Víctor Pradera y el conde de Romanones. A pesar de sus grandilocuentes -señala Fernández Díez-, no acertaban la clave: no acertaban la clave porque "un problema de índole esencialmente econonómica no puede ser resuelto con procedimientos políticos. Un problema que surge principalmente del desnivel que existe entre la riqueza media de Cataluña (diríamos mejor de Barcelona) o la de Vizcaya y la de otras regiones y provincias de la nación, no tiene otra solución que procurar elevar el nivel de la fuerza económica de aquellas regiones más modestas o, si se quiere, más pobres. La acción de los gobiernos debe ir encaminada resueltamente, no para llenar la "Gaceta" de estatutos y reglamentos de cualquier género, que probablemente serán una farsa más, sino a impulsar la riqueza de las regiones pobres fomentando la actividad mediante la construcción de ferrocarriles, pantanos y, en general, de obras públicas. Y todo el resto son músicas celestiales. Si tan solo en dos lustros podíamos convertir Zaragoza, Córdoba y Valladolid en poblaciones de 150.000 almas, y León, Albacete
y Burgos en ciudades de 100.000 habitantes, y al compás de la población acrecentar la industria, la faz de Españasería muy diferente. Solamente creando media docena de poblaciones fabriles en el interior de España, la geografía económica y política nacional sería alterada en unos términos que pronto dejarían aquellos cacareados problemas que son artificiosa realidad o realidad artificiosa".
He aquí un esbozo de la solución contemplada en una época particularmente importante para la economía entre 1920 y 1930, y que consistía en industrializar el resto del Estado con la finalidad de conseguir nivelar económicamente, una mayor homogeneidad en la distribuición espacial de la riqueza y de las actividades económicas. Es muy posible que el remedio parezca hoy excesivamente simple ante la amplitud y la profundidad del fenómeno: un fenómeno que posee, además de causas económicas, otras causas de tipo muy diverso. Pero importa consignar el diagnóstico. La escasa atención que mereció en su tiempo la obra de Fernández Díez deja de ser
sorprendente, si consideramos el carácter excepcional que ha tenido entre nosotros -los economistas- la comprensión del fenómeno de las desigualdades económicas del conjunto del Estado español. Finalmente, es justo dejar constancia del criterio conciliador de Fernández Díez, el cual en las última página del libro alude a las posibilidades que ofrecerá el nivelamiento económico para una política de mayor flexibilidad: "Aclarada esta premisa, la generosa aceptación de las diversidades peninsulares sería una solución sin peligro, por el gran hinterland que ventiséis provincias representan, hace falta esperar todavía mucho: lo repetimos".
domingo, 3 de septiembre de 2017
Llanura
Por S. Valverde López
(Vida manchega, 28 de noviembre de 1912, p. 5)
Serrana, serranilla, /
que vas cantando, al hombro la gavilla /
y dejas la llanura /
donde todo su fuego el sol encierra /
buscando grata sombra en la espesura /
de la zarza florida de la sierra... /
En la apacible sombra del camino /
te agrada más el trino /
de un pájaro cercano, /
que el chirriar de las aspas del molino /
que clama victorioso por el llano.
Serrana, serranilla /
que dejas las llanuras de Castilla, /
llanos que, sin piedad, el sol caldea, /
y huyendo de ese fuego que derrama, /
buscas, lo que te brinda el Guadarrama /
la nevada casita de la aldea... /
El zagalón que un día /
te encontró en el sendero y muy garrido /
deslizó con suprema galanía /
palabras engañosas en tu oído, /
ya nunca te acompaña /
por el sendero gria de la montaña.
Aquel reír sonoro y abrileño /
de tu primer ensueño, /
ya no imita la fuente /
de música perlada, /
ni el agua bulliciosa del torrente /
ni el pájaro hablador de la enrramada. /
Todo pasó; la brisa /
no baja a la llanura /
el eco de tu risa; /
y ahora que vagas sola por la tierra /
llorando tu ventura, /
te aconsejo que dejes los pinares /
de las altivas cumbres de la sierra /
y bajea a los llanos de Castilla /
donde oirás placentera mis trovares /
pues para tí los hice, serranilla.
(Vida manchega, 28 de noviembre de 1912, p. 5)
Serrana, serranilla, /
que vas cantando, al hombro la gavilla /
y dejas la llanura /
donde todo su fuego el sol encierra /
buscando grata sombra en la espesura /
de la zarza florida de la sierra... /
En la apacible sombra del camino /
te agrada más el trino /
de un pájaro cercano, /
que el chirriar de las aspas del molino /
que clama victorioso por el llano.
Serrana, serranilla /
que dejas las llanuras de Castilla, /
llanos que, sin piedad, el sol caldea, /
y huyendo de ese fuego que derrama, /
buscas, lo que te brinda el Guadarrama /
la nevada casita de la aldea... /
El zagalón que un día /
te encontró en el sendero y muy garrido /
deslizó con suprema galanía /
palabras engañosas en tu oído, /
ya nunca te acompaña /
por el sendero gria de la montaña.
Aquel reír sonoro y abrileño /
de tu primer ensueño, /
ya no imita la fuente /
de música perlada, /
ni el agua bulliciosa del torrente /
ni el pájaro hablador de la enrramada. /
Todo pasó; la brisa /
no baja a la llanura /
el eco de tu risa; /
y ahora que vagas sola por la tierra /
llorando tu ventura, /
te aconsejo que dejes los pinares /
de las altivas cumbres de la sierra /
y bajea a los llanos de Castilla /
donde oirás placentera mis trovares /
pues para tí los hice, serranilla.
lunes, 31 de julio de 2017
Elogio de Castilla
Por Ángel Dotor
(Argamasilla de Alba, 1898-1986)
(Don Quijote y el Cid (viajes por Castilla)(1928), p. 7-14)
He aquí la región española célebre entre las célebres: la augusta Castilla. Todo un solemne estremecimiento nos invade al pronunciar su sagrado nombre, que suena, eufónico, como ancestral invocación: ¡Castilla! Sobre un prócer suelo han acaecido, en el decurso del tiempo, los hechos esenciales de la civilización y del espelendor de toda una raza. En su Historia, esculpida con los monumentos máximos de las Letras que producir pueden los ingenios soberanos, figuran las acciones heroicas, los sacrificios sublimes, las nobles realizaciones de patriotismo y de supremo ideal, dignos de ser diputados como la más prístina ejecutoria de nobleza de un pueblo.
¡Castilla! Desde la disposición que a su suelo dióle Natura, contextura que ya descubre la reciedumbre espiritual de los que en ella habitaron, hasta el carácter heroico de sus moradores, que se hecha de ver en ellos, apenas venidos a la vida de la civilización como núcleo de nuestra nacionalidad; lo mismo contemplando su larga cruzada contra el invasor, diferente a él en modalidades tantas y tan diversas, que inquiriendo el secreto de su suelo y de sus hombres en los valiosos tesoros de Arte que en su seno crearon; todo en Castilla es simbólico de fe y religiosidad, de patriotismo y civilización, de franca devoción a la hidalguía y la belleza. Escuchar o pronunciar el nombre de Castilla debe ser para nosotros como oír Reconquista, Renacimiento, Descubrimientos, porque Castilla dio la vida al Romancero y al Quijote, más allá de lo cual no hay nada.
Al continuar Castilla siendo la genuina tierra de la epopeya, seguimos creyendo grande a esta parte de nuestro suelo nacional. Antes era el noble guerrero, el esforzado paladín, el capitán valiente, quien reconquistaba lauros para la región inmortal, con las hazañas de su brazo prócer; hoy el héroe castellano es otro: el labriego humilde, digno de todos nuestros cantos, que luchando denodadamente -aunque no contra el invasor ni en aras de la religión, sino por el pan, por el denario con que subvenir a la subsistencia, para la que desde tiempo bíblico se le impuso el trabajo, el más noble de los deberes- también da vida y carácter a Castilla. Ved, pues, que la región inmortal guarda todo el encanto majestuoso y toda la arrobadora poesía de lo pretérito, hoy como ayer. Pensemos en la incalculable riqueza de su ubérrimo suelo -que no pasan a creer los de la periferia peninsular, por lo mismo que no la conocen-, y en la insuperable historia de sus gentes, en el recuerdo incomparable de su tradición y en el venturoso porvenir que le auguramos. Ello hará que destaquemos nuestras testas, que nuestra boca musite frases místicas de amor y entone estrofas dulces dulces y entusiásticas con que ponderar lo que sentimos por Castilla. ¡Castilla! ¡Bendita tú eres, que fuiste codiciada, en ininterrumpida serie de inavasiones, por fenicios, griegos, cartagineses, romanos, godos y árabes; que diste al mundo un Cervantes, un Lope y un Quevedo -magnífica trinidad del genio-; que sostuviste durante durante ocho siglos pelea inaudita en defensa de tu integridad y, con ella, de los principios de la moral y la cultura; que conservas en tu nombre el del idioma que creaste, el más armonioso y bello que articulan los hombres, pasmo y envidia de extraños, orgullo de la raza y vanagloria del saber! Tu destino se ve brillante, tu gran obra en la tierra fue ya gigantesca, y como realizaste esa inmensa labor, te toca recibir, en un próximo mañana -el día en que reine absolutamente en toda la tierra el amor y la fraternidad humanas como imperativos de conducta, con abandono de todo atávico reflejo de material interés, escollo hasta hoy de la paz y la armonía universales-, la devoción de todos los pueblos y todos los hombres.
¡Salve, Castilla, la de los extensos campos áureos de ondulantes mieses; la de los dilatados horizontes de ensueño; la del suelo ya seco, ya fragoso; la de las paramías interminables, hoy llenas de viñedos inmensos, que en ella constituyen ideal simbolización! Bien se necesita la inspección genial del consagrado para poder dar forma, en hermoso canto, a la admiración que todo pecho siente por tu historia, por tu riqueza, por tu paisaje. De tenerla, nuestro elogio sería lo dulce que marca tu hermoso campo, Castilla; lo político de tu sol, fulgurante sobre el cobalto del azur; lo legendario de tus hombres de ayer y de hoy, héroes siempre redivivos; lo entusiasta y consolador de sus glorias, tus monumentos y tu destino en la tierra. ¡Oh, Castilla! Por eso diremos, parafraseando al insigne poeta español con quien la rima alcanzó su mayor elevación, cuando reclamaba el poder divino para sus versos:
"Sí a mí, Señor, bajara tu espíritu inmortal
cantara y no tuvieran mis cánticos igual"
Tanto desde el Cantábrico a la antigua Bética, como desde las fronteras lusitanas hasta las tierras aragonesas y levantinas, en cuyos límites -más políticos que naturales- se extiende el área de su suelo, no hay un rincón que no marque alguna cualidad preciada de esa tierra augusta o algún hecho notable de los varones que la habitaron. Y sus triunfos y sus glorias encarnan los de todo el país, y la raza entera que el que el núcleo de Castilla comenzaron a formarse para ir acrecentándose prodigiosamente, cual providencial designio, venciendo siempre a la mágica sombra de la espada del Cid y de la péñola de Cervantes.
Hay que poderar en Castilla la excelsidad de sus tierras del Norte, allá por donde el padre Duero, azul y tranquilo, discurrir deja el incalculable caudal de su preciada linfa, en la dilatada faja de su llana cuenca, que llega a Portugal. La gran riqueza de la tierra de Campos, y el resto de las provincias de Palencia, Valladolid, Segovia y Burgos, copiosos en granos de todas clases, que atraviesa, en parte, y fecundiza la gran cinta del Canal de Castilla. La hermosura de los valles salmantinos y los oteros zamoranos que insuperablemente cantara el conspicuo bardo de El Ama. La majestuosidad de las cordilleras que la atraviesan, cual armazón óseo del gigante mitológico realizador de designios providenciales: Gredos, elevado y forestal; Moncayo, pintoresco, y la serranía ibérica, tan poblada de coníferas.
Y no hay que olvidar tender la vista por la parte meridional del suelo castellano, con esa región nunca bastante comprendida de la Mancha, que conserva en su esencia el secreto de la espiritualidad, con haber sido el campo recorrido por la hidalga figura del más ilustre de los caballeros andantes, que marcó con su historia el triunfo del Ideal abstracto. La Mancha, con su Guadiana y su Tajo, posee incalculables tesoros de energía, que harán abolir algún día el tópico de su proverbial aridez, ya que su suelo tiene poder latente como el que más para producir abundantes trigales, y que hoy vése festonado en trechos inmensos por las cepas de la lobulada hoja que proporcionan una rápida e incalculable riqueza productiva con su almibarado fruto.
Igual que la región norteña de Castilla la Vieja, y la meridional o Mancha, la Alcarria, de los declives suaves y la riqueza de sus solícitos insectos cuya producción de néctar es émula de la que criaba Himeto. Y también la selva de Cuenca, inmensa un día, atravesada por el manso Júcar, con sus millones de seculares pinos que hoy amenguan considerablemente, merced al sentido utilitario de la época. En todos los rincones de Castilla se encuentran siempre motivos de evocación pretérita y de simpatía actual.
¡Qué no decir de las ciudades castellanas! Toledo, la monumental, la [sic] Museo de Arte y pinacoteca de la Belleza; la de la catedral ornada de filigranas y tesoros; la de tantos y tantos monumentos; la primitiva gran capital de la Monarquía, allá por cuando, dado buen paso en la Reconquista, se echaban las bases de nuestro futuro poderío; la ciudad que con Garcilaso nos daba el oro del verso para la idea, y con sus espadas el acero de la defensa para la patria. Segovia, la ciudad castellana por antonomasia, la que con Toledo comparte el tirso del Arte español; la antigua capital española, en cuyo recinto acaecieron tantos y tantos hechos famosos; la urbe que guarda inmenso tesoro de monumentos de todos los estilos y épocas, singularmente románicos. Ávila la inmortal cuna de la mística Santa Teresa, doctora de la Iglesia, cuyo saber y amor no son de todos bien comprendidos. Valladolid, antigua capital de los Austrias, que en los tiempos modernos ha dado a la patria, entre otros tribuidos, el de sus dos hijos ilustres, Zorrilla y Núñez de Arce, gerifaltes de la Lírica. Y Burgos y Salamanca, que son por igual castellanas, aquélla con su catedral, que no halla rival en el mundo, dadas las filigranas de sus torres y las delicadezas de su ornamentación; Burgos, que guarda en su recinto las cenizas del Cid y, con ellas, la esencia insuperable del Romancero, y Salamanca, la sabia, la Atenas española, cuna y albergue por mucho tiempo de toda nuestra cultura, recinto de varias glorias que fueron honra nuestra, y cátedra durante tantos años para hombres nacionales y extranjeros, que lo mismo se congregaban ayer para oír la voz de uno de nuestros grandes místicos y poetas, fray Luis de León, que siguieron después a la sombra tradicional de la célebre Universidad. Ciudad Real, la ilustre capital manchega fundada por el rey Sabio, y Cuenca, la cuna de San Julián. Y cerrando esta lista, un tanto incompleto, Madrid, la gran capital de la nación que cuanta con tesoros artísticos incomparables y que hoy va figurando en todo a la altura de las mayores del mundo.
Y así como las grandes ciudades y poblaciones en que, por la razón que siguió la sociedad en su evolución secular, se congrega nuestra riqueza y nuestra cultura, guardando su patrimonio de castellanismo, los pueblos, los modestos lugares perdidas en la soledad de la llanura o en la aspereza de la sierra, cuentan también con motivos de agradable recuerdo y celebrada evocación. ¿Cuántos fueron o son estos lugares famosos? Innumerables. Uno, la Numancia de ayer, que dio al mundo el insuperable ejemplo de lo que puede y significa el heroísmo, y otro, la Argamasilla
de Alba de hoy, siempre evocadora de que su existencia marcó el leit motiv creador del Quijote. Uno es Belmonte, en donde nació el glorioso autor de La perfecta casada, y otro es Granátula, donde vino a la vida Espartero, ejemplo de lo que puede alcanzar, desde el más humilde origen, el trabajo, la voluntad y el espíritu superador, de consumo personificados. Y así, en interminable nómina que no prolongamos, encontraremos lugares célebres por los hijos ilustres que dieron, o por los hechos famosos que en ellos se realizaron, por las reliquias que encierran del pasado, o por el significado sublime que su existencia guarda en el Ideario, siempre vivo, de la Patria y de la Raza.
Y la Castilla de hoy es la de siempre. Precisamente hay que ver en el estado de atraso y abandono, en la falta de una aspiración de conciencia colectiva en que por mucho tiempo se ha encontrado sumida, la continuación invariable de su recio espíritu, el poder de su suelo y el individualismo de sus hombres. Ninguna otra región perduraría, pese a todo lo manifestado, como Castilla. El castellano, denodado y valeroso, da la nota de insuperable realismo a la región donde vive y a la cual simboliza. Siempre orgulloso de su abolengo, que sabe es inmarcesible, contento con su destino, satisfecho de su labor. Precisa proclamar, pues, que Castilla continuará siendo grande mientras sus hijos la amen, la admiren, la reverencien. Y el día en que a esta región sublime se la haga entrar definitivamente por los cauces de la cultura elevada y de la inmaculada espitualidad, llegará o ser la reina, la maestra, el Alma máter de la gran obra humana de redención y nobleza que inauguró otrora, y que por motivos tantos debe continuar.
(Argamasilla de Alba, 1898-1986)
(Don Quijote y el Cid (viajes por Castilla)(1928), p. 7-14)
He aquí la región española célebre entre las célebres: la augusta Castilla. Todo un solemne estremecimiento nos invade al pronunciar su sagrado nombre, que suena, eufónico, como ancestral invocación: ¡Castilla! Sobre un prócer suelo han acaecido, en el decurso del tiempo, los hechos esenciales de la civilización y del espelendor de toda una raza. En su Historia, esculpida con los monumentos máximos de las Letras que producir pueden los ingenios soberanos, figuran las acciones heroicas, los sacrificios sublimes, las nobles realizaciones de patriotismo y de supremo ideal, dignos de ser diputados como la más prístina ejecutoria de nobleza de un pueblo.
¡Castilla! Desde la disposición que a su suelo dióle Natura, contextura que ya descubre la reciedumbre espiritual de los que en ella habitaron, hasta el carácter heroico de sus moradores, que se hecha de ver en ellos, apenas venidos a la vida de la civilización como núcleo de nuestra nacionalidad; lo mismo contemplando su larga cruzada contra el invasor, diferente a él en modalidades tantas y tan diversas, que inquiriendo el secreto de su suelo y de sus hombres en los valiosos tesoros de Arte que en su seno crearon; todo en Castilla es simbólico de fe y religiosidad, de patriotismo y civilización, de franca devoción a la hidalguía y la belleza. Escuchar o pronunciar el nombre de Castilla debe ser para nosotros como oír Reconquista, Renacimiento, Descubrimientos, porque Castilla dio la vida al Romancero y al Quijote, más allá de lo cual no hay nada.
Al continuar Castilla siendo la genuina tierra de la epopeya, seguimos creyendo grande a esta parte de nuestro suelo nacional. Antes era el noble guerrero, el esforzado paladín, el capitán valiente, quien reconquistaba lauros para la región inmortal, con las hazañas de su brazo prócer; hoy el héroe castellano es otro: el labriego humilde, digno de todos nuestros cantos, que luchando denodadamente -aunque no contra el invasor ni en aras de la religión, sino por el pan, por el denario con que subvenir a la subsistencia, para la que desde tiempo bíblico se le impuso el trabajo, el más noble de los deberes- también da vida y carácter a Castilla. Ved, pues, que la región inmortal guarda todo el encanto majestuoso y toda la arrobadora poesía de lo pretérito, hoy como ayer. Pensemos en la incalculable riqueza de su ubérrimo suelo -que no pasan a creer los de la periferia peninsular, por lo mismo que no la conocen-, y en la insuperable historia de sus gentes, en el recuerdo incomparable de su tradición y en el venturoso porvenir que le auguramos. Ello hará que destaquemos nuestras testas, que nuestra boca musite frases místicas de amor y entone estrofas dulces dulces y entusiásticas con que ponderar lo que sentimos por Castilla. ¡Castilla! ¡Bendita tú eres, que fuiste codiciada, en ininterrumpida serie de inavasiones, por fenicios, griegos, cartagineses, romanos, godos y árabes; que diste al mundo un Cervantes, un Lope y un Quevedo -magnífica trinidad del genio-; que sostuviste durante durante ocho siglos pelea inaudita en defensa de tu integridad y, con ella, de los principios de la moral y la cultura; que conservas en tu nombre el del idioma que creaste, el más armonioso y bello que articulan los hombres, pasmo y envidia de extraños, orgullo de la raza y vanagloria del saber! Tu destino se ve brillante, tu gran obra en la tierra fue ya gigantesca, y como realizaste esa inmensa labor, te toca recibir, en un próximo mañana -el día en que reine absolutamente en toda la tierra el amor y la fraternidad humanas como imperativos de conducta, con abandono de todo atávico reflejo de material interés, escollo hasta hoy de la paz y la armonía universales-, la devoción de todos los pueblos y todos los hombres.
¡Salve, Castilla, la de los extensos campos áureos de ondulantes mieses; la de los dilatados horizontes de ensueño; la del suelo ya seco, ya fragoso; la de las paramías interminables, hoy llenas de viñedos inmensos, que en ella constituyen ideal simbolización! Bien se necesita la inspección genial del consagrado para poder dar forma, en hermoso canto, a la admiración que todo pecho siente por tu historia, por tu riqueza, por tu paisaje. De tenerla, nuestro elogio sería lo dulce que marca tu hermoso campo, Castilla; lo político de tu sol, fulgurante sobre el cobalto del azur; lo legendario de tus hombres de ayer y de hoy, héroes siempre redivivos; lo entusiasta y consolador de sus glorias, tus monumentos y tu destino en la tierra. ¡Oh, Castilla! Por eso diremos, parafraseando al insigne poeta español con quien la rima alcanzó su mayor elevación, cuando reclamaba el poder divino para sus versos:
"Sí a mí, Señor, bajara tu espíritu inmortal
cantara y no tuvieran mis cánticos igual"
Tanto desde el Cantábrico a la antigua Bética, como desde las fronteras lusitanas hasta las tierras aragonesas y levantinas, en cuyos límites -más políticos que naturales- se extiende el área de su suelo, no hay un rincón que no marque alguna cualidad preciada de esa tierra augusta o algún hecho notable de los varones que la habitaron. Y sus triunfos y sus glorias encarnan los de todo el país, y la raza entera que el que el núcleo de Castilla comenzaron a formarse para ir acrecentándose prodigiosamente, cual providencial designio, venciendo siempre a la mágica sombra de la espada del Cid y de la péñola de Cervantes.
Hay que poderar en Castilla la excelsidad de sus tierras del Norte, allá por donde el padre Duero, azul y tranquilo, discurrir deja el incalculable caudal de su preciada linfa, en la dilatada faja de su llana cuenca, que llega a Portugal. La gran riqueza de la tierra de Campos, y el resto de las provincias de Palencia, Valladolid, Segovia y Burgos, copiosos en granos de todas clases, que atraviesa, en parte, y fecundiza la gran cinta del Canal de Castilla. La hermosura de los valles salmantinos y los oteros zamoranos que insuperablemente cantara el conspicuo bardo de El Ama. La majestuosidad de las cordilleras que la atraviesan, cual armazón óseo del gigante mitológico realizador de designios providenciales: Gredos, elevado y forestal; Moncayo, pintoresco, y la serranía ibérica, tan poblada de coníferas.
Y no hay que olvidar tender la vista por la parte meridional del suelo castellano, con esa región nunca bastante comprendida de la Mancha, que conserva en su esencia el secreto de la espiritualidad, con haber sido el campo recorrido por la hidalga figura del más ilustre de los caballeros andantes, que marcó con su historia el triunfo del Ideal abstracto. La Mancha, con su Guadiana y su Tajo, posee incalculables tesoros de energía, que harán abolir algún día el tópico de su proverbial aridez, ya que su suelo tiene poder latente como el que más para producir abundantes trigales, y que hoy vése festonado en trechos inmensos por las cepas de la lobulada hoja que proporcionan una rápida e incalculable riqueza productiva con su almibarado fruto.
Igual que la región norteña de Castilla la Vieja, y la meridional o Mancha, la Alcarria, de los declives suaves y la riqueza de sus solícitos insectos cuya producción de néctar es émula de la que criaba Himeto. Y también la selva de Cuenca, inmensa un día, atravesada por el manso Júcar, con sus millones de seculares pinos que hoy amenguan considerablemente, merced al sentido utilitario de la época. En todos los rincones de Castilla se encuentran siempre motivos de evocación pretérita y de simpatía actual.
¡Qué no decir de las ciudades castellanas! Toledo, la monumental, la [sic] Museo de Arte y pinacoteca de la Belleza; la de la catedral ornada de filigranas y tesoros; la de tantos y tantos monumentos; la primitiva gran capital de la Monarquía, allá por cuando, dado buen paso en la Reconquista, se echaban las bases de nuestro futuro poderío; la ciudad que con Garcilaso nos daba el oro del verso para la idea, y con sus espadas el acero de la defensa para la patria. Segovia, la ciudad castellana por antonomasia, la que con Toledo comparte el tirso del Arte español; la antigua capital española, en cuyo recinto acaecieron tantos y tantos hechos famosos; la urbe que guarda inmenso tesoro de monumentos de todos los estilos y épocas, singularmente románicos. Ávila la inmortal cuna de la mística Santa Teresa, doctora de la Iglesia, cuyo saber y amor no son de todos bien comprendidos. Valladolid, antigua capital de los Austrias, que en los tiempos modernos ha dado a la patria, entre otros tribuidos, el de sus dos hijos ilustres, Zorrilla y Núñez de Arce, gerifaltes de la Lírica. Y Burgos y Salamanca, que son por igual castellanas, aquélla con su catedral, que no halla rival en el mundo, dadas las filigranas de sus torres y las delicadezas de su ornamentación; Burgos, que guarda en su recinto las cenizas del Cid y, con ellas, la esencia insuperable del Romancero, y Salamanca, la sabia, la Atenas española, cuna y albergue por mucho tiempo de toda nuestra cultura, recinto de varias glorias que fueron honra nuestra, y cátedra durante tantos años para hombres nacionales y extranjeros, que lo mismo se congregaban ayer para oír la voz de uno de nuestros grandes místicos y poetas, fray Luis de León, que siguieron después a la sombra tradicional de la célebre Universidad. Ciudad Real, la ilustre capital manchega fundada por el rey Sabio, y Cuenca, la cuna de San Julián. Y cerrando esta lista, un tanto incompleto, Madrid, la gran capital de la nación que cuanta con tesoros artísticos incomparables y que hoy va figurando en todo a la altura de las mayores del mundo.
Y así como las grandes ciudades y poblaciones en que, por la razón que siguió la sociedad en su evolución secular, se congrega nuestra riqueza y nuestra cultura, guardando su patrimonio de castellanismo, los pueblos, los modestos lugares perdidas en la soledad de la llanura o en la aspereza de la sierra, cuentan también con motivos de agradable recuerdo y celebrada evocación. ¿Cuántos fueron o son estos lugares famosos? Innumerables. Uno, la Numancia de ayer, que dio al mundo el insuperable ejemplo de lo que puede y significa el heroísmo, y otro, la Argamasilla
de Alba de hoy, siempre evocadora de que su existencia marcó el leit motiv creador del Quijote. Uno es Belmonte, en donde nació el glorioso autor de La perfecta casada, y otro es Granátula, donde vino a la vida Espartero, ejemplo de lo que puede alcanzar, desde el más humilde origen, el trabajo, la voluntad y el espíritu superador, de consumo personificados. Y así, en interminable nómina que no prolongamos, encontraremos lugares célebres por los hijos ilustres que dieron, o por los hechos famosos que en ellos se realizaron, por las reliquias que encierran del pasado, o por el significado sublime que su existencia guarda en el Ideario, siempre vivo, de la Patria y de la Raza.
Y la Castilla de hoy es la de siempre. Precisamente hay que ver en el estado de atraso y abandono, en la falta de una aspiración de conciencia colectiva en que por mucho tiempo se ha encontrado sumida, la continuación invariable de su recio espíritu, el poder de su suelo y el individualismo de sus hombres. Ninguna otra región perduraría, pese a todo lo manifestado, como Castilla. El castellano, denodado y valeroso, da la nota de insuperable realismo a la región donde vive y a la cual simboliza. Siempre orgulloso de su abolengo, que sabe es inmarcesible, contento con su destino, satisfecho de su labor. Precisa proclamar, pues, que Castilla continuará siendo grande mientras sus hijos la amen, la admiren, la reverencien. Y el día en que a esta región sublime se la haga entrar definitivamente por los cauces de la cultura elevada y de la inmaculada espitualidad, llegará o ser la reina, la maestra, el Alma máter de la gran obra humana de redención y nobleza que inauguró otrora, y que por motivos tantos debe continuar.
sábado, 29 de julio de 2017
Un libro de Julián Torresano
Por Ángel Dotor
(Argamasilla de Alba, 1898-1986)
(Adelanto: diario político de Salamanca, año 48, número 14871, 13 de octubre de 1932)
La bibliografía de espíritu e intención genuinamente castellanistas enriquécese hoy con la interesante monografía titulada “Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino”, por el gran escritor Julián Torresano, que acaba de salir de las prensas de "El Adelantado de Segovia". El articulista se complace en señalar su aparición, subrayando, aunque concisamente, el significado y mérito de tal obrita, cosa para él inexcusable dado lo dilecto del tema y su simpatía devota hacia el autor.
El tópico referente al desconocimiento que se tiene del sentido vital del alma española, del proceso histórico de la misma y obligadas directrices en el decurso del tiempo, manifestándose patente, en nuestro sentir,suscitado por la lectura de libros como el del señor Torresano. Subsiste, desgraciadamente, esa supina ignorancia acerca de lo que es y representa el pueblecito provinciano, sustrato del alma de la raza, y subsiste no sólo en el aspecto concretamente histórico, monumental o artístico, de costumbrismo, etc., sino en el otro, no menos amplio y representativo, que podríamos llamar concretamente sociológico,
de evocación de formas de la vida pretérita, perfectamente encajadas en resultantes del Derecho. En España se ha llegado, efectivamente, a olvidar tanto en este orden, que para los pocos que hoy muestran sincera curiosidad adentrándose en el estudio integral del pasado, el acontecimiento de la realidad del mismo constituye verdadera revelación. Esto en cuanto respecta al país y la raza en general, pues polarizando el leimotivo a Castilla, núcleo y solera de los mismos, nuestra apreciación resulta más concluyente toda vía.
La tan decantada renovación que opérase en el mundo, renovación a la que no se sustrae España, a juzgar por los radicales cambios en su organización colectiva, tiende, según proclaman tantos los cerebros dirigentes como sus ilusionados turiferarios, a elevar el nivel de cultura de la masa, haciéndola entrar en una era de indudable progreso mediante el desarrollo de las teorías democráticas. La sensación que ofrece el actual alborozo con que un sector tan considerable del pueblo español emprenda la que se tiene por nueva era reconstructiva, esta de no haberse tenido hasta ahora el concepto de verdaderas instituciones, y eso prueba paulatinamente ese desconocimiento de lo que fue y es en parte todavía Castilla, cuya vida pretérita -con sus Comunidades, con sus otras organizaciones comarcales, con su ejemplaridad de costumbres, etc.- constituyó un modelo de esa armonía de clases, de esas libertades tan ansiadas, las cuales allí subsisten en parte y cuya pujante supervivencia debería alumbrarse nuevamente, fomentándolas, con la convicción de que no resultarían anacrónicas, adunadas a los avances discursivos de la época.
Pero nos vamos apartando del comentario concreto “Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino”, monografía admirable tanto por su modo original como su autor sintetiza dentro de su reducido marco verbal cuando el pintoresco pueblo castellano evoca de su pasado y ofrece en su presente digno de ser narrado, como por su amenidad e interés en el orden puramente literario.
Julián de Torresano, destacado escritor que con tan meritísimas campañas sostiene en el libro y en la prensa el gonfalón del renacimiento castellano, propugnado porque se reconozca el valor insuperable de la región genitora como verdadera "alma mater" de la raza, ha conseguido en pocos años destacar su personalidad demostrando poseer valioso temperamento que le hace figurar hoy como uno de los más esforzados y meritísimos paladines del Castellanismo. Su manera, su estilo peculiares rebosan preparación y honradez profesional, pues no hay ninguno de sus escritos en el que no se manifieste haber precedido a la redacción del mismo un hondo y reposado análisis del tema, por virtud del cual los juicios y las apreciaciones que proclama con firmeza rotunda resultan tan certeros. Concretamente, en las cuestiones regionales es una de las contadas figuras que hoy día destacan, empero su juventud, en la cruzada exaltadora del sueño genitor de la nacionalidad y del verbo hispánicos, tan necesitado de comprensión amorosa hacia su significado y destino.
Hasta aquí, Torresano nos ha venido ofreciendo trabajos de varia índole, que se acreditan unos como cronista ameno, otros cual crítico jugoso y los más como sociólogo docto. No es de extrañar, pues, que en uno nuevo, como este que nos ocupa, haya sabido aliar tan admirablemente esos diversos aspectos y cualidades. "Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino" no ofrece, con efecto, todas las sugestiones que caben exigir en la exposición del asunto. La reconstrucción del pasado brillante del vetusto lugar se ha trazado, si bien siguiendo riguroso método cronológico, sólo por momentos a la luz de testimonios fidedignos, ofreciendo, en otros constitutivos de verdaderas lagunas históricas, aquel resultado posible de lograr únicamente a quien se halla compenetrado con el ambiente, posee gran cultura y se consagra tanto a considerar el valor del documento y la tradición como a apoyarse en reposadas deducciones. Dada la oscuridad de los orígenes fundacionales, y aun de grandes periodos remotos del pueblo segoviano de referencia, otrora Corte de Castilla por algunos años, un historiador erudito como Torresano ha de sentar apreciaciones originales, basadas en esa serena y entusiasta labor depuradora de que hemos hecho mención. Concretamente cabría citar varias muy interesantes, que contradicen juicios vertidos por sesudos varones de fama generalmente basada en el convencionalismo, tan corriente en España, apreciaciones como son las relativas al verdadero hombre de Cantespino; al verdadero emplazamiento de la célebre ciudad romana de "Clunia"; a famosas contiendas seculares libradas en su campo, etc., etc., en todas las cuales resplandece la gran limpidez hermenéutica peculiar de este escritor.
Un gran tributo patriótico, cultural y castellanista, en suma, es el que representa el nuevo libro de Julián de Torresano, verdadero modelo de esa bibliografía de vulgarización histórico-descriptivaque tanto se debiera intensificar, como fundamento no ya sólo de la necesaria corriente turística a infinidad de lugares poseedores de valioso patrimonio ancestral, sino del prístino concepto del patriotismo, o sea del amor al propio solar, que nunca tendrá realización efectiva sin basarse en el amplio, en el verdadero conocimiento del mismo.
Igual que la región norteña de Castilla la Vieja y la meridional o Mancha, la Alcarria, de los declives suaves y la riqueza de los solícitos insectos cuya producción de néctar es émula de la que la que criaba Himeto. Y también la selva de Cuenca, inmensa un día, atravesada por el manso Júcar, con sus millones de seculares pinos.
(Argamasilla de Alba, 1898-1986)
(Adelanto: diario político de Salamanca, año 48, número 14871, 13 de octubre de 1932)
La bibliografía de espíritu e intención genuinamente castellanistas enriquécese hoy con la interesante monografía titulada “Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino”, por el gran escritor Julián Torresano, que acaba de salir de las prensas de "El Adelantado de Segovia". El articulista se complace en señalar su aparición, subrayando, aunque concisamente, el significado y mérito de tal obrita, cosa para él inexcusable dado lo dilecto del tema y su simpatía devota hacia el autor.
El tópico referente al desconocimiento que se tiene del sentido vital del alma española, del proceso histórico de la misma y obligadas directrices en el decurso del tiempo, manifestándose patente, en nuestro sentir,suscitado por la lectura de libros como el del señor Torresano. Subsiste, desgraciadamente, esa supina ignorancia acerca de lo que es y representa el pueblecito provinciano, sustrato del alma de la raza, y subsiste no sólo en el aspecto concretamente histórico, monumental o artístico, de costumbrismo, etc., sino en el otro, no menos amplio y representativo, que podríamos llamar concretamente sociológico,
de evocación de formas de la vida pretérita, perfectamente encajadas en resultantes del Derecho. En España se ha llegado, efectivamente, a olvidar tanto en este orden, que para los pocos que hoy muestran sincera curiosidad adentrándose en el estudio integral del pasado, el acontecimiento de la realidad del mismo constituye verdadera revelación. Esto en cuanto respecta al país y la raza en general, pues polarizando el leimotivo a Castilla, núcleo y solera de los mismos, nuestra apreciación resulta más concluyente toda vía.
La tan decantada renovación que opérase en el mundo, renovación a la que no se sustrae España, a juzgar por los radicales cambios en su organización colectiva, tiende, según proclaman tantos los cerebros dirigentes como sus ilusionados turiferarios, a elevar el nivel de cultura de la masa, haciéndola entrar en una era de indudable progreso mediante el desarrollo de las teorías democráticas. La sensación que ofrece el actual alborozo con que un sector tan considerable del pueblo español emprenda la que se tiene por nueva era reconstructiva, esta de no haberse tenido hasta ahora el concepto de verdaderas instituciones, y eso prueba paulatinamente ese desconocimiento de lo que fue y es en parte todavía Castilla, cuya vida pretérita -con sus Comunidades, con sus otras organizaciones comarcales, con su ejemplaridad de costumbres, etc.- constituyó un modelo de esa armonía de clases, de esas libertades tan ansiadas, las cuales allí subsisten en parte y cuya pujante supervivencia debería alumbrarse nuevamente, fomentándolas, con la convicción de que no resultarían anacrónicas, adunadas a los avances discursivos de la época.
Pero nos vamos apartando del comentario concreto “Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino”, monografía admirable tanto por su modo original como su autor sintetiza dentro de su reducido marco verbal cuando el pintoresco pueblo castellano evoca de su pasado y ofrece en su presente digno de ser narrado, como por su amenidad e interés en el orden puramente literario.
Julián de Torresano, destacado escritor que con tan meritísimas campañas sostiene en el libro y en la prensa el gonfalón del renacimiento castellano, propugnado porque se reconozca el valor insuperable de la región genitora como verdadera "alma mater" de la raza, ha conseguido en pocos años destacar su personalidad demostrando poseer valioso temperamento que le hace figurar hoy como uno de los más esforzados y meritísimos paladines del Castellanismo. Su manera, su estilo peculiares rebosan preparación y honradez profesional, pues no hay ninguno de sus escritos en el que no se manifieste haber precedido a la redacción del mismo un hondo y reposado análisis del tema, por virtud del cual los juicios y las apreciaciones que proclama con firmeza rotunda resultan tan certeros. Concretamente, en las cuestiones regionales es una de las contadas figuras que hoy día destacan, empero su juventud, en la cruzada exaltadora del sueño genitor de la nacionalidad y del verbo hispánicos, tan necesitado de comprensión amorosa hacia su significado y destino.
Hasta aquí, Torresano nos ha venido ofreciendo trabajos de varia índole, que se acreditan unos como cronista ameno, otros cual crítico jugoso y los más como sociólogo docto. No es de extrañar, pues, que en uno nuevo, como este que nos ocupa, haya sabido aliar tan admirablemente esos diversos aspectos y cualidades. "Apuntes para la Historia de Fresno de Cantespino" no ofrece, con efecto, todas las sugestiones que caben exigir en la exposición del asunto. La reconstrucción del pasado brillante del vetusto lugar se ha trazado, si bien siguiendo riguroso método cronológico, sólo por momentos a la luz de testimonios fidedignos, ofreciendo, en otros constitutivos de verdaderas lagunas históricas, aquel resultado posible de lograr únicamente a quien se halla compenetrado con el ambiente, posee gran cultura y se consagra tanto a considerar el valor del documento y la tradición como a apoyarse en reposadas deducciones. Dada la oscuridad de los orígenes fundacionales, y aun de grandes periodos remotos del pueblo segoviano de referencia, otrora Corte de Castilla por algunos años, un historiador erudito como Torresano ha de sentar apreciaciones originales, basadas en esa serena y entusiasta labor depuradora de que hemos hecho mención. Concretamente cabría citar varias muy interesantes, que contradicen juicios vertidos por sesudos varones de fama generalmente basada en el convencionalismo, tan corriente en España, apreciaciones como son las relativas al verdadero hombre de Cantespino; al verdadero emplazamiento de la célebre ciudad romana de "Clunia"; a famosas contiendas seculares libradas en su campo, etc., etc., en todas las cuales resplandece la gran limpidez hermenéutica peculiar de este escritor.
Un gran tributo patriótico, cultural y castellanista, en suma, es el que representa el nuevo libro de Julián de Torresano, verdadero modelo de esa bibliografía de vulgarización histórico-descriptivaque tanto se debiera intensificar, como fundamento no ya sólo de la necesaria corriente turística a infinidad de lugares poseedores de valioso patrimonio ancestral, sino del prístino concepto del patriotismo, o sea del amor al propio solar, que nunca tendrá realización efectiva sin basarse en el amplio, en el verdadero conocimiento del mismo.
Igual que la región norteña de Castilla la Vieja y la meridional o Mancha, la Alcarria, de los declives suaves y la riqueza de los solícitos insectos cuya producción de néctar es émula de la que la que criaba Himeto. Y también la selva de Cuenca, inmensa un día, atravesada por el manso Júcar, con sus millones de seculares pinos.
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viernes, 23 de junio de 2017
Relaciones de las culturas castellana y catalana
Por José Antonio Maravall Casesnoves
(Valencia, 1911-Madrid, 1986)
(Intervención en Relaciones de las culturas castellana y castellana: encuentros intelectuales, Sitges, 20-22 diciembre 1981, p. 34-39)
(Valencia, 1911-Madrid, 1986)
(Intervención en Relaciones de las culturas castellana y castellana: encuentros intelectuales, Sitges, 20-22 diciembre 1981, p. 34-39)
Muchas gracias señor Presidente por concederme la palabra. Realmente, después de las dos espléndidas intervenciones del señor Trias y antes de la del señor Barral, ha venido a resultar que me he quedado casi sin contenido sobre el que iba a decir, pero, con todo, añadiré unas cuantas cosas más aunque sean un tanto molestas. En primer lugar, yo creo que no debemos alterar el orden del programa, y puesto que para esta tarde se nos deja la parte histórica, y, además, con la intervención como moderador el Padre Batllori, que es, en fin, un historiador bien universal, y es un historiador universal que (a pesar de todos los pesimismos que a veces se lanzan) ha hecho resonar en el mundo de la cultura catalana, pienso que debemos reservar para esta tarde la meteria histórica. Entonces, volviendo, pues, de todas formas, y puesto que más que historia es tema de una actualidad, yo contestaría a lo que un eminente sociólogo, el señor Sotelo [Ignacio Sotelo], ha dicho, en términos que más que sociológicos han sido, en cambio, históricos, que no estoy tan de acuerdo con las palabras. Le admiro mucho como sociólogo, como historiador me siento un tanto discrepante, sin dejar de admirarle también por la brillantez con que ha expuesto sus tesis.
Yo observo en la intervención del señor Sotelo diría que dos cuestiones fundamentales: él ha dicho "frustración catalana", "fracaso castellano". Y me pregunto: ¿frustración catalana? Creo que hay que comparar la continuidad del pueblo catalán con los destinos de otros pueblos similares, desde el momento en que se constituyen como tales, es decir, pueblos como Baviera, Borgoña, Venecia, etc., pensemos que ha sido el porvenir para ellos, el futuro a partir de aquellos brillantísimos siglos XIV y XV de Borgoña. Por ejemplo, pensemos en lo que ha sido el resultado actual de Venecia. ¿Qué significa hoy en el mundo ser un escritor bávaro, borgoñón, véneto, galés o provenzal? ¿En qué departamentos universitarios se estudian específicamente? En este caso, yo creo que es infinitamente superior lo que ha conservado de potencia, de actualidad, de capacidad creadora, etc. Cataluña que cualquiera de tantas otras áreas europeas que tuvieron en cierto modo un destino más o menos parecido en los siglos determinados.
Por otra parte, ¿fracaso de Castilla? Si se dice que el fracaso hispánico de los Austrias es el de una fórmula castellana, pienso que todo historiador y todo sociólogo o politicólogo que escuche una afirmación en tales términos ha de estar, desde luego yo lo estoy, completamente en desacuerdo con esto. Yo estimo que la única y exclusiva fórmula castellana no tiene nada, y creo que el más triste caso que pudo suceder a Castilla fue que cayera sobre ella la fórmula austríaca del Estado, del complejo extrañamente estatal de la Casa de los Austrias; llego a creer que la que más perdió, la que en peores condiciones se vio, sería Castilla: por lo tanto, no creo que se pueda decir fracaso de la fórmula castellana de Estado, puesto que aunque hubiera personalidades en mayor número, estadísticamente, castellanas -sin dejar, por eso, de haberlas flamencas e italianas, o del Franco Condado, etc.- no se podría hablar propiamente, para nada, de Estado castellano. Respecto a mencionar aquí el Estado francés, ningún historiador sigue atribuyendo al francés los caracteres históricos que se le atribuían. Pero, además, quizá en una reunión como ésta, pues es mejor no recordarlo, porque claro está que los procedimientos del Estado francés no ya de unidad, sino de uniformidad -a partir de la Revolución- no son precisamente los que venimos aquí a postular, supongo yo, puesto que el resultado sería que esto no se podría haber producido.
Volviendo, pues, al planteamiento inicial de la sesión, yo diría que, efectivamente, aquí se nos abre una interesante perspectiva para en adelante, un planteamiento de la relaciones (ni siquiera se les lama conflictivos enfrentamientos).
Yo creo que no debemos ser tampoco demasiado pesimistas en el sentido de que una relación así tenga aspectos conflictivos, y que se produzcan, digamos, enfrentamientos, como entre todas las relaciones de dualidad de culturas, en cualquier plano, se producen. Recuerdo sobre esto el libro de Snow sobre las dos culturas; se producen situaciones problemáticas entre científicos y literarios, se producen entre técnicos y científicos, entre los diferentes estados sociales y profesionales, se producen entre los que escriben en una lengua o escriben en otra, en una religión y en otra religión, o la ausencia de religión, es decir, siempre la dualidad engendra una cierta dosis de conflicto que hay que conllevar -y conllevar (me atrevo a emplear la denostada palabra) no quiere decir soportar de mala gana, sino reconocer y esforzarse en superar, pero con el ánimo liberal de saber que no hay que prentender (porque vitalmente sería inalcanzable) suprimirla. Lo que sí quisiera recalcar es que la hablar de las dos culturas, sin perjucio de la enorme y de la decisiva importancia como puede enfocar nunca solamente.
Yo observo en la intervención del señor Sotelo diría que dos cuestiones fundamentales: él ha dicho "frustración catalana", "fracaso castellano". Y me pregunto: ¿frustración catalana? Creo que hay que comparar la continuidad del pueblo catalán con los destinos de otros pueblos similares, desde el momento en que se constituyen como tales, es decir, pueblos como Baviera, Borgoña, Venecia, etc., pensemos que ha sido el porvenir para ellos, el futuro a partir de aquellos brillantísimos siglos XIV y XV de Borgoña. Por ejemplo, pensemos en lo que ha sido el resultado actual de Venecia. ¿Qué significa hoy en el mundo ser un escritor bávaro, borgoñón, véneto, galés o provenzal? ¿En qué departamentos universitarios se estudian específicamente? En este caso, yo creo que es infinitamente superior lo que ha conservado de potencia, de actualidad, de capacidad creadora, etc. Cataluña que cualquiera de tantas otras áreas europeas que tuvieron en cierto modo un destino más o menos parecido en los siglos determinados.
Por otra parte, ¿fracaso de Castilla? Si se dice que el fracaso hispánico de los Austrias es el de una fórmula castellana, pienso que todo historiador y todo sociólogo o politicólogo que escuche una afirmación en tales términos ha de estar, desde luego yo lo estoy, completamente en desacuerdo con esto. Yo estimo que la única y exclusiva fórmula castellana no tiene nada, y creo que el más triste caso que pudo suceder a Castilla fue que cayera sobre ella la fórmula austríaca del Estado, del complejo extrañamente estatal de la Casa de los Austrias; llego a creer que la que más perdió, la que en peores condiciones se vio, sería Castilla: por lo tanto, no creo que se pueda decir fracaso de la fórmula castellana de Estado, puesto que aunque hubiera personalidades en mayor número, estadísticamente, castellanas -sin dejar, por eso, de haberlas flamencas e italianas, o del Franco Condado, etc.- no se podría hablar propiamente, para nada, de Estado castellano. Respecto a mencionar aquí el Estado francés, ningún historiador sigue atribuyendo al francés los caracteres históricos que se le atribuían. Pero, además, quizá en una reunión como ésta, pues es mejor no recordarlo, porque claro está que los procedimientos del Estado francés no ya de unidad, sino de uniformidad -a partir de la Revolución- no son precisamente los que venimos aquí a postular, supongo yo, puesto que el resultado sería que esto no se podría haber producido.
Volviendo, pues, al planteamiento inicial de la sesión, yo diría que, efectivamente, aquí se nos abre una interesante perspectiva para en adelante, un planteamiento de la relaciones (ni siquiera se les lama conflictivos enfrentamientos).
Yo creo que no debemos ser tampoco demasiado pesimistas en el sentido de que una relación así tenga aspectos conflictivos, y que se produzcan, digamos, enfrentamientos, como entre todas las relaciones de dualidad de culturas, en cualquier plano, se producen. Recuerdo sobre esto el libro de Snow sobre las dos culturas; se producen situaciones problemáticas entre científicos y literarios, se producen entre técnicos y científicos, entre los diferentes estados sociales y profesionales, se producen entre los que escriben en una lengua o escriben en otra, en una religión y en otra religión, o la ausencia de religión, es decir, siempre la dualidad engendra una cierta dosis de conflicto que hay que conllevar -y conllevar (me atrevo a emplear la denostada palabra) no quiere decir soportar de mala gana, sino reconocer y esforzarse en superar, pero con el ánimo liberal de saber que no hay que prentender (porque vitalmente sería inalcanzable) suprimirla. Lo que sí quisiera recalcar es que la hablar de las dos culturas, sin perjucio de la enorme y de la decisiva importancia como puede enfocar nunca solamente.
viernes, 16 de junio de 2017
Cola de león
Por Daniel Gallejones Prieto, Ex-Consejero de la Comunidad Autónoma de Cantabria
(Diario Montañes, 17 de diciembre de 2000)
Es posible que yo concite los anónimos, lo cierto es que los recibo con frecuencia y observo que todos son similares, tanto, que sus zafios insultos casi siempre coinciden. Cuando llegan a mis manos, van directamente a la papelera.
Con el recibido días pasados haré una excepción, le voy a contestar. Antes debo informar que quien lo escribe utilizó un trozo de papel de propaganda rasgado y sucio. Del contenido no opino, lo dejo para el lector.
Dice así: «Gallejones: No te pongas más en ridículo, bastante lo has hecho ya. La integración de Cantabria en Castilla es ya imposible. No sigas haciendo más el payaso. Además estás provocando a los cántabros que no se quedan callados. ¿No quieres ahora a Cantabria porque ya no estás en el Gobierno regional? ¿Antes sí y ahora no?.»
Quien recurre al anónimo siempre es el cobarde. Nacido así, nada podemos hacer para aliviarle el mal. En cuanto a lo que dice, incluyendo los insultos, le contestaré con una frase de Voltaire: «Detesto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo».
Defender una opinión no es caer en el ridículo. En un sistema democrático se trata de un derecho que no se puede negar a ningún ciudadano. Los partidarios de la autonomía uniprovincial, al negar este derecho, se dejan llevar por ideas nacionalistas que siempre tienen un fondo racista y antidemocrático.
En el segundo punto se muestra tajante al decir: «La integración de Cantabria en Castilla es ya imposible». Esta afirmación es falsa, dándose la circunstancia de que la hacen casi todos cuantos defienden la autonomía uniprovincial, lo que induce a sospechar que se trata de una consigna. La unión con Castilla carece de impedimentos legales, si bien es cierto que una vez suprimido el artículo 58 del Estatuto, los trámites se han dificultado.
En el tercer punto manifiesta: «No sigas más haciendo el payaso». El consejo es inoportuno. Demuestra que está convencido de poseer la verdad absoluta, en lo que coincide con demócratas tan acreditados como Lenin, Stalin, Hitler, Fidel Castro. En cuanto al punto cuarto, escribe una frase desagradablemente amenazadora. Disentir de lo que usted y algunos otros piensan ¿Es una provocación? Afirmaba George Orwell que «libertad significa el derecho a decir a la gente lo que no quiere oír».
Cuantos ante la autonomía uniprovincial piensan como el anónimo comunicante, deben conocer las razones que me mueven a colaborar en el proyecto de unirnos con Castilla y León. Sepan que siempre fui partidario de las autonomías y cuando se habló de convertir a la provincia de Santander en autonomía uniprovincial, me sentí ilusionado.
Mis recelos se iniciaron al conocer la forma en que se planeaba. Ciertamente se respetó la Ley, pero olvidaron la democracia.
Yo deseo, no por interés personal, pues dada la edad que tengo las ambiciones se han agostado, la unión con Castilla. Mi tesón en continuar trabajando en este proyecto tiene por finalidad librar a las jóvenes generaciones de cántabros, entre los cuales figuran mis nietos, de verse obligados a servir de camareros a los vascos u obligados a coger la mochila y emigrar de su tierra.
Hoy, desafortunadamente, podemos afirmar que la autonomía de Cantabria ha fracasado, como lo demuestra el hecho de que Santander provincia, ocupaba el número seis por su renta per cápita. Actualmente estamos en el número veinticuatro, con tendencia al retroceso.
También debo decir que las autonomías me han decepcionado debido al pésimo planteamiento de las mismas. Hay autonomías de primera: País Vasco y Cataluña; de segunda: Andalucía, Galicia; de tercera: las dos Castillas, Asturias; de cuarta: Cantabria.
Estas diferencias dan ocasión a profundos desequilibrios económicos y sociales y a romperse la solidaridad entre las regiones. Los catalanes desean más poder y dinero. Los vascos, que ya lograron el máximo poder y el dinero, reclaman la independencia. Estos privilegios son pagados por las autonomías más pobres.
En Cantabria algunos sectores han echado las campanas a vuelo cuando el ministro de Fomento prometió dar un puñado de calderilla a nuestra autonomía. Afirmó que se invertirán 176.309 millones de pesetas en siete años que se distribuyen así: 78.030 en carreteras de alta capacidad; 69.680 en ferrocarriles (23.180 destinado al FEVE); 2.104 al aeropuerto; 26.585 al puerto. ¿Y el ministro de Fomento pretende hacernos creer que con 46.500 millones de pesetas se puede construir un ferrocarril de alta velocidad desde Aguilar de Campoo a Santander? En Asturias para salvar el puerto de Pajares se proyecta un túnel de 25 km. y un nuevo tendido de línea férrea adecuada para soportar trenes de alta velocidad. El tiempo Madrid-Oviedo será de 3 horas y el de Madrid-Santander, 3 horas y 20 minutos teniendo en cuenta que la distancia de Madrid-Oviedo es superior en más de 50 km. que desde Santander.
El trayecto Bilbao-Madrid se realizará en 2 horas y 10 minutos, es decir, 1 hora y 10 minutos menos que desde Santander. Estos datos indican que a Asturias y Vizcaya se las dotará de tren de alta velocidad, mientras que a Cantabria desde Palencia se viajará a 100 km. por hora.
En cuanto a los accesos por autovía a la Meseta, el proyecto no deja de ser otra mala chapuza. Actualmente la distancia por carretera con Burgos es de 145 km., con la proyectada autovía estaremos a 210 km. La autovía Santander-Palencia, que absorbe el tráfico de Galicia, León, Zamora, en Aguilar de Campoo recibirá el flujo de la autovía Burgos-Aguilar de Campoo. No es preciso ser técnico en circulación para poder afirmar que el trayecto Aguilar-Santander quedará congestionado desde el mismo día de la inauguración.
Cantabria precisa dos autovías, la proyectada Santander-Palencia y la segunda Santander-Burgos. Ambas obras debe exigirse que se inicien inmediatamente. Toda la cornisa del Cantábrico tiene este problema resuelto desde hace más de 15 años. Son muchos años marginados que han retrasado la industrialización en la Montaña y no puede admitirse que esta situación se prolongue.
Un diputado de Cantabria, lleno de euforia, decía días pasados en la prensa que «valoro positivamente el presupuesto, que aumenta un 42 %» y afirmaba que la autovía a la Meseta estaría finalizada en el año 2005. Deseo que esté en lo cierto, mas no se puede evitar, analizando los presupuestos y la actividad que dan al proyecto, pensar en que si está en servicio en el año 2008 podemos darnos por muy satisfechos.
Observamos que quienes gobiernan Cantabria han asumido el hecho de que seamos siempre postergados y cuando les ofrecen un caramelo envenenado como este, se sienten felices. Y la razón de este estado de ánimo de nuestros gobernantes está en la impotencia, en conocer que en Madrid les oyen, pero no les escuchan. Carecemos de fuerza, y de no reaccionar a tiempo, Cantabria se convertirá en zona de recreo de los vascos y los descendientes de los indomables cántabros quedarán convertidos en sus humildes servidores.
Por todo cuanto se ha dicho deseamos la unión con Castilla y León, lo que nos proporcionará fuerza para obtener lo que en derecho nos corresponde del Gobierno central. Esta unión no significa que vayamos a perder nuestra identidad, historia, costumbres, tradiciones y forma de entender la vida.
Nos duele el conformismo de las autoridades autonómicas de Cantabria que muestran diariamente con esas desmedidas loas a los ministros del Gobierno central, cuando nos ofrecen unas inversiones que debieron materializar hace veinte años. Lo prometido por el ministro de Fomento ahora viene a incrementar la injusticia mantenida con esta región durante tantos años.
Nuestras autoridades no se movilizan, no protestan contra tanto abandono, es la resignación de la impotencia nacida del fracaso de esta autonomía… Estas son las razones de desear unir a Cantabria con Castilla y León. Preferimos ser cola de león a cabeza de ratón.
(Diario Montañes, 17 de diciembre de 2000)
Es posible que yo concite los anónimos, lo cierto es que los recibo con frecuencia y observo que todos son similares, tanto, que sus zafios insultos casi siempre coinciden. Cuando llegan a mis manos, van directamente a la papelera.
Con el recibido días pasados haré una excepción, le voy a contestar. Antes debo informar que quien lo escribe utilizó un trozo de papel de propaganda rasgado y sucio. Del contenido no opino, lo dejo para el lector.
Dice así: «Gallejones: No te pongas más en ridículo, bastante lo has hecho ya. La integración de Cantabria en Castilla es ya imposible. No sigas haciendo más el payaso. Además estás provocando a los cántabros que no se quedan callados. ¿No quieres ahora a Cantabria porque ya no estás en el Gobierno regional? ¿Antes sí y ahora no?.»
Quien recurre al anónimo siempre es el cobarde. Nacido así, nada podemos hacer para aliviarle el mal. En cuanto a lo que dice, incluyendo los insultos, le contestaré con una frase de Voltaire: «Detesto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo».
Defender una opinión no es caer en el ridículo. En un sistema democrático se trata de un derecho que no se puede negar a ningún ciudadano. Los partidarios de la autonomía uniprovincial, al negar este derecho, se dejan llevar por ideas nacionalistas que siempre tienen un fondo racista y antidemocrático.
En el segundo punto se muestra tajante al decir: «La integración de Cantabria en Castilla es ya imposible». Esta afirmación es falsa, dándose la circunstancia de que la hacen casi todos cuantos defienden la autonomía uniprovincial, lo que induce a sospechar que se trata de una consigna. La unión con Castilla carece de impedimentos legales, si bien es cierto que una vez suprimido el artículo 58 del Estatuto, los trámites se han dificultado.
En el tercer punto manifiesta: «No sigas más haciendo el payaso». El consejo es inoportuno. Demuestra que está convencido de poseer la verdad absoluta, en lo que coincide con demócratas tan acreditados como Lenin, Stalin, Hitler, Fidel Castro. En cuanto al punto cuarto, escribe una frase desagradablemente amenazadora. Disentir de lo que usted y algunos otros piensan ¿Es una provocación? Afirmaba George Orwell que «libertad significa el derecho a decir a la gente lo que no quiere oír».
Cuantos ante la autonomía uniprovincial piensan como el anónimo comunicante, deben conocer las razones que me mueven a colaborar en el proyecto de unirnos con Castilla y León. Sepan que siempre fui partidario de las autonomías y cuando se habló de convertir a la provincia de Santander en autonomía uniprovincial, me sentí ilusionado.
Mis recelos se iniciaron al conocer la forma en que se planeaba. Ciertamente se respetó la Ley, pero olvidaron la democracia.
Yo deseo, no por interés personal, pues dada la edad que tengo las ambiciones se han agostado, la unión con Castilla. Mi tesón en continuar trabajando en este proyecto tiene por finalidad librar a las jóvenes generaciones de cántabros, entre los cuales figuran mis nietos, de verse obligados a servir de camareros a los vascos u obligados a coger la mochila y emigrar de su tierra.
Hoy, desafortunadamente, podemos afirmar que la autonomía de Cantabria ha fracasado, como lo demuestra el hecho de que Santander provincia, ocupaba el número seis por su renta per cápita. Actualmente estamos en el número veinticuatro, con tendencia al retroceso.
También debo decir que las autonomías me han decepcionado debido al pésimo planteamiento de las mismas. Hay autonomías de primera: País Vasco y Cataluña; de segunda: Andalucía, Galicia; de tercera: las dos Castillas, Asturias; de cuarta: Cantabria.
Estas diferencias dan ocasión a profundos desequilibrios económicos y sociales y a romperse la solidaridad entre las regiones. Los catalanes desean más poder y dinero. Los vascos, que ya lograron el máximo poder y el dinero, reclaman la independencia. Estos privilegios son pagados por las autonomías más pobres.
En Cantabria algunos sectores han echado las campanas a vuelo cuando el ministro de Fomento prometió dar un puñado de calderilla a nuestra autonomía. Afirmó que se invertirán 176.309 millones de pesetas en siete años que se distribuyen así: 78.030 en carreteras de alta capacidad; 69.680 en ferrocarriles (23.180 destinado al FEVE); 2.104 al aeropuerto; 26.585 al puerto. ¿Y el ministro de Fomento pretende hacernos creer que con 46.500 millones de pesetas se puede construir un ferrocarril de alta velocidad desde Aguilar de Campoo a Santander? En Asturias para salvar el puerto de Pajares se proyecta un túnel de 25 km. y un nuevo tendido de línea férrea adecuada para soportar trenes de alta velocidad. El tiempo Madrid-Oviedo será de 3 horas y el de Madrid-Santander, 3 horas y 20 minutos teniendo en cuenta que la distancia de Madrid-Oviedo es superior en más de 50 km. que desde Santander.
El trayecto Bilbao-Madrid se realizará en 2 horas y 10 minutos, es decir, 1 hora y 10 minutos menos que desde Santander. Estos datos indican que a Asturias y Vizcaya se las dotará de tren de alta velocidad, mientras que a Cantabria desde Palencia se viajará a 100 km. por hora.
En cuanto a los accesos por autovía a la Meseta, el proyecto no deja de ser otra mala chapuza. Actualmente la distancia por carretera con Burgos es de 145 km., con la proyectada autovía estaremos a 210 km. La autovía Santander-Palencia, que absorbe el tráfico de Galicia, León, Zamora, en Aguilar de Campoo recibirá el flujo de la autovía Burgos-Aguilar de Campoo. No es preciso ser técnico en circulación para poder afirmar que el trayecto Aguilar-Santander quedará congestionado desde el mismo día de la inauguración.
Cantabria precisa dos autovías, la proyectada Santander-Palencia y la segunda Santander-Burgos. Ambas obras debe exigirse que se inicien inmediatamente. Toda la cornisa del Cantábrico tiene este problema resuelto desde hace más de 15 años. Son muchos años marginados que han retrasado la industrialización en la Montaña y no puede admitirse que esta situación se prolongue.
Un diputado de Cantabria, lleno de euforia, decía días pasados en la prensa que «valoro positivamente el presupuesto, que aumenta un 42 %» y afirmaba que la autovía a la Meseta estaría finalizada en el año 2005. Deseo que esté en lo cierto, mas no se puede evitar, analizando los presupuestos y la actividad que dan al proyecto, pensar en que si está en servicio en el año 2008 podemos darnos por muy satisfechos.
Observamos que quienes gobiernan Cantabria han asumido el hecho de que seamos siempre postergados y cuando les ofrecen un caramelo envenenado como este, se sienten felices. Y la razón de este estado de ánimo de nuestros gobernantes está en la impotencia, en conocer que en Madrid les oyen, pero no les escuchan. Carecemos de fuerza, y de no reaccionar a tiempo, Cantabria se convertirá en zona de recreo de los vascos y los descendientes de los indomables cántabros quedarán convertidos en sus humildes servidores.
Por todo cuanto se ha dicho deseamos la unión con Castilla y León, lo que nos proporcionará fuerza para obtener lo que en derecho nos corresponde del Gobierno central. Esta unión no significa que vayamos a perder nuestra identidad, historia, costumbres, tradiciones y forma de entender la vida.
Nos duele el conformismo de las autoridades autonómicas de Cantabria que muestran diariamente con esas desmedidas loas a los ministros del Gobierno central, cuando nos ofrecen unas inversiones que debieron materializar hace veinte años. Lo prometido por el ministro de Fomento ahora viene a incrementar la injusticia mantenida con esta región durante tantos años.
Nuestras autoridades no se movilizan, no protestan contra tanto abandono, es la resignación de la impotencia nacida del fracaso de esta autonomía… Estas son las razones de desear unir a Cantabria con Castilla y León. Preferimos ser cola de león a cabeza de ratón.
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